Hay algo apropiado en que Verity construya su misterio alrededor de un manuscrito. En una historia protagonizada por dos escritoras, la verdad nunca llega directa, sino convertida en narración: cada revelación depende de aceptar que alguien decidió antes qué contar, qué esconder y cómo organizar los hechos. Michael Showalter adapta la novela de Colleen Hoover entendiendo que su mayor atractivo no está en descubrir qué ocurrió dentro de la familia Crawford, sino en la posibilidad de que nunca podamos confiar del todo en quién cuenta la historia.
Dakota Johnson interpreta a Lowen Ashleigh, una escritora cuya carrera atraviesa dificultades cuando recibe una propuesta extraordinariamente conveniente. Verity Crawford, interpretada por Anne Hathaway, es una autora de enorme éxito que ya no puede terminar su popular serie de novelas tras un misterioso accidente. Jeremy Crawford, su esposo, interpretado por Josh Hartnett, contrata a Lowen para completar los libros usando las notas que Verity dejó atrás.
El trabajo obliga a Lowen a trasladarse a la enorme residencia de los Crawford en Vermont, una de esas casas cinematográficas cuya arquitectura anuncia que nadie debería aceptar pasar allí la noche. Verity permanece inmóvil, en silla de ruedas, aparentemente incapaz de comunicarse. Jeremy se presenta como un hombre atento que ha soportado tragedias familiares, mientras Lowen revisa cajas y archivos buscando el material necesario para imitar la voz literaria de una mujer a la que apenas conoce.
Entonces encuentra un manuscrito.
Lo que empieza como investigación profesional se transforma en invasión. Las páginas contienen confesiones perturbadoras sobre Verity, su matrimonio, sus hijos, hechos que modifican radicalmente la imagen pública de la escritora. Lowen las lee como evidencia, pero Verity introduce ahí una pregunta más interesante que cualquiera de sus giros posteriores: ¿qué significa encontrar una confesión escrita por alguien cuya profesión consiste en inventar historias convincentes?
Showalter entiende al principio el potencial de esa incertidumbre. La casa funciona como extensión de Verity incluso cuando ella parece incapacitada. Lowen puede recorrer sus habitaciones, tocar sus objetos, leer sus palabras, pero esa proximidad nunca garantiza acercarse realmente a la mujer. Cada documento promete una verdad más profunda mientras recuerda, al mismo tiempo, que estamos leyendo la versión que una escritora decidió construir.
Hathaway resulta especialmente efectiva porque Verity domina escenas sin hablar. Su inmovilidad obliga a Lowen y al espectador a interpretar miradas y coincidencias que podrían indicar una conciencia mayor de la que aparenta tener. Hathaway convierte esa ambigüedad en presencia física: la posibilidad de que Verity esté observando, fingiendo o simplemente existiendo dentro de las proyecciones de Lowen resulta, al principio, más inquietante que cualquier explicación concreta.
Johnson aporta una cualidad distinta. Lowen entra en la casa como observadora, pero gradualmente ocupa espacios que pertenecían a Verity: primero sus textos, después su matrimonio, y eventualmente desarrolla una atracción por Jeremy. La tarea de terminar las novelas de otra mujer adquiere entonces una dimensión incómoda: Lowen no solo escribe con la voz de Verity, se aproxima progresivamente a su lugar en la familia.
Esa duplicidad podría haber convertido Verity en un thriller psicológico retorcido sobre autoría, deseo e identidad. El manuscrito facilita esa transición porque le da a Lowen una justificación moral: si lo que lee es cierto, Verity deja de ser una mujer vulnerable y se transforma en alguien de quien Jeremy podría necesitar ser salvado. El problema es que creer esa historia también beneficia enormemente a Lowen. Ahí existe una dimensión que la película toca sin explotar del todo: Lowen no es una investigadora neutral. Cuanto más monstruosa parece Verity, menos culpable puede sentirse por su cercanía creciente con Jeremy. El manuscrito no solo informa; puede convertirse en permiso.
Josh Hartnett ocupa inteligentemente el centro de esa incertidumbre. Jeremy es el esposo atractivo y emocionalmente herido que el thriller necesita para que Lowen y el público bajen la guardia; su amabilidad puede leerse como reconfortante o sospechosa según la información del momento. Hartnett usa su carisma sin resolver esa contradicción demasiado pronto, aunque el guión necesita que la atracción de Lowen avance más rápido de lo que su desarrollo psicológico logra justificar.
