domingo, septiembre 13, 2026
$0.00

No hay productos en el carrito.

Los 5 mejores de esta semana

Related Posts

TIFF 2026: Critica a Fjord| Mungiu convierte la familia en un dilema moral.

Cristian Mungiu nunca ha necesitado grandes gestos para hablar de sistemas que destruyen lentamente a las personas. En 4 Months, 3 Weeks and 2 Days convirtió una decisión privada en una radiografía de un Estado represivo; en Graduation examinó cómo la corrupción puede instalarse dentro de la lógica cotidiana hasta parecer inevitable. Con Fjord, el cineasta rumano traslada esa mirada a Noruega y encuentra un conflicto especialmente incómodo: ¿qué sucede cuando una familia culturalmente conservadora entra en contacto con una sociedad que considera algunas de sus prácticas incompatibles con sus propios valores?

Mihai y Lisbet Gheorghiu, interpretados por Sebastian Stan y Renate Reinsve, se mudan desde Rumanía a una pequeña comunidad noruega junto a sus cinco hijos. Ella nació en la región, domina el idioma y entiende mejor sus códigos sociales. Él permanece más desplazado, no sólo lingüísticamente, sino también culturalmente. La familia es religiosa, práctica estudios bíblicos diariamente, limita el acceso de sus hijos a teléfonos y redes sociales y mantiene una concepción de la autoridad familiar que contrasta con el entorno progresista y secular que los rodea.

Mungiu establece esas diferencias con paciencia, sin presentarlas inicialmente como señales inequívocas de peligro. Mihai puede parecer rígido. Lisbet puede resultar excesivamente protectora. La dinámica familiar tiene una estructura jerárquica que probablemente incomode a muchos espectadores. Pero Fjord no quiere que la distancia cultural funcione inmediatamente como prueba de culpabilidad. Lo que le interesa es descubrir en qué momento la diferencia deja de ser una característica privada y pasa a convertirse en asunto del Estado.

Ese momento llega cuando aparecen señales físicas en uno de los hijos y la escuela empieza a sospechar que puede existir abuso. Mihai reconoce haber utilizado ocasionalmente castigos físicos. Explica que puede dar una palmada como corrección o intervenir físicamente cuando un niño corre peligro. Para él, ciertas prácticas pertenecen a una forma de crianza normalizada dentro del ambiente cultural y religioso del que procede. Para las instituciones noruegas, pueden representar una línea que ningún padre tiene derecho a cruzar.

La intervención del sistema de protección infantil transforma la película. Los niños son separados de sus padres y enviados a hogares temporales, mientras Mihai y Lisbet deben enfrentarse a procedimientos legales que parecen desarrollarse en un idioma emocional, cultural y, en el caso de Mihai, literalmente diferente al suyo. A partir de ahí, Fjord abandona progresivamente el drama doméstico para convertirse en una discusión sobre derechos, crianza, religión, integración y el alcance del poder institucional.

Lo extraordinario es que Mungiu se niega a proporcionar la comodidad de una respuesta fácil. La película no argumenta que la cultura pueda justificar el abuso infantil. Tampoco sugiere que las autoridades deban ignorar señales de violencia por miedo a parecer intolerantes. Su preocupación se encuentra en el terreno mucho más difícil que existe entre esas posiciones. ¿Cuándo proteger se convierte en imponer? ¿Cuánto contexto cultural debemos considerar antes de juzgar una práctica? ¿Y quién tiene derecho a decidir cuándo una familia ha dejado de ser simplemente diferente para convertirse en peligrosa?

La cuestión se vuelve todavía más compleja porque los Gheorghiu sostienen opiniones que gran parte de la sociedad noruega considera regresivas. Mihai tiene posiciones conservadoras sobre matrimonio, sexualidad y religión. Sus hijos reproducen algunas de esas ideas en la escuela. Resulta fácil imaginar que esas diferencias contribuyen a que la familia sea observada con mayor atención. Mungiu introduce así una pregunta que incomoda precisamente porque no depende de que simpaticemos con Mihai: ¿defenderíamos con la misma convicción los derechos de alguien cuyas ideas rechazamos profundamente?

