Harry Lehman todavía sabe robar una cartera sin que nadie se dé cuenta. El problema es que las carteras ya casi no tienen dinero. También puede quitar un reloj de una muñeca con una elegancia perfeccionada durante décadas, aunque después descubrirá que muchas de esas piezas aparentemente caras valen poco. Los teléfonos son todavía peores: pueden rastrearse, bloquearse y convertirse rápidamente en objetos inútiles. Harry sigue siendo bueno en su trabajo. Es el mundo el que ha decidido que su trabajo ya no sirve.
Esa pequeña tragedia sostiene The Only Living Pickpocket in New York, el debut como director de Noah Segan, una película criminal que utiliza la estructura de un thriller para hacer algo bastante más melancólico: despedirse de una ciudad, de una generación y de una forma de cine que parece estar desapareciendo junto con su protagonista.
John Turturro interpreta a Harry como un hombre que continúa caminando por Nueva York porque detenerse probablemente significa aceptar cuánto ha cambiado todo. Recorre el metro, observa a desconocidos y ejecuta trucos pertenecientes a otra época. No necesita tecnología porque durante décadas su tecnología fueron sus manos. Cada movimiento responde a una profesión aprendida mediante práctica, intuición y conocimiento del comportamiento humano.
Segan establece desde el principio que no pretende juzgarlo demasiado. Harry es un ladrón. Si nos quitara el dinero probablemente no encontraríamos demasiado encanto en él. Pero tampoco aparece como un criminal peligroso. Cuando roba una cartera suele quedarse con el efectivo y abandonar el resto. Lleva sus pequeños botines a Ben, su contacto habitual, interpretado por Steve Buscemi, quien debe comunicarle repetidamente una verdad bastante deprimente: las cosas que roba ya no valen lo que Harry cree.
Es una excelente metáfora para el personaje. Tampoco vale dentro de esta nueva ciudad lo que alguna vez creyó valer.
La situación cambia cuando roba a Dylan, interpretado por Will Price, un joven conectado con personas considerablemente más peligrosas. Entre el dinero y los objetos que Harry consigue llevarse aparece un pequeño dispositivo USB que descarta sin comprender su importancia. El objeto contiene acceso a una fortuna digital y Dylan necesita recuperarlo.
Harry descubre entonces algo todavía más aterrador que la vigilancia tecnológica: los nuevos criminales tampoco operan según las reglas que él conoce.
Dylan y sus hombres localizan rápidamente al viejo ladrón y amenazan a Rose, su esposa gravemente enferma, a quien Harry cuida con una ternura que contrasta con el resto de su existencia. Tiene pocas horas para encontrar el dispositivo y devolverlo. Harry comprende perfectamente que recuperarlo probablemente salvará a Rose, pero difícilmente lo salvará a él.
Sobre el papel, Segan tiene todos los elementos de un thriller de cuenta regresiva. Existe un objeto perdido, una fecha límite, criminales violentos y una persona inocente cuya vida depende del éxito del protagonista. Harry consulta constantemente su reloj. El tiempo se acaba.
Curiosamente, a la película no parece importarle demasiado.
Esa es simultáneamente su decisión más arriesgada y su mayor virtud. Segan utiliza el reloj para recordarnos que Harry está avanzando hacia algo inevitable, pero dedica mucho más interés a observar dónde decide detenerse durante el camino. La búsqueda del USB se convierte progresivamente en una última excursión por el Nueva York que Harry conoce y, en algunos casos, por lugares que ya ni siquiera reconoce.
La ciudad funciona entonces como un segundo protagonista. Segan evita convertirla en colección de monumentos turísticos y prefiere calles, negocios, estaciones y barrios que parecen haber envejecido junto a Harry. Bronx, Chinatown, Queens y otros espacios aparecen como fragmentos de una geografía emocional. En determinado momento, incluso Harry debe preguntar cómo llegar a un lugar de una ciudad por la que lleva décadas moviéndose.
Pocas imágenes resumen mejor la película.
No es simplemente que Nueva York haya cambiado. Harry ha dejado de pertenecer a ella.
Segan abre además la película con “New York, I Love You But You’re Bringing Me Down” de LCD Soundsystem, una elección prácticamente demasiado perfecta para lo que quiere expresar. Existe amor por la ciudad, pero también resentimiento hacia aquello en lo que se ha convertido. La Nueva York peligrosa, sucia, creativa y relativamente accesible que Harry recuerda ha sido progresivamente sustituida por otra de riqueza tecnológica, vigilancia, gentrificación y personas que ni siquiera necesitan llevar efectivo.