Es en la dimensión sexual donde Verity revela algunos de sus límites. La historia necesita que el deseo forme parte de la confusión entre las dos mujeres, pero la película suele representar con provocaciones visuales bastante obvias, cuando podría usarlo para profundizar la sensación de sustitución. La conexión entre escritura, deseo e identidad es mucho más interesante que el simple hecho de mostrar relaciones intensas.
Showalter parece debatirse entre dos películas: una quiere ser un elegante thriller psicológico sobre la imposibilidad de conocer completamente a otra persona; la otra desea el placer excesivo de una novela de aeropuerto convertida en melodrama de lujo. La segunda no sería inferior —algunas de las mejores escenas llegan cuando Verity acepta lo absurdo de su propia construcción y deja jugar a Hathaway, Johnson y Hartnett dentro de ella. La casa junto al lago, el aislamiento, los pasillos nocturnos, la esposa indefensa y la joven intrusa remiten a una larga tradición de melodrama gótico, con ecos de Daphne du Maurier y del thriller erótico, además de la reciente estela de The Housemaid, donde el atractivo depende menos de la plausibilidad que de observar cómo cambian de posición las relaciones con cada revelación.
Por eso resulta extraño que Verity se contenga tanto. Una historia tan deliberadamente exagerada podría beneficiarse de más perversidad y humor: una escena en un restaurante bávaro, con Jeremy y Lowen comiendo schnitzel en un entorno casi surrealista, deja entrever una película más consciente de su propia extravagancia. Pero Showalter suele regresar rápido al prestigio visual, al piano ominoso y a la gravedad del misterio.
La fotografía y el diseño de producción crean una atmósfera eficaz, sobre todo en la residencia de Vermont: la madera, el invierno y los enormes interiores dan una elegancia que contrasta con lo que Lowen descubre en los documentos, y convierten cada habitación en un espacio donde alguien podría estar observando desde fuera del encuadre. La película abre, además, con una secuencia brutal en Nueva York, cuando Lowen queda cubierta de sangre tras un accidente frente a ella. El momento parece desproporcionado al principio, pero establece un mundo donde la violencia puede irrumpir dentro de una superficie controlada; el problema es que Verity nunca integra del todo esa agresividad inicial con el thriller más calculado que desarrolla después.
Sus mejores momentos llegan cuando la película permite que una misma evidencia admita lecturas contradictorias: una mirada de Verity puede significar amenaza, conciencia o simplemente lo que Lowen desea encontrar; una confesión puede ser autobiografía, ejercicio literario o manipulación. El tercer acto, sin embargo, necesita resolver demasiado y a la vez conservar incertidumbre: nuevos documentos modifican lo que creíamos saber, las explicaciones se acumulan y la ambigüedad que antes nacía de los personajes empieza a depender de información retenida estratégicamente por el guión. Hay una diferencia entre descubrir que interpretamos mal una evidencia y descubrir que simplemente no nos habían entregado otra pieza del rompecabezas; Verity es más fascinante con lo primero.
Eso no elimina su capacidad de entretenimiento. Hoover construye su éxito sobre conflictos emocionales llevados a extremos melodramáticos, y la película conserva esa cualidad compulsiva: siempre hay una nueva sospecha o un cambio de alianza esperando. Hathaway resulta fundamental porque entiende que Verity necesita permanecer parcialmente inaccesible; una interpretación más explicativa habría destruido el misterio. Johnson funciona mejor cuando Lowen también se vuelve difícil de interpretar, y la película habría ganado profundizando esa transformación: el verdadero peligro podría no ser descubrir quién era Verity, sino comprobar cuánto de ella puede empezar a existir dentro de Lowen.
Verity nunca lleva esa idea hasta sus consecuencias más perturbadoras. Showalter mantiene demasiado control sobre una historia que quizá necesitaba perderlo. El resultado funciona como entretenimiento retorcido, gracias sobre todo a Hathaway y a la dinámica cambiante entre sus tres protagonistas, pero deja la sensación de que una película más extraña y peligrosa seguía escondida entre sus páginas. Su ambigüedad final funciona mejor si dejamos de preguntarnos cuál versión es objetivamente cierta y observamos quién se beneficia de que aceptemos cada una.



