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Primetime : cuando atrapar monstruos se convierte en espectáculo.

El problema de Primetime no es decidir si los hombres que Chris Hansen expone frente a las cámaras merecen nuestra simpatía. Lance Oppenheim sabe que esa sería la pregunta fácil. La más incómoda es otra: ¿qué ocurre cuando descubrir a personas capaces de cometer actos monstruosos se convierte en entretenimiento, cuando su humillación genera audiencia y quienes aseguran combatir el mal comienzan a necesitar que exista para conservar su propio poder? La película encuentra ahí su idea más perturbadora. El mal no aparece únicamente en quienes llegan a una casa creyendo que encontrarán a un menor. También puede contaminar a quienes los esperan detrás de las cámaras.

Inspirada en el fenómeno televisivo de To Catch a Predator, Primetime se desarrolla en Estados Unidos a mediados de los años 2000, cuando el segmento de Dateline NBC convirtió al periodista Chris Hansen en una figura de la cultura popular. Adultos que mantenían conversaciones sexuales en internet con personas que creían menores eran atraídos hasta una casa, donde Hansen aparecía para confrontarlos antes de la intervención policial. El programa podía presentarse como periodismo de investigación y servicio público, pero su éxito dependía también de algo menos noble: el placer de observar públicamente la caída de otra persona.

Oppenheim, proveniente del documental, utiliza esa historia como materia prima para una sátira de los medios que gradualmente se transforma en thriller y película de horror. Su interés no está tanto en reconstruir To Catch a Predator como en observar el ecosistema creado a su alrededor. Robert Pattinson interpreta a Hansen como un hombre que parece haber eliminado cualquier duda capaz de interferir con su misión. Antes de entrar en una habitación observa, calcula y permite que el silencio haga parte del trabajo, hasta que comienza a citar las palabras del hombre sentado frente a él.

Pattinson resulta ideal para esa ambigüedad. Su Hansen puede parecer simultáneamente periodista, fiscal, predicador y estrella televisiva. No hace falta convertirlo en caricatura porque lo inquietante está precisamente en la serenidad con que ejerce su poder. Existe incluso cierto brillo de anticipación antes de cada confrontación, como si descubrir a otro depredador ya no fuera solamente una misión sino una necesidad. No basta con encontrar al monstruo: necesita observar el instante en que comprende que ha sido atrapado.

Merritt Wever interpreta a Andie Bender, productora que entiende todavía mejor la maquinaria industrial detrás de esa misión. La audiencia determina el valor y cada éxito crea la obligación de producir algo mayor. Pronto el objetivo es encontrar una “ballena”, alguien suficientemente importante para transformar el siguiente operativo en un acontecimiento televisivo. La palabra elimina al ser humano incluso antes de que aparezca frente a la cámara: ya no es una persona sino una presa cuyo valor depende del tamaño del espectáculo que puede producir.

Ahí Primetime conecta con películas como Network, Sweet Smell of Success y Nightcrawler, historias donde los medios no necesitan crear la violencia para corromperse; basta con descubrir que pueden convertirla en producto. Oppenheim añade una estética progresivamente enfermiza. Los colores sangran y se deforman como imágenes atrapadas en una vieja cinta VHS deteriorada por el calor. Algunas secuencias reproducen la textura de las cámaras televisivas de aquellos años hasta que parece que la propia película estuviera pudriéndose junto con sus personajes.

Ese deterioro encuentra su mejor expresión en Dan Plumb, interpretado por Skyler Gisondo, verdadero centro moral de la historia. Dan tiene 23 años, parece mucho más joven y llega al programa como un actor desconocido que necesita una oportunidad. Su apariencia lo convierte en un señuelo ideal. Lo que comienza como un trabajo extraño capaz de acercarlo a su sueño de pertenecer al Screen Actors Guild termina modificando la manera en que se relaciona con quienes lo rodean.

Gisondo construye esa corrupción mediante cambios pequeños. Dan gana confianza, aprende a interpretar exactamente al adolescente que los productores necesitan y comienza a descubrir que el sistema recompensa su disposición a cruzar límites. Hay primeros planos donde parece posible observar cómo su decencia se va apagando. Cuando Hansen le dice casi casualmente “me recuerdas a mi hijo”, el entusiasmo inmediato de Dan resulta doloroso porque revela aquello que realmente busca: aprobación. Quiere pertenecer a ese mundo y todavía no comprende cuánto está entregando para conseguirlo.

