Un diagnóstico puede convertir el propio cuerpo en territorio desconocido. De repente, movimientos que antes ocurrían sin pensarlos deben ser observados, calculados y, en ocasiones, negociados. Onwards and Sideways, dirigida por John Madden y escrita por Paul Mayhew-Archer, entiende que esa transformación constituye solamente una parte de lo que significa vivir con Parkinson. La enfermedad también modifica la relación con el trabajo, la familia, la vergüenza, el deseo y la imagen que una persona conserva de sí misma. Su mayor virtud consiste precisamente en observar esas consecuencias con el conocimiento de alguien que las ha experimentado; su principal limitación aparece cuando intenta acomodarlas dentro de las fórmulas demasiado reconocibles de la comedia dramática británica diseñada para hacernos sonreír antes de hacernos llorar.
Mayhew-Archer, diagnosticado con Parkinson en 2011, escribe desde una experiencia que concede a la película una especificidad difícil de fabricar mediante investigación. Madden, por su parte, dirige ese material utilizando el lenguaje accesible y sentimental que ya exploró en las películas de The Best Exotic Marigold Hotel. Esa combinación produce una película cuya comprensión de la enfermedad suele sentirse íntima mientras su estructura dramática resulta mucho más convencional. Onwards and Sideways sabe cosas complejas sobre vivir con Parkinson, aunque ocasionalmente parece demasiado preocupada por explicárnoslas.
Rhys Ifans interpreta a Tony, un profesor viudo cuya mano derecha comienza a quedarse rígida hasta conducirlo finalmente al consultorio de un neurólogo. Laura Linney es Emma, una compositora estadounidense y madre soltera que recibe el mismo diagnóstico del mismo médico, interpretado por Rory Kinnear con una frialdad burocrática que inmediatamente establece la distancia entre comprender una enfermedad clínicamente y recibirla como noticia capaz de reorganizar una vida.
A ambos les hablan de aproximadamente “cinco buenos años” antes de que la enfermedad pueda ejercer un control mucho mayor sobre sus cuerpos. El guion utiliza ese periodo como estructura y va avanzando a través de los años mientras cambian los síntomas, los medicamentos producen nuevos problemas y Tony y Emma pasan de ser dos desconocidos unidos por un diagnóstico a convertirse en las personas mejor preparadas para comprender aquello que el otro está experimentando.
La diferencia inicial entre ellos resulta más interesante que el romance que eventualmente desarrollan. Emma busca información, tratamiento y comunidad, mientras Tony intenta continuar viviendo como si pudiera mantener el Parkinson fuera de su identidad simplemente evitando hablar de él. Retrasa contarle la verdad a su hijo, oculta el diagnóstico en la escuela, evita algunas recomendaciones médicas y organiza su medicación alrededor de aquellos momentos en los que necesita parecer saludable. Su preocupación no consiste solamente en perder capacidades físicas, sino en perder la versión de sí mismo que los demás reconocen.
Ifans encuentra en esa resistencia el centro emocional de la película. Tony no quiere convertirse en “un hombre con Parkinson” porque entiende que, una vez que otras personas conozcan el diagnóstico, cada movimiento de su cuerpo podría adquirir un significado diferente. Una mano inmóvil deja de ser una mano inmóvil y se convierte en síntoma; una expresión facial, un paso inseguro o una pausa al hablar pueden empezar a ser observados desde la enfermedad. La película comprende muy bien que recibir un diagnóstico significa también descubrir que el cuerpo puede dejar de pertenecernos completamente porque comienza a ser interpretado por quienes nos rodean.
Por eso resulta tan acertada la primera reacción de Tony ante el grupo de personas con Parkinson que practican una especie de ballet terapéutico. La escena evita la respuesta reconfortante que cabría esperar. Tony no entra y descubre inmediatamente una comunidad capaz de salvarlo del aislamiento; siente rechazo. Mira a los demás y encuentra posibles versiones de su futuro, cuerpos que le muestran aquello que todavía intenta convencerse de que puede evitar.
Mayhew-Archer aparece además como Tom, uno de los miembros más mordaces del grupo, y aporta una perspectiva menos tranquilizadora sobre la enfermedad. Para él, el Parkinson puede convertirse en una sucesión de humillaciones y pérdidas. Esa rabia resulta importante porque permite que la esperanza posterior tenga algún peso. La comunidad no funciona como solución automática, sino como algo que Tony primero debe aprender a soportar porque aceptar a los demás implica reconocer que pertenece a ese mismo grupo.
