Martin McDonagh lleva buena parte de su carrera escribiendo sobre hombres que sienten mucho más de lo que están dispuestos a reconocer. Los asesinos de In Bruges, los amigos enfrentados de The Banshees of Inisherin y ahora los agentes de la CIA de Wild Horse Nine pertenecen, de maneras distintas, a ese territorio emocional donde la amistad masculina puede parecer extraordinariamente al amor siempre que nadie cometa el error de llamarla así. Su nueva película lleva esa obsesión hacia un lugar particularmente oscuro: dos hombres que han pasado décadas interviniendo países, asesinando personas y justificando atrocidades en nombre de Estados Unidos descubren que, al aproximarse la muerte de uno de ellos, quizá la única cosa decente que hicieron con sus vidas fue quererse.
Estamos en 1973 y Charlie, interpretado por John Malkovich, y Lee, Sam Rockwell, son dos veteranos agentes de la CIA destinados en Chile mientras Estados Unidos participa en las maniobras para desestabilizar el gobierno de Salvador Allende. McDonagh introduce así una dimensión política mucho más concreta que la habitual en su cine, pero inmediatamente deja claro que no pretende construir un thriller histórico convencional. Charlie y Lee no están allí para que descubramos una conspiración. Ellos son parte de la conspiración y hablan sobre ella con la familiaridad de dos empleados veteranos comentando problemas de oficina.
Charlie tiene más de setenta años, cáncer terminal y una considerable cantidad de secretos de Estado almacenados en una memoria que empieza a deteriorarse. Consume morfina diariamente para controlar el dolor y ha comenzado a experimentar un fenómeno mucho más peligroso para la CIA que cualquier enfermedad: ya no parece interesado en mentir. Puede revelar información clasificada a desconocidos simplemente para observar su reacción y pasa buena parte de su tiempo grabando pensamientos en un pequeño dictáfono con la intención de convertirlos algún día en memorias.
Malkovich encuentra inmediatamente el tono del personaje. Charlie puede ser arrogante, irritante, divertido y aterrador dentro de una misma conversación. Habla constantemente porque parece sospechar que el silencio podría obligarlo a pensar demasiado seriamente sobre lo que ha hecho. Sus reflexiones pasan de la política internacional a la comida, de Kennedy a la muerte, del queso a la posibilidad de que los animales tengan alma. El humor de McDonagh funciona precisamente porque Charlie aborda asuntos monstruosos con la misma curiosidad con la que podría discutir cualquier trivialidad.
Una de sus nuevas preocupaciones son las polillas. Después de haber matado personas durante décadas, Charlie ya no puede aplastarlas y prefiere atraparlas para sacarlas de su casa, llegando incluso a sentirse culpable cuando debe dejarlas fuera mientras llueve. El detalle podría haber sido una broma perfecta sobre la sentimentalidad tardía de un asesino, pero McDonagh lo convierte progresivamente en una puerta hacia el verdadero conflicto de la película. Charlie comienza a desarrollar una sensibilidad hacia criaturas insignificantes después de haber pasado toda su vida tratando seres humanos como piezas dentro de operaciones geopolíticas.
Esa contradicción resulta divertida hasta que deja de serlo.
Lee conoce la enfermedad de Charlie y ha prometido cumplir uno de sus últimos deseos: viajar con él a Rapa Nui para contemplar los moáis que lo han obsesionado durante años. La CIA también conoce la situación y comprende que un agente terminal, impredecible y decidido a hablar puede convertirse rápidamente en un problema. MJ, interpretado por un magnífico Steve Buscemi, necesita que Lee controle a su viejo compañero y se asegure de que cualquier material comprometedor desaparezca.
El viaje adquiere entonces una dimensión que Lee preferiría ignorar. Acompaña a un amigo moribundo hacia el lugar que siempre quiso conocer mientras trabaja para una organización que podría pedirle en cualquier momento que ese mismo amigo no regrese.
McDonagh encuentra allí un conflicto perfectamente adaptado a su universo. Lee y Charlie son profesionales de la violencia que pueden discutir tranquilamente cuántas personas han matado. Lee recuerda ocho; Charlie asegura haber llegado a 68, aunque la película sugiere que la cifra podría ser considerablemente mayor. Sin embargo, cuando Lee menciona haber asesinado a alguien mientras comía un sándwich, Charlie parece genuinamente escandalizado. El problema para él no es necesariamente el asesinato, sino la vulgaridad de combinarlo con el almuerzo.
Ese humor negro permite a McDonagh acercarse a personajes moralmente repulsivos sin pedirnos que olvidemos lo que son. La amistad entre ellos puede ser conmovedora precisamente porque existe junto a todo aquello que han hecho. Wild Horse Nine no necesita convertirlos en buenas personas para encontrar humanidad dentro de ellos, y esa diferencia resulta fundamental cuando la película comienza a desplazarse desde la comedia hacia una reflexión sobre culpa, memoria y redención.