Ese arco permite que la película formule su mejor pregunta: ¿qué ocurre cuando una persona entra en contacto con el mal convencida de que está del lado correcto? Primetime divide progresivamente su universo entre corruptores y corrompidos. El mal comienza a comportarse como una enfermedad que pasa de un personaje a otro. Hansen ya parece contaminado cuando lo conocemos; Dan todavía está aprendiendo cómo funciona el sistema.

La película es menos convincente cuando intenta explicar esa corrupción mediante la vida privada de Hansen. Su infidelidad pretende reforzar la idea de hipocresía, pero crea una equivalencia moral demasiado fácil entre engañar a una pareja y las conductas sexuales que el programa pretende descubrir. El problema de Hansen resulta mucho más interesante cuando nace directamente de su trabajo: su adicción a la audiencia, la deshumanización de sus objetivos y la convicción de que encontrarse del lado correcto justifica cualquier procedimiento.

También habría sido útil profundizar más en las implicaciones legales y periodísticas de las operaciones. Los objetivos pueden tener intenciones repugnantes sin poseer antecedentes que demuestren delitos anteriores, de modo que el programa necesita fabricar las circunstancias donde esas intenciones puedan manifestarse. Oppenheim reconoce esa zona gris, pero su impulso estilístico a veces lo lleva a abandonarla demasiado pronto. La cuestión nunca debería ser si la conducta de los hombres atrapados es defendible, sino cuánto poder estamos dispuestos a conceder a una organización privada para provocar, juzgar y convertir esa conducta en espectáculo.

El operativo que terminó con la muerte de uno de los objetivos lleva esa lógica hasta sus consecuencias más oscuras. La búsqueda de la “ballena” demuestra qué ocurre cuando una persona se transforma en personaje antes de que termine su propia historia. El programa necesita un episodio extraordinario, la policía quiere una captura y la cadena necesita audiencia. Cada participante puede justificar individualmente sus acciones, pero la responsabilidad comienza a desaparecer cuando queda repartida entre suficientes personas.

Oppenheim tampoco evita completamente la contradicción de convertir nuevamente a estos hombres en entretenimiento mientras critica precisamente esa explotación. Algunos encuentros son tan grotescos que provocan risas. Pero quizás esa incomodidad sea parte esencial de la película. To Catch a Predator funcionaba porque ofrecía al espectador una posición moral extraordinariamente cómoda: sus objetivos pertenecían a una categoría que permitía disfrutar de su humillación sin sentir culpa. Indignación, suspenso, comedia involuntaria y castigo podían consumirse dentro del mismo programa y llamarse justicia.

Primetime quiere destruir esa comodidad. Por eso Pattinson resulta tan importante. Su Hansen no necesita convencernos de que los hombres atrapados son inocentes. Necesita demostrar algo bastante más perturbador: estar del lado correcto no garantiza que una persona siga siendo buena. La persecución de monstruos le proporciona reconocimiento, autoridad y la posibilidad de situarse repetidamente frente a alguien a quien puede mirar desde una posición de superioridad absoluta.

En su tramo final, Oppenheim abandona casi por completo el realismo y conduce la película hacia una pesadilla gótica. Hansen empieza a parecer menos un periodista que una criatura que ha encontrado la forma perfecta de alimentarse. Pattinson acompaña ese cambio sin romper la interpretación: comienza desagradable, se vuelve inquietante y termina siendo casi cómico en su monstruosidad.

Primetime funciona mejor cuando deja de preguntarse quiénes son los buenos y los malos y observa cómo una industria construida alrededor de encontrar el mal termina necesitando cada vez más de él. La maquinaria requiere nuevos depredadores, confrontaciones más grandes y una “ballena” capaz de superar lo anterior. Cuando esa necesidad se convierte en audiencia, dinero, prestigio y carrera profesional, la diferencia entre observar la oscuridad y empezar a vivir dentro de ella se vuelve mucho más difícil de reconocer.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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