La película demuestra un conocimiento igualmente preciso cuando abandona la imagen popular del Parkinson reducida al temblor. Aparecen la rigidez, la reducción de la expresividad facial, los cambios en la voz, las dificultades motoras, las pesadillas y los efectos secundarios de los tratamientos. Emma experimenta durante un tiempo la felicidad de creer que una nueva combinación de medicamentos ha detenido el temblor de su mano, hasta que este regresa y destruye silenciosamente aquella ilusión.
La medicina tampoco aparece como una progresión ordenada donde cada tratamiento resuelve el problema anterior. Determinados medicamentos pueden controlar algunos síntomas mientras generan compulsiones capaces de desestabilizar otros aspectos de la vida. La película incorpora incluso comportamientos relacionados con el juego y la hipersexualidad, además de tratamientos como la estimulación cerebral profunda, no para construir una enciclopedia del Parkinson, sino para mostrar la extraña negociación que puede establecerse entre enfermedad y tratamiento. Mejorar una función no siempre significa sentirse mejor y controlar un síntoma puede tener un precio inesperado en otra parte de la vida.
Esa riqueza informativa también constituye una de las debilidades de Onwards and Sideways. En determinados momentos, los personajes parecen entrar en una escena cargando información que el público necesita recibir. La diferencia entre conocimiento vivido y diálogo educativo se vuelve demasiado visible, y Madden no siempre consigue ocultar la intención pedagógica detrás de la conversación.
La película funciona mucho mejor cuando esa información adquiere una consecuencia dramática concreta. Tony revelando finalmente su diagnóstico en el trabajo tiene fuerza porque enfermedad, dignidad y empleo chocan dentro de la misma situación. Explicarnos que alguien con Parkinson puede organizar su medicación para intentar controlar cuándo estará en mejores condiciones resulta informativo; observar a Tony calcular sus dosis alrededor de aquellos momentos en los que necesita que nadie descubra lo que ocurre convierte el mismo dato en experiencia humana.
Ifans sobresale precisamente porque hace visible esa distancia entre intención y movimiento. Su transformación nunca depende de una gran escena donde repentinamente “interpreta” la enfermedad. El deterioro aparece progresivamente en la rigidez de los miembros, la manera de caminar, el cansancio, la expresión facial y pequeños movimientos que dejan de responder con la naturalidad anterior. Tony sabe perfectamente lo que quiere hacer, pero su cuerpo comienza a introducir un intervalo entre la decisión y la ejecución. Esa separación, mucho más que cualquier discurso sobre la enfermedad, termina siendo una de las ideas más dolorosas de la película.
Linney tiene un recorrido diferente y más volátil cuando la medicación de Emma comienza a producir comportamientos compulsivos. Su energía introduce cierto desorden en una película que por momentos resulta demasiado pulcra, aunque el guion desarrolla la enfermedad con mayor precisión que la relación sentimental. Ifans y Linney consiguen que la cercanía entre Tony y Emma resulte creíble porque ambos transmiten la intimidad particular de dos personas que no necesitan explicar constantemente aquello que están viviendo, pero el romance avanza en ocasiones con una comodidad narrativa que contrasta con la complejidad del resto.
Esto resulta especialmente significativo porque Onwards and Sideways parece comprender que la enfermedad puede modificar también el deseo. Ser diagnosticado no elimina la necesidad de sentirse atractivo, acompañado o sexualmente vivo, pero puede introducir nuevas inseguridades sobre el cuerpo y sobre cómo será percibido por otra persona. Tony y Emma encuentran en su relación una forma de reconocimiento que va más allá de compartir síntomas: ninguno necesita fingir ante el otro la normalidad que ambos intentan mantener frente al resto del mundo.
Los personajes secundarios reciben considerablemente menos espacio. Los hijos de Tony y Emma aparecen principalmente en relación con las necesidades emocionales de sus padres, mientras Liz, interpretada por Monica Dolan, queda atrapada durante demasiado tiempo en el papel de amiga preocupada que insiste, protege y eventualmente explota. Sin embargo, su confrontación con el neurólogo consigue condensar de manera efectiva una frustración central de la película: vivimos rodeados de tecnologías capaces de transmitir información instantáneamente alrededor del planeta y, aun así, la medicina no puede conseguir que determinadas señales recorran correctamente unos pocos centímetros dentro del cuerpo humano.
