Patricia Highsmith creó a uno de los grandes impostores de la literatura precisamente porque comprendía que la identidad podía ser una actuación. Tom Ripley observa, aprende, imita y finalmente se convierte en aquello que necesita ser. Puede cambiar de ropa, comportamiento y moral con la misma facilidad con la que otras personas cambian de habitación. Por eso existe una idea fascinante en el centro de A Talent for Murder: ¿qué pasaría si, durante los últimos meses de la vida de Highsmith, alguien parecido a Ripley apareciera frente a su puerta? No tendría que ser Tom Ripley exactamente. Podría ser algo quizás más peligroso: alguien que ha aprendido de él.
Anton Corbijn regresa al largometraje de ficción adaptando Switzerland, la obra teatral de Joanna Murray-Smith, quien también firma el guión. La película imagina a Highsmith en 1995, aislada en su casa de los Alpes suizos, bebiendo, fumando y aparentemente sin intención de volver a escribir sobre el personaje que había terminado convirtiéndose en su creación más famosa.
Helen Mirren interpreta a Highsmith sin demasiado interés por hacerla agradable. Es arrogante, cruel, misántropa y perfectamente consciente del poder que ejerce sobre cualquiera que atraviese su puerta. Su casa parece la extensión física de una mente que ha pasado décadas imaginando asesinatos: hay armas, cuchillos, venenos y suficientes objetos amenazantes para que casi cualquier conversación pueda convertirse en escena del crimen.
Entonces llega Edward Ridgeway. Alden Ehrenreich interpreta al joven representante editorial enviado desde Nueva York con una misión aparentemente sencilla y probablemente imposible: convencer a Highsmith de escribir otra novela de Ripley. Ella empieza de inmediato a jugar con él, critica su apariencia, cuestiona sus intenciones, lo humilla y espera que retroceda. Edward parece al principio el tipo de empleado perfecto para ser devorado por Highsmith: educado, ligeramente desordenado y suficientemente admirador de su obra como para tolerar insultos que cualquier otra persona habría respondido abandonando la casa. Pero Edward no se marcha, y ahí empieza la verdadera película.
Ehrenreich modifica al personaje con una precisión notable. No hay una escena donde Edward revele de pronto que estaba fingiendo; simplemente empieza a mostrar partes de sí mismo que antes había decidido ocultar. La timidez se transforma en confianza y la admiración adquiere agresividad. Cuando se atreve a decirle a Highsmith que sus últimos libros no han estado a la altura de los anteriores, la dinámica cambia definitivamente: descubrimos que la presa también sabe morder.
Los mejores momentos de la película pertenecen a ese enfrentamiento. Highsmith prepara un desayuno cerca de una botella de veneno y Edward entiende perfectamente la insinuación. Ella sabe que él la entiende y él sabe que ella sabe. Nadie necesita explicar nada. Ese es el tipo de perversidad elegante que debería dominar toda la película.
Murray-Smith encuentra además una excelente contradicción dentro de Highsmith: desprecia el negocio editorial que quiere explotar de nuevo a Ripley, pero tampoco puede ignorar del todo la provocación de alguien que todavía la trata como escritora. Edward no quiere solo celebrar lo que ya hizo; quiere que vuelva a crear. Finalmente llegan a un acuerdo: si pueden imaginar juntos un asesinato suficientemente bueno, Highsmith considerará escribir otra novela de Ripley. Es entonces cuando A Talent for Murder empieza, al mismo tiempo, a volverse más ambiciosa y menos interesante.
Edward había conocido durante su viaje a Suiza a Clementine, interpretada por Olivia Cooke, una joven con quien establece una conexión inmediata. Highsmith usa ese encuentro como materia prima para la historia que ambos empiezan a construir, y la película entra entonces en esa ficción. Ehrenreich deja atrás al representante editorial algo torpe y reaparece convertido en una figura más elegante, segura y peligrosa, claramente inspirada en Ripley. Cooke también se transforma en otra versión de Clementine, ahora una mujer vinculada a una fortuna familiar que nuestro falso Ripley pretende conseguir mediante seducción y, si hace falta, asesinato.
Al principio el mecanismo es inteligente: vemos a Highsmith convertir personas reales en personajes. Pero también observamos algo más inquietante: a Edward convirtiéndose en el personaje que supuestamente ambos están inventando. Ehrenreich resulta perfecto para esa ambigüedad. Tiene suficiente encanto para ser seductor y suficiente opacidad para que nunca sepamos del todo qué está pensando. La diferencia entre Edward y su versión de Ripley no requiere una transformación exagerada; cambian la ropa, la postura y la seguridad, como si la película sugiriera que la personalidad también puede ser vestuario.
Cooke participa eficazmente en el juego porque interpreta simultáneamente a una mujer real y a la versión ficticia que dos desconocidos están construyendo a partir de ella. Cuando Edward vuelve a encontrarse con la verdadera Clementine y empieza a acercarse sentimentalmente a ella, las fronteras entre ficción y realidad se contaminan. Ya no sabemos con certeza si Edward está viviendo algo que después usarán para escribir la novela, o si está usando la novela para ensayar lo que piensa hacer.
