Dark Matter siempre tuvo una buena idea en el centro, pero durante su primera temporada parecía demasiado enamorada de esa idea. El multiverso, la física cuántica, las versiones alternativas de una misma persona y la famosa Caja terminaban ocupando tanto espacio que, en ocasiones, los personajes parecían simples pasajeros de un concepto mucho más grande que ellos. La segunda temporada corrige buena parte de ese problema y encuentra algo mucho más interesante: deja de preguntarse constantemente cuántos mundos existen y empieza a preguntarse qué les ocurre emocionalmente a las personas obligadas a vivir entre ellos.
La historia retoma a Jason Dessen, interpretado por Joel Edgerton, junto a Daniela, Jennifer Connelly, y su hijo Charlie, después de haber encontrado aparentemente un nuevo lugar donde comenzar. Durante siete meses viven una tranquilidad casi doméstica, con problemas tan ordinarios como un techo que necesita reparación. Pero Dark Matter nunca ha sido una serie interesada en permitir que sus personajes permanezcan demasiado tiempo en paz. La aparición de otra versión de Jason destruye rápidamente esa estabilidad y obliga a la familia a volver a escapar, esta vez con una diferencia fundamental: ya saben que encontrar otro mundo no significa necesariamente encontrar un hogar.
Ese cambio es importante porque la segunda temporada comprende que la Caja funciona mejor cuando deja de ser la protagonista. Sigue siendo la herramienta que hace posible todo, pero la serie ya no necesita detenerse constantemente para explicar sus reglas ni demostrar la cantidad de realidades que puede crear. La ciencia ficción continúa allí, pero está integrada dentro de una historia mucho más humana sobre pérdida, identidad y pertenencia.
También resulta acertado que Jason deje de cargar todo el peso narrativo. Joel Edgerton continúa siendo una presencia sólida, pero Blake Crouch, creador y principal guionista de esta temporada, abre finalmente la historia para permitir que Daniela, Amanda y Ryan tengan trayectorias propias. El resultado es una serie menos obsesionada con el protagonista y mucho más interesada en las consecuencias que sus decisiones han tenido sobre los demás.
Jennifer Connelly se beneficia especialmente de ese cambio. Daniela ya no funciona simplemente como el objetivo al que Jason debe regresar. Su personaje empieza a cargar con sus propias heridas y con la certeza de que la vida que conocía desapareció para siempre. Incluso cuando encuentra versiones del mundo donde podría reconstruir algo parecido a una familia, siempre existe una distancia imposible de eliminar entre aquello que perdió y aquello que intenta crear.
La serie también encuentra material mucho más interesante para Amanda y Ryan. Ambos están atrapados en una situación donde regresar a casa deja de ser una posibilidad clara y comienza una búsqueda distinta: descubrir dónde pueden existir sin convertirse permanentemente en visitantes dentro de la vida de otra persona. Esa es una de las mejores ideas de la temporada. El multiverso deja de ser una fantasía sobre todas las vidas que podríamos haber vivido y se transforma en una reflexión sobre lo doloroso que sería comprobar que ninguna de ellas nos pertenece realmente.
El episodio cinco representa probablemente el momento en que Dark Matter entiende completamente qué clase de serie puede ser. Durante una hora, prácticamente abandona la maquinaria narrativa principal para seguir a otra versión de Jason mientras intenta construir una relación con su madre sorda, Ellie, y con María, la propietaria de una librería. El lenguaje de señas modifica el ritmo de las escenas y obliga a la serie a confiar en los silencios, los gestos y las pequeñas conexiones humanas. Por primera vez, una versión alternativa de Jason deja de sentirse como una variación argumental y se convierte en una persona completa.
Es precisamente ahí donde la segunda temporada alcanza su mayor potencial. El concepto de infinitas realidades deja de ser interesante por la cantidad de posibilidades que ofrece y comienza a serlo por las vidas particulares que permite observar. Una persona puede existir en miles de mundos distintos, pero cada versión termina construyéndose a partir de relaciones, pérdidas y decisiones específicas. Esa idea resulta mucho más poderosa que cualquier paisaje generado para demostrar que estamos en otra dimensión.