Madden dirige todo esto con una profesionalidad que facilita la entrada del espectador, aunque también reduce algunas de las asperezas que el material podría haber soportado. La película posee el acabado limpio y accesible de un prestigioso drama de la BBC, algo que probablemente ayudará a acercar el Parkinson a públicos que conocen poco sobre la enfermedad, pero que también contribuye a una sensación de familiaridad. Thomas Newman refuerza ocasionalmente ese problema con una música que insiste demasiado en indicarnos cuándo debemos emocionarnos. Algunas escenas, especialmente las relacionadas con la despedida laboral de Tony y el avance posterior de sus síntomas, tendrían mayor fuerza si la película confiara un poco más en Ifans y un poco menos en la necesidad de garantizar la lágrima.
La contradicción resulta curiosa porque el propio guion contiene una visión bastante menos complaciente. Mayhew-Archer sabe que vivir con Parkinson no conduce hacia la clase de resolución que el cine suele exigir. No existe una recuperación esperando en el tercer acto y el amor tampoco posee propiedades neurológicas. Tony y Emma pueden acompañarse, ayudarse y entenderse, pero ninguno puede rescatar al otro de aquello que ocurre dentro de su cuerpo.
Es precisamente esa imposibilidad la que permite que la película encuentre finalmente una forma de esperanza menos sentimental. La enfermedad transforma las vidas de ambos sin convertirse necesariamente en la única definición posible de esas vidas. La comunidad ayuda, el amor ayuda, la medicina ayuda y el humor ayuda, pero ninguno elimina el Parkinson. La dignidad que Onwards and Sideways encuentra no depende de vencerlo, sino de continuar construyendo una vida alrededor de algo que no puede ser derrotado.
La idea de Tony de que cualquier historia puede tener un final feliz dependiendo del momento en que decidamos detenerla podría haber resultado insoportablemente sentimental en otra película. Aquí adquiere una dimensión más interesante porque los cinco “buenos años” han demostrado lo arbitrario que resulta elegir ese punto. Una vida con una enfermedad progresiva no se divide limpiamente entre una etapa buena y otra mala; contiene días mejores dentro de años difíciles, pérdidas junto a nuevas relaciones y momentos de placer que no dejan de ser reales simplemente porque sabemos que habrá deterioro.
Ese entendimiento permite que Onwards and Sideways llegue a un lugar más complejo que la habitual celebración cinematográfica de la superación. La palabra resulta incluso problemática para una enfermedad que no puede superarse en el sentido convencional. Tony no necesita conquistar su cuerpo ni convertir su diagnóstico en una lección inspiradora para los demás. Tiene que aprender a vivir dentro de una realidad donde algunas capacidades desaparecerán y otras relaciones adquirirán una importancia que antes no tenían.
Mayhew-Archer conoce esa diferencia desde dentro y es lo que finalmente separa la película de otras historias sobre enfermedades diseñadas únicamente para provocar emoción. Madden puede envolverla en formas demasiado familiares y ocasionalmente empujar el sentimiento más de lo necesario, pero debajo de esa superficie existe una comprensión mucho más difícil de falsificar. El Parkinson no aparece como el acontecimiento que interrumpe una vida para proporcionar al personaje una enseñanza moral, sino como una nueva condición bajo la cual esa vida debe continuar.
Onwards and Sideways encuentra su mejor versión cuando acepta precisamente eso. Tony y Emma no avanzan hacia una victoria, pero tampoco permanecen inmóviles esperando una derrota. Continúan trabajando, amando, tomando medicamentos, equivocándose, sintiendo vergüenza, buscando ayuda y adaptándose a cuerpos que cada día pueden responder de manera diferente. La película termina donde decide detenerse, no porque la enfermedad haya terminado con ellos ni porque ellos hayan terminado con ella, sino porque vivir con Parkinson significa aprender que seguir adelante rara vez consiste en moverse únicamente hacia adelante. A veces también significa hacerlo hacia los lados.