Esa pregunta debería convertir A Talent for Murder en un delicioso laberinto. El problema es que la película termina enamorándose demasiado del laberinto. Corbijn divide progresivamente la narración entre Highsmith y Edward en Suiza, Edward y la verdadera Clementine, y la historia ficticia de Ripley desarrollándose en Italia. Los tres espacios funcionan como espejos, pero no tienen la misma fuerza dramática: cada vez que abandonamos la casa de Highsmith, la película pierde algo.
El falso Ripley tiene buenos trajes, hermosos escenarios, asesinatos y una evidente sensualidad. Robbie Ryan diferencia visualmente ese universo de la frialdad suiza, dejando que Italia adopte una elegancia cinematográfica asociable de inmediato con las distintas encarnaciones de Ripley. Pero ahí aparece también el problema inevitable: hemos visto esto antes, y lo hemos visto extraordinariamente bien. Alain Delon convirtió a Ripley en una criatura de belleza casi inhumana en Purple Noon. Matt Damon encontró otra vulnerabilidad en el personaje en The Talented Mr. Ripley. Andrew Scott lo transformó recientemente en una presencia fría y metódica en Ripley. Intentar producir una versión condensada de ese universo dentro de la mitad de otra película coloca a Corbijn frente a una comparación que difícilmente puede ganar.
La historia imaginaria termina pareciendo una imitación competente de Highsmith, cuando la conversación sobre cómo construir una historia de Highsmith era considerablemente más original. Ahí reside la gran paradoja de la película: abandona su mejor historia para mostrarnos una peor.
Mirren es quien más sufre esa decisión, porque desaparece durante largos segmentos. Su Highsmith tiene una energía desagradable que la película necesita. No intenta convertir a la escritora en una excéntrica adorable: su racismo, antisemitismo, homofobia y desprecio general aparecen, aunque el guion a veces transforma comentarios genuinamente repulsivos en provocaciones teatrales ingeniosas antes de dejar que su significado se asiente.
Mirren tampoco busca simpatía, sino concentración. Observa a Edward como Highsmith probablemente observaba a muchas personas, preguntándose qué podía utilizar de ellas. La casa debería haberse convertido en el gran escenario psicológico de la película. Dimitri Capuani la llena de madera, papeles, humo, latas, armas y objetos acumulados durante años: parece un lugar donde alguien decidió reemplazar progresivamente a las personas por cosas.
Sin embargo, Corbijn nunca explota del todo esa claustrofobia. Quizás permanece demasiado consciente de que está adaptando una obra teatral y quiere demostrar constantemente que ahora tiene acceso a trenes, montañas, calles e Italia. El resultado es extraño: abrir la película visualmente termina reduciéndose dramáticamente. El verdadero misterio siempre estuvo dentro de esa casa, y en particular en descubrir quién es realmente Edward Ridgeway.
Su apellido se aproxima sospechosamente al de Ripley. Su comportamiento empieza a reflejarlo y su capacidad para adaptarse aumenta. La película incluso permite una lectura más abstracta: quizás Edward no importe como persona real, sino como una especie de manifestación del personaje del que Highsmith nunca consiguió escapar. Podría ser Ripley regresando, de alguna manera, a visitar a su creadora.
Es una idea mucho más interesante que determinar literalmente qué ocurrió, y Corbijn hace bien en no cerrar todas las posibilidades. El problema es que la ambigüedad no sustituye a la tensión. La película acumula veneno, cuchillos, pistolas, dobles, seducciones y asesinatos, pero pocas de esas amenazas producen el impacto prometido. La alfombra nunca termina de desaparecer bajo nuestros pies; apenas se mueve.
Incluso el desafío final, cuando Highsmith exige un asesinato suficientemente brillante para justificar el regreso de Ripley, coloca a la película en una situación peligrosa: si vas a construir toda tu historia alrededor de la genialidad de Patricia Highsmith, el crimen que finalmente presentes debe estar a la altura. A Talent for Murder cree haberlo conseguido, aunque el resultado no es tan ingenioso como la propia película necesita que pensemos.
Esa diferencia resume buena parte del problema. Corbijn y Murray-Smith sienten evidente admiración por Highsmith. Comprenden el atractivo de Ripley, su relación con la identidad y el placer perverso de observar a alguien cruzar límites morales sin perder elegancia. Mirren, Ehrenreich y Cooke son suficientemente buenos para mantener vivo el juego incluso cuando el mecanismo empieza a notarse demasiado. Pero admirar a Patricia Highsmith y escribir como Patricia Highsmith son dos cosas completamente distintas.
A Talent for Murder funciona mejor cuando acepta esa distancia y convierte la imposibilidad de reproducirla en parte del argumento: una escritora envejecida observa a un joven que podría ser editor, admirador, manipulador o personaje; él observa a una mujer que creó uno de los grandes sociópatas de la literatura y parece preguntarse cuánto tendría que aprender para convertirse en uno.
Ahí existe una gran película, encerrada dentro de esa casa, entre dos personas, una botella posiblemente envenenada y una página todavía en blanco. Cada vez que A Talent for Murder sale de allí para mostrarnos la novela que están imaginando, disminuye el misterio, porque ninguna de las muertes inventadas por Edward resulta tan inquietante como la pregunta que Helen Mirren consigue comunicar simplemente observándolo desde el otro lado de una mesa: ¿lo está descubriendo o lo está creando?