La temporada tampoco abandona completamente el suspenso. Hay persecuciones, investigaciones, secretos y una progresiva sensación de que la existencia de la Caja está escapando del control de quienes la crearon. Lo que comenzó como la obsesión personal de un científico empieza a adquirir dimensiones mucho más amplias. Gobiernos, empresarios y personas desesperadas podrían utilizarla para apropiarse de aquello que existe en otros mundos, y la serie comienza a preguntarse qué ocurre cuando una tecnología capaz de alterar la realidad deja de pertenecer únicamente a su creador.
Una conversación sobre si el hecho de poder crear algo convierte inevitablemente su utilización en una obligación introduce una de las preguntas más interesantes de esta temporada. La curiosidad científica, el ego y la ambición aparecen unidos de una manera que amplía considerablemente el conflicto. Jason ya no es simplemente un hombre tratando de reparar las consecuencias de una decisión. La Caja comienza a representar algo que la humanidad probablemente nunca podría resistirse a explotar.
Ese crecimiento también provoca el principal problema de la temporada. Hay demasiadas historias ocurriendo simultáneamente. Diferentes versiones de Jason, Leighton, Blair, Amanda y Ryan comienzan a desplazarse entre mundos mientras una investigación intenta comprender la aparición de cuerpos idénticos. Cada una de esas tramas podría sostener un episodio completo, pero juntas crean una narración que a veces pierde su centro.
La propia serie parece consciente de esa dificultad. Los tatuajes que utiliza la familia Dessen para distinguirse funcionan perfectamente dentro de la historia, pero también parecen una solución práctica para un problema narrativo cada vez mayor: reconocer quién es quién. Cuando una cara deja de representar automáticamente a una persona, cada aparición obliga al espectador a reconstruir rápidamente el mundo del que proviene, sus relaciones y sus experiencias anteriores.
Sin embargo, lo curioso es que esta complejidad resulta menos frustrante que durante la primera temporada porque ahora tiene una recompensa emocional. Las distintas versiones de los personajes ya no existen únicamente para sorprender. Algunas de ellas permiten explorar posibilidades que la historia principal nunca podría desarrollar.
La segunda temporada también resulta más melancólica. Sus personajes empiezan a comprender que encontrar un universo parecido al suyo no significa recuperar lo perdido. El Jason original, la Daniela original o cualquier otra versión de ellos pertenece a una experiencia específica que no puede reproducirse completamente. Una casa puede parecer igual, una calle puede tener los mismos edificios y una persona puede tener exactamente el mismo rostro, pero ninguna de esas cosas garantiza que sigan siendo hogar.
Esa tristeza termina convirtiéndose en el verdadero corazón de Dark Matter. Sus personajes están rodeados de posibilidades infinitas y, sin embargo, nunca han parecido tan conscientes de todo aquello que no pueden recuperar. La paradoja resulta mucho más interesante que la propia mecánica del multiverso.
La serie todavía puede complicarse innecesariamente y algunas de sus líneas narrativas desaparecen durante demasiado tiempo antes de regresar. Pero la segunda temporada demuestra una madurez que faltaba en la primera. Al reducir el espectáculo y permitir que sus personajes permanezcan dentro de su dolor, sus dudas y sus nuevas relaciones, Dark Matter descubre finalmente que la ciencia ficción funciona mejor cuando sus preguntas tecnológicas terminan conduciendo hacia preguntas profundamente humanas.
La Caja puede abrir una cantidad infinita de puertas, pero esta temporada entiende que lo importante nunca fue cuántas realidades podían existir detrás de ellas. Lo verdaderamente fascinante es descubrir qué parte de nosotros continúa siendo la misma después de atravesarlas.



