Un búnker sirve para protegernos del mundo exterior, pero también puede convertirse en una prisión. Florian Zeller construye prácticamente toda su tercera película alrededor de esa idea y no parece especialmente preocupado por la sutileza. Hay muros físicos, económicos, emocionales y sociales en Bunker, una película donde Javier Bardem interpreta a un arquitecto que recibe la oportunidad de diseñar un refugio para un multimillonario tecnológico mientras, casi sin darse cuenta, comienza a levantar otro alrededor de sí mismo. La metáfora es evidente. Quizás demasiado. Lo interesante está en observar cómo Zeller utiliza esa arquitectura para hablar de matrimonio, privilegio y esa capacidad humana de identificar perfectamente los defectos morales de quienes tienen más poder mientras permanecemos convenientemente ciegos ante los nuestros.
Miguel Moreno es un prestigioso arquitecto español que vive en Londres con su esposa Sofía y sus dos hijas. Ella, interpretada por Penélope Cruz, trabaja como editora después de haber desarrollado una carrera más importante en Madrid. El traslado parece haber producido una inversión silenciosa dentro del matrimonio. Mientras Miguel continúa creciendo profesionalmente, Sofía intenta reconstruir una identidad laboral en un lugar donde su experiencia anterior no parece otorgarle automáticamente la misma autoridad.
Zeller presenta inicialmente a la pareja como una unidad casi perfecta. Comparten sensibilidad artística, amigos, conversaciones intelectuales y una hermosa casa que parece diseñada para comunicar exactamente quiénes creen ser. Bardem y Cruz aportan algo imposible de fabricar completamente mediante dirección: intimidad. Los pequeños gestos, la proximidad física y la manera en que ocupan juntos una habitación transmiten años de convivencia antes de que el guion necesite explicarlos.
Entonces aparece la oportunidad que comienza a revelar las grietas.
Miguel recibe una oferta para diseñar en Hawái un gigantesco refugio subterráneo para Andrew, un multimillonario tecnológico interpretado por Paul Dano. No se trata simplemente de un búnker. Es una especie de monumento a la supervivencia de los ultrarricos, una pirámide contemporánea construida para alguien convencido de que su fortuna debería permitirle escapar de cualquier desastre que alcance al resto de la humanidad.
Sofía encuentra la propuesta moralmente repugnante. ¿Por qué ayudar a quienes han contribuido a construir un sistema desigual a protegerse precisamente de las consecuencias de ese sistema? Miguel comparte inicialmente algunas de sus reservas, pero la cantidad de dinero y la dimensión arquitectónica del proyecto comienzan a seducirlo.
Zeller encuentra ahí su pregunta más efectiva. ¿Cuánto valen nuestros principios cuando alguien finalmente ofrece suficiente dinero para comprarlos?
La película entiende además que para Miguel no se trata únicamente de dinero. Existe algo irresistible para un creador en recibir recursos prácticamente ilimitados para realizar un proyecto extraordinario. El multimillonario no está comprando solamente sus servicios, sino su imaginación. Miguel puede despreciar ideológicamente al hombre que lo contrata y simultáneamente sentirse fascinado por la posibilidad de construir algo que ningún cliente convencional podría financiar.
Ese conflicto habría sido suficiente para sostener Bunker, especialmente porque encuentra un reflejo doméstico inteligente en Toby, el vecino interpretado por Stephen Graham. Toby ha abierto una ventana en una construcción junto a la propiedad de Miguel. El arquitecto responde inmediatamente con regulaciones, límites y argumentos sobre lo que está permitido. Cuando finalmente permite que su vecino explique por qué necesita la ventana, la respuesta es extraordinariamente sencilla: quiere luz natural.
Miguel, un hombre capaz de hablar durante una entrevista sobre la relación entre luz y espacio, es incapaz de reconocer esa necesidad cuando amenaza su propia comodidad.
Poco después se encuentra frente al multimillonario intentando expresar sus objeciones al proyecto y descubre que tampoco quieren escucharlo. Zeller construye el paralelismo con muy poca delicadeza, pero funciona. Miguel se indigna ante el poder de quienes están por encima de él mientras ejerce el suyo con naturalidad sobre quienes considera inferiores. Cada persona parece progresista hasta que alguien atraviesa su propio muro.
Bardem es especialmente bueno capturando esa contradicción porque evita convertir a Miguel en un monstruo. Sigue siendo inteligente, cariñoso y, en muchos sentidos, razonable. Precisamente por eso sus decisiones resultan interesantes. No estamos observando a un hombre malvado revelar su verdadera personalidad, sino a alguien descubriendo gradualmente cuántas excepciones está dispuesto a crear para continuar considerándose una buena persona.