Sin embargo, Segan evita convertir aquello en un sermón reaccionario sobre cómo todo era mejor antes. Harry tampoco pertenecía precisamente a una época ideal. Era un delincuente y sus decisiones han tenido consecuencias, incluida una relación deteriorada con su hija, interpretada por Tatiana Maslany. La nostalgia de la película está acompañada por suficiente arrepentimiento para impedir que se transforme completamente en romanticismo.
Es ahí donde Turturro convierte una película agradable en algo considerablemente más especial. Su rostro contiene prácticamente toda la historia que Segan necesita contar. Turturro permite que Harry envejezca ante nosotros durante apenas 88 minutos. Al comienzo todavía existe cierto orgullo en su caminar y una elegancia casi performativa en la manera de trabajar. Conforme avanza el día, el abrigo parece pesar más. Los hombros caen. Los ojos, habitualmente tan expresivos en la carrera del actor, dejan de buscar víctimas y comienzan a buscar soluciones.
Y recuerdos.
Turturro nunca necesita convertir el arrepentimiento en monólogo. Basta observar frente a personas que pertenecieron a otras etapas de su vida. Esa cualidad se vuelve especialmente poderosa cuando comparte pantalla con Buscemi y Giancarlo Esposito. Hay algo inevitablemente emocionante en reunir a intérpretes asociados con décadas de cine neoyorquino y permitir que sus propios rostros envejecidos formen parte del significado de la película. Segan sabe exactamente lo que tiene delante y los fotografía con cariño.
Buscemi convierte a Ben en mucho más que el típico contacto criminal encargado de proporcionar información. Existe una familiaridad entre ambos hombres que sugiere innumerables conversaciones anteriores a la película. Esposito, como el detective Allan Warren, aporta una serenidad parecida. Son personajes pertenecientes a una generación que observa cómo sus habilidades, códigos y conocimientos pierden utilidad.
La película está obsesionada con personas que se han vuelto obsoletas. Gary Lionelli acompaña ese sentimiento con una música que recuerda deliberadamente al cine criminal de los setenta y al blaxploitation. Segan no oculta sus referencias. The Only Living Pickpocket in New York quiere sentirse como una película encontrada de otra época y proyectada accidentalmente en 2026. La diferencia es que sus personajes saben que están viviendo en el presente.
No todas las decisiones alcanzan la misma naturalidad. Algunos diálogos son demasiado planos y determinados encuentros parecen existir únicamente porque el guión necesita completar la lista de arrepentimientos de Harry. La visita a su hija, por ejemplo, introduce una dimensión emocional comprensible, pero también resulta algo programática.
El último acto presenta un problema parecido. Segan comienza a cerrar cada pieza con demasiada precisión. Un joven ladrón al que Harry enseña algunos trucos inevitablemente regresa cuando la historia necesita que lo haga. Las diferentes conexiones encuentran su función y el plan final adquiere una ingeniería narrativa que contradice parcialmente la espontaneidad melancólica de todo lo anterior.
La película es mejor cuando Harry simplemente camina. Porque entonces entendemos que encontrar el USB nunca fue realmente el viaje. Harry está recorriendo su ciudad por última vez como el hombre que siempre creyó ser. Cada calle confirma que ese hombre está desapareciendo.
Incluso el título posee una tristeza que inicialmente puede pasar inadvertida. Ser “el único carterista vivo de Nueva York” podría sonar como una declaración de orgullo. En realidad parece un epitafio.
Noah Segan ha construido un thriller que funciona mejor cuando se olvida de ser thriller. Sus mejores escenas no dependen de persecuciones, violencia ni giros, sino de observar a John Turturro entrar en una tienda, conversar con un viejo amigo o caminar por una calle que recuerda diferente.
The Only Living Pickpocket in New York habla sobre criminalidad, pero sobre todo habla de obsolescencia. Sobre descubrir que aquello que tardaste toda una vida en aprender puede dejar de tener valor antes de que estés preparado para abandonarlo. Sobre una ciudad que continúa transformándose independientemente de cuánto la amemos. Y sobre un hombre que finalmente comprende que no puede robarle más tiempo al tiempo. Harry puede seguir siendo capaz de sacar una cartera de un bolsillo sin que nadie lo note. Su último y más difícil truco será aceptar que Nueva York siguió adelante mientras él todavía estaba mirando hacia atrás.