Sebastian Stan ofrece una de las interpretaciones más interesantes de su carrera porque evita convertir esa pregunta en un ejercicio de simpatía. Mihai no está diseñado para agradar. Puede ser obstinado, arrogante y difícil. Stan trabaja desde la contención, acumulando frustración dentro del cuerpo hasta que cada pausa parece contener una discusión que el personaje todavía no puede permitirse tener. La barrera lingüística incrementa esa sensación. En algunos momentos decisivos, Mihai depende de traducciones para comprender decisiones capaces de cambiar su vida, lo que convierte su impotencia en algo físico.

Renate Reinsve adopta un registro diferente. Lisbet pertenece más naturalmente al espacio cultural noruego y, por lo tanto, experimenta la crisis desde un lugar especialmente doloroso. Ella entiende las palabras, las instituciones y los argumentos utilizados contra su familia. Eso no significa que pueda controlarlos. Reinsve interpreta esa contradicción con notable sobriedad, evitando grandes explosiones emocionales incluso cuando su personaje pierde algunos de los aspectos más básicos de la maternidad.

Uno de los momentos más devastadores ocurre cuando Lisbet comprende que ya no puede producir leche para el bebé del que ha sido separada. Mungiu encuentra ahí algo que sus debates jurídicos no siempre consiguen: una consecuencia concreta, corporal y silenciosa. Toda la discusión sobre multiculturalismo, instituciones y derechos se reduce durante unos minutos a una madre cuyo cuerpo está empezando a asumir una ausencia que ella todavía se niega a aceptar.

Es en esos momentos cuando Fjord alcanza su mayor fuerza. Mungiu es menos efectivo cuando permite que sus personajes se conviertan en representantes demasiado visibles de ideas políticas. Algunas situaciones parecen diseñadas específicamente para mantener la balanza moral perfectamente equilibrada, como si el guión temiera proporcionar una información que pudiera permitirnos llegar a una conclusión definitiva. Esa estrategia es coherente con el proyecto, pero ocasionalmente también se siente calculada.

La representación de las instituciones contribuye a ese problema. Algunos funcionarios aparecen tan fríos y rígidos que la supuesta ambigüedad empieza a inclinarse. El riesgo consiste en que una película dedicada a cuestionar los juicios simplistas termine simplificando a quienes representan al sistema. Mungiu es suficientemente inteligente para complicar posteriormente esa lectura, pero no siempre evita que la estructura del relato parezca guiarnos hacia determinadas emociones mientras insiste en que debemos decidir por nosotros mismos.

Visualmente, la frialdad del paisaje noruego resulta perfecta para esa tensión. La fotografía de Tudor Vladimir Panduru evita convertir el entorno en postal. Montañas, nieve y fiordos adquieren una cualidad distante, casi administrativa. La belleza existe, pero no ofrece consuelo. Incluso las avalanchas que aparecen en el horizonte funcionan como metáfora evidente de una situación que comienza con pequeñas fricciones y termina adquiriendo una fuerza imposible de contener.

La película amplía progresivamente el conflicto hasta convertir el caso familiar en discusión política y mediática. Es ahí donde pierde algo de la intimidad que hacía especialmente poderosa su primera mitad. Cuando Mihai empieza a transformar su experiencia en una batalla pública sobre derechos familiares y libertad religiosa, Mungiu abandona parcialmente la observación para entrar en territorio más discursivo. El cambio es intelectualmente interesante, aunque emocionalmente menos inmediato.

Aun así, Fjord permanece inquietante porque entiende algo fundamental sobre nuestra época: hemos aprendido a defender la tolerancia siempre que aquello que debemos tolerar no nos incomode demasiado. Mungiu no pide que aceptemos las ideas de Mihai ni que justifiquemos cualquier método de crianza invocando tradición o religión. Pide algo mucho más difícil: que distingamos entre rechazar las creencias de una persona y negar sus derechos.

Ese es el corazón de una película imperfecta pero profundamente provocadora. Fjord no trata realmente de descubrir si una familia es culpable o inocente. Trata de preguntarnos qué sucede cuando diferentes definiciones de lo correcto ocupan el mismo espacio y ninguna está dispuesta a retroceder. En una época construida alrededor de certezas absolutas, Mungiu hace algo cada vez más extraño: nos obliga a permanecer dentro de la duda.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

Deja un comentario

Artículos Populares