El encuentro con Monica, interpretada por Mariana di Girolamo, y Alicia, Ailín Salas, introduce una consecuencia humana mucho más inmediata de aquello que Charlie y Lee consideran trabajo. Las dos jóvenes chilenas simpatizan con Allende y terminan viajando hacia Rapa Nui en el mismo avión. Charlie, incapaz de contenerse, deja caer información sobre lo que se aproxima. Para él puede comenzar como otra provocación, pero para ellas se trata del futuro de su país.
La distancia entre esas dos perspectivas resume uno de los aspectos más interesantes de la película. Charlie y Lee han pasado décadas observando países como escenarios de operaciones. Vietnam, Chile y otros lugares aparecen en sus conversaciones como nombres asociados con misiones, errores o anécdotas profesionales. Las personas que viven allí experimentan las consecuencias de decisiones tomadas por hombres que posteriormente pueden subir a un avión y marcharse.
McDonagh no abandona su habitual irreverencia para subrayar esa responsabilidad. Prefiere dejar que el absurdo revele la monstruosidad. Charlie puede bromear sobre desestabilizar la democracia chilena porque lleva tanto tiempo utilizando ese lenguaje que casi ha perdido la capacidad de escuchar lo que significa. Su enfermedad comienza a eliminar algunos de los filtros profesionales, pero decir la verdad no equivale todavía a arrepentirse de ella.
Esa distinción es esencial. Wild Horse Nine no trata simplemente sobre un hombre malo que descubre al final de su vida que debería haber sido bueno. Charlie es demasiado inteligente para una conversión tan sencilla y McDonagh demasiado interesado en la culpa católica para ofrecer una absolución barata. El personaje empieza a reconocer ciertas cosas mientras continúa evitando otras, especialmente aquellas que podrían obligarlo a reconsiderar completamente la historia que se ha contado sobre sí mismo.
Sus recuerdos son selectivos y ocasionalmente poco confiables. Admite haber estado en Dallas en noviembre de 1963, pero mantiene convenientemente borrosos los detalles sobre la muerte de Kennedy. Al mismo tiempo recuerda que aquel día se distanció de su hermano después de una discusión aparentemente absurda que involucró una papa. McDonagh convierte esa anécdota ridícula en algo progresivamente sospechoso porque entiende que las personas suelen esconder sus mayores traumas detrás de historias pequeñas. La memoria de Charlie se deteriora, pero también puede haber pasado décadas perfeccionando la diferencia entre olvidar algo y decidir no recordarlo.
El paisaje de Rapa Nui resulta ideal para esta clase de reflexión. McDonagh abandona progresivamente el ruido político de Chile y coloca a sus personajes frente a figuras monumentales que han sobrevivido generaciones enteras de seres humanos. Charlie ha pasado la vida participando en acontecimientos que creyó históricamente importantes, pero frente a los moáis esa importancia empieza a parecer ridículamente provisional. Las grandes operaciones, los gobiernos derrocados, los secretos y las carreras terminan reducidos a recuerdos que desaparecerán junto con quienes los conservan.
La película utiliza esa escala sin abandonar el humor. Charlie continúa siendo un provocador, Lee continúa reaccionando como el hombre agotado que lleva años intentando impedir que su amigo convierta cada conversación en una catástrofe y McDonagh conserva el ritmo verbal que caracteriza su escritura. Sus diálogos avanzan mediante interrupciones, insultos, digresiones y observaciones aparentemente absurdas que con frecuencia esconden las ideas más serias de la película.
La influencia de Samuel Beckett resulta particularmente apropiada. Como muchos personajes beckettianos, Charlie y Lee parecen dos hombres atrapados juntos frente a un universo cuya lógica no comprenden, discutiendo porque discutir constituye una forma de acompañarse. Pueden hablar sobre queso, asesinatos o política exterior, pero debajo de esas conversaciones permanece una pregunta que ninguno formula directamente durante buena parte de la película: qué significará para uno continuar cuando el otro ya no esté.
Rockwell comprende que Lee necesita funcionar como contrapeso de Malkovich. Mientras Charlie domina las conversaciones, Lee observa, corrige, protesta y trata de mantener alguna forma de control. Su afecto aparece precisamente en esas pequeñas acciones prácticas. Se preocupa por la medicación, por los movimientos de Charlie, por aquello que dice y por lo que podría hacer. El hombre entrenado para eliminar amenazas termina dedicado a mantener vivo durante unos días más a alguien que su propia organización empieza a considerar una amenaza.
Esa contradicción permite que la amistad adquiera una profundidad inesperada. Lee no puede deshacer aquello que ambos hicieron, pero puede decidir qué hacer con Charlie ahora. En una película llena de hombres acostumbrados a pensar que las vidas ajenas pueden sacrificarse por razones superiores, cuidar de una sola persona adquiere una dimensión casi radical.