La paranoia comienza entonces a contaminar otros aspectos de su vida. El conflicto con Toby aumenta, desaparece el gato de la familia y Miguel empieza a interpretar acontecimientos cotidianos como posibles amenazas. La música de Volker Bertelmann introduce una pulsación inquietante bajo escenas aparentemente domésticas, desplazando Bunker desde el drama matrimonial hacia un thriller psicológico.
La transición no siempre beneficia a la película.
Zeller parece desconfiar ocasionalmente de la fuerza de sus propios conflictos humanos y comienza a añadir mecanismos de suspense que resultan menos interesantes que las conversaciones entre Bardem y Cruz. Hay alarmas, sistemas de seguridad y hasta absurdos dispositivos capaces de llenar una casa de niebla para desorientar intrusos. Algunos de esos elementos producen un humor inesperado, pero también empujan la película hacia un territorio de home invasion que nunca alcanza la complejidad de su premisa social.
La gran discusión matrimonial demuestra cuál podría haber sido la mejor versión de Bunker. Bardem y Cruz no necesitan amenazas externas para generar tensión. Cuando Miguel y Sofía finalmente convierten sus desacuerdos profesionales, económicos y personales en una confrontación directa, la película cobra vida. Lo que comenzó como discusión ética sobre aceptar un trabajo se transforma en algo mucho más íntimo: quién sacrificó qué dentro del matrimonio, quién ha tenido derecho a continuar creciendo y quién lleva años adaptándose a las necesidades del otro.
Ahí aparece también una de las principales frustraciones de la película. Sofía resulta considerablemente menos desarrollada que Miguel.
Sabemos que su carrera perdió impulso después de mudarse a Londres y que intenta avanzar dentro de una editorial, pero Zeller dedica mucha menos curiosidad a su trabajo que al de su marido. Miguel recibe oportunidades para explicar su concepción de la arquitectura. Sofía, en cambio, permanece demasiado frecuentemente como conciencia moral del protagonista. Incluso su relación con un joven escritor interpretado por Patrick Schwarzenegger parece existir principalmente para provocar una posible grieta matrimonial en lugar de explorar plenamente sus propias frustraciones.
Penélope Cruz consigue llenar muchos de esos espacios mediante interpretación. Hay cansancio detrás de su indignación y algo particularmente doloroso en la manera en que Sofía comienza a preguntarse si el hombre que tiene delante sigue siendo aquel con quien construyó una vida. La química real entre Cruz y Bardem beneficia enormemente esas escenas porque hace creíble que todavía exista amor incluso cuando ambos comienzan a descubrir resentimientos que llevaban años acumulándose.
Paul Dano necesita mucho menos tiempo para definir al multimillonario. Andrew representa una clase de poder que no necesita levantar la voz porque puede simplemente comprar soluciones. Su deseo de construir un refugio gigantesco contiene una ironía que Zeller explota abiertamente: los nuevos faraones no construyen pirámides para que sus cuerpos sobrevivan después de morir, sino complejos subterráneos para asegurarse de sobrevivir mientras el mundo de los demás se derrumba.
Bunker quiere hablar de muchas cosas al mismo tiempo: desigualdad, capitalismo, privilegio, matrimonio, inmigración, creatividad, miedo y la creciente incapacidad de diferentes clases sociales para escucharse. No siempre consigue integrar esas ideas con elegancia. Algunas metáforas llegan acompañadas prácticamente de instrucciones para interpretarlas y el último tramo fuerza el componente de thriller hasta alcanzar resoluciones menos convincentes que los dilemas que las precedieron.
Pero incluso cuando Zeller utiliza el martillo donde habría bastado un bisturí, hay algo relevante dentro de su argumento. Miguel cree que está considerando si construir o no un búnker para otra persona cuando en realidad lleva toda la película construyendo el suyo. Cada conflicto añade otra pared: el dinero, el prestigio, el miedo al vecino, la desconfianza hacia su esposa, la necesidad de proteger su propiedad y finalmente la convicción de que todo aquello que existe fuera de su espacio puede representar una amenaza.
Quizás por eso el proyecto del multimillonario termina siendo menos importante que la casa donde Miguel vive. No hace falta enterrarse bajo tierra para aislarse del resto del mundo. Basta con convencerse de que todo lo que está del otro lado del muro pertenece a alguien diferente.
Bunker no posee la precisión emocional ni la audacia formal de The Father, y sus ideas sociales son considerablemente más evidentes de lo que Zeller parece creer. Sin embargo, Bardem y Cruz consiguen encontrar complejidad donde el guion a veces ofrece símbolos. La película funciona mejor cuando deja de preguntarse cómo sobreviviríamos al fin del mundo y plantea una cuestión mucho más cotidiana: qué sentido tiene construir una fortaleza para proteger nuestra vida si, mientras levantamos sus paredes, terminamos dejando fuera a las personas con quienes queríamos compartirla.