Buscemi aprovecha cada aparición como MJ, un hombre cuya ansiedad parece provenir tanto del peligro político que representa Charlie como del cansancio de tener que administrar personalidades imposibles. Su presencia mantiene activa la amenaza institucional sin transformar la película en un thriller convencional. McDonagh no parece especialmente interesado en generar suspense alrededor de si la CIA atrapará a alguien. Lo que importa es saber hasta dónde llegará Lee cuando su obligación profesional entre definitivamente en conflicto con la única relación que todavía parece importarle.
La película se vuelve más irregular cuando intenta combinar esa intimidad con elementos de thriller y misterio. Algunas desviaciones parecen diseñadas para mantener una maquinaria argumental que realmente no necesita demasiada complejidad, mientras ciertas ideas políticas aparecen con suficiente fuerza como para desear que McDonagh las desarrollara más. El golpe chileno constituye un contexto extraordinariamente grave y la irreverencia funciona mejor cuando ilumina esa gravedad que cuando amenaza con convertirla simplemente en material para otra ocurrencia brillante.
También existe cierta familiaridad en la estructura. Quien conozca la filmografía de McDonagh reconocerá al instante al hombre violento que comienza a contemplar la posibilidad de redención, la pareja masculina que transforma insultos en lenguaje afectivo y la combinación de crueldad, culpa y humor como mecanismo para discutir preguntas espirituales. Wild Horse Nine no representa una reinvención de su cine y en algunos momentos parece demasiado consciente de aquello que sabemos que McDonagh hace bien.
Pero Malkovich impide que esa familiaridad se convierta en repetición. Es una de sus mejores interpretaciones en años porque recupera aquello que siempre hizo extraordinaria su presencia: la sensación de que inteligencia, arrogancia, amenaza y vulnerabilidad pueden coexistir detrás de una misma mirada. Charlie es consciente de su teatralidad y disfruta controlando a quienes lo escuchan, pero el cáncer está eliminando progresivamente esa capacidad. Su cuerpo empieza a revelar verdades que sus palabras todavía intentan manipular.
Ahí aparece finalmente la dimensión religiosa que atraviesa buena parte de la obra de McDonagh. La pregunta sobre la redención resulta especialmente incómoda cuando se aplica a hombres responsables de una cantidad enorme de sufrimiento. El cristianismo sostiene que incluso el peor pecador puede encontrar gracia, pero Wild Horse Nine entiende que aceptar esa posibilidad no significa borrar las víctimas ni convertir el arrepentimiento en una transacción final que cancela toda una vida.
Charlie siente compasión por las polillas porque resulta más sencillo salvar algo pequeño que enfrentarse a todos los seres humanos que no salvó. Su gesto puede contener auténtica transformación y, al mismo tiempo, una enorme forma de evasión. McDonagh encuentra precisamente en esa ambigüedad la parte más humana del personaje. Las personas rara vez se arrepienten de todo al mismo tiempo; empiezan por aquello que pueden soportar mirar.
La amistad con Lee quizá constituya entonces la única evidencia de que ninguno de los dos se convirtió completamente en aquello para lo que fue entrenado. Han matado, mentido y contribuido a operaciones cuyas consecuencias exceden cualquier contabilidad individual, pero todavía pueden preocuparse el uno por el otro. McDonagh no utiliza ese afecto para absolverlos. Lo utiliza para sugerir que incluso dentro de vidas moralmente devastadas puede sobrevivir algo que no ha sido completamente destruido.
Wild Horse Nine funciona mejor cuando confía en esa idea y permite que Malkovich y Rockwell simplemente compartan el espacio. Sus conversaciones pueden ser hilarantes, absurdas y ocasionalmente insoportablemente tristes porque cada broma empieza a adquirir el peso de algo que quizá se diga por última vez. La muerte convierte las digresiones de Charlie en una forma de aplazar el silencio y la paciencia de Lee en una declaración afectiva que probablemente nunca formularía directamente.
McDonagh ha hecho una película profundamente pesimista sobre la política, las instituciones y la facilidad con la que los seres humanos convierten la violencia en profesión, pero extrañamente esperanzada respecto a nuestra capacidad para conservar vínculos incluso después de haber desperdiciado buena parte de la vida. Su visión de la redención no depende de que Charlie encuentre una explicación capaz de justificar lo que hizo, porque ninguna podría hacerlo. Depende de algo bastante más modesto: que antes de morir consiga reconocer al menos una parte de aquello que perdió mientras estaba demasiado ocupado convencido de que cambiaba el mundo.
Quizá por eso Rapa Nui termina siendo mucho más que el destino excéntrico elegido por un moribundo. Frente a esas enormes figuras de piedra, los secretos que Charlie ha protegido durante décadas parecen pequeños y las justificaciones todavía más insignificantes. Lo único que conserva una escala verdaderamente humana es Lee permaneciendo a su lado. Wild Horse Nine encuentra su emoción precisamente allí, en la posibilidad de que dos hombres que ayudaron a hacer del mundo un lugar peor hayan sido, pese a todo, capaces de hacer algo bueno el uno por el otro.




