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TIFF 2026: Josephine | Un devastador retrato de la pérdida de inocencia.

Hay conocimientos que llegan demasiado pronto. Para Josephine, una niña de ocho años, ese momento ocurre durante una mañana aparentemente ordinaria en Golden Gate Park. Corre junto a su padre, se adelanta unos metros y toma un camino diferente. Bastan unos minutos de separación para que el mundo que conocía deje de existir. La niña presencia una brutal agresión sexual contra una mujer y, aunque todavía no posee las palabras necesarias para comprender exactamente lo que ha visto, entiende inmediatamente algo mucho más elemental: existen personas capaces de hacer cosas terribles y sus padres no siempre podrán protegerla.

Beth de Araújo construye Josephine alrededor de esa revelación. Inspirada en una experiencia de la propia cineasta durante su infancia, la película no utiliza el crimen como punto de partida para un thriller sobre encontrar o castigar al agresor. Su interés está en algo mucho más difícil de representar: qué ocurre dentro de la mente de una niña cuando descubre una forma de violencia que todavía no tiene edad suficiente para procesar.

La secuencia inicial establece desde el principio que De Araújo no pretende proteger al espectador de aquello que Josephine tampoco pudo evitar. La agresión resulta extremadamente difícil de observar, pero la cámara permanece vinculada a la experiencia de la niña. No estamos viendo el acto para conocer detalles narrativos ni para convertir el sufrimiento de la víctima en espectáculo. Estamos atrapados detrás del mismo árbol, comprendiendo que esa imagen permanecerá dentro de Josephine mucho después de que la violencia haya terminado.

Ahí comienza realmente la película.

Josephine no sabe qué es una violación. Apenas entiende el sexo. Lo que posee son imágenes sin vocabulario, y esa ausencia de palabras se convierte en una de las ideas más dolorosas de Josephine. Los adultos intentan decidir qué explicar porque temen destruir todavía más su inocencia, sin comprender inicialmente que esa inocencia ya ha sido alterada. La niña empieza entonces a buscar respuestas por sí misma, incluso intentando escribir términos que apenas conoce en un teléfono. Hay algo devastador en observar a una niña intentando encontrar en internet el significado de aquello que ningún adulto sabe cómo explicarle.

Mason Reeves ofrece una interpretación extraordinaria porque nunca parece estar representando una idea adulta del trauma infantil. Josephine no procesa lo sucedido de una manera ordenada. Tiene miedo, se enfurece, permanece en silencio, hace preguntas inesperadas y comienza a interpretar el comportamiento de los hombres desde aquello que acaba de presenciar. El trauma no produce una única reacción. Invade progresivamente todos los espacios de su vida.

De Araújo encuentra una imagen especialmente efectiva para representarlo. Greg, el agresor interpretado por Philip Ettinger, comienza a aparecer dentro de los espacios cotidianos de Josephine. Puede estar sentado en una esquina de su habitación o escondido detrás de una cortina. Nadie más lo ve porque no está realmente allí. Es la memoria convertida en presencia física.

La decisión podría haber resultado demasiado evidente, pero funciona porque reproduce una lógica perfectamente infantil. Para Josephine, Greg deja de ser simplemente un hombre que vio una mañana en el parque. Se convierte en el monstruo que puede estar debajo de la cama. La diferencia aterradora es que este monstruo existe.

La fotografía de Greta Zozula refuerza constantemente esa perspectiva. La cámara permanece muchas veces a la altura de Josephine y convierte a los adultos en figuras enormes dentro de espacios que ella no controla. San Francisco tampoco funciona como postal. Golden Gate Park, inicialmente asociado con una rutina familiar agradable, queda transformado para siempre. La vegetación puede ocultar algo. Un baño público puede contener peligro. Un desconocido puede ser una amenaza.

Eso es precisamente lo que Josephine ha perdido: la posibilidad de moverse por el mundo sin imaginar qué podría estar esperando detrás de cada esquina.

Sus padres quieren devolverle esa seguridad, pero no saben cómo hacerlo. Damien, interpretado por Channing Tatum, responde desde la acción. Quiere que su hija aprenda a defenderse y la introduce en las artes marciales. Es una reacción comprensible. Si no puede garantizar que nada malo vuelva a suceder, quizás pueda enseñarle a luchar cuando suceda.

Claire, interpretada por Gemma Chan, intenta acercarse desde otro lugar. Quiere hablar, explicar y aceptar que el mundo nunca podrá ser completamente seguro. Entre ambos aparece uno de los aspectos más maduros de la película: ninguno tiene la respuesta correcta.

De Araújo no utiliza a los padres para demostrar cómo debería tratarse el trauma. Los muestra improvisando. Aman profundamente a su hija y aun así pueden equivocarse. Pueden evitar una conversación pensando que la están protegiendo cuando en realidad la están dejando sola con sus preguntas. Pueden intentar fortalecerla y terminar reforzando la idea de que debe prepararse constantemente para la violencia.

Tatum encuentra ahí uno de los mejores trabajos dramáticos de su carrera. Damien posee una fisicalidad que inicialmente parece comunicar seguridad. Es un padre fuerte, activo, capaz de correr detrás del agresor. Pero ninguna de esas cualidades puede reparar lo que su hija vio. Poco a poco, esa fuerza empieza a revelar impotencia. Damien puede perseguir a un hombre, enseñar una patada o instalar nuevas reglas de seguridad. Lo que no puede hacer es entrar en la memoria de Josephine y sacar de allí aquella mañana.

Chan trabaja desde una fragilidad más contenida. Una conversación entre madre e hija, en la que Josephine formula una pregunta relacionada con la experiencia de su propia madre con la violencia sexual, adquiere una fuerza extraordinaria precisamente por aquello que no se verbaliza. De Araújo entiende que algunas respuestas pueden existir completamente dentro de un rostro.

El conflicto adquiere otra dimensión cuando el sistema judicial necesita algo de Josephine. La víctima decide no testificar y la posibilidad de condenar al agresor depende entonces del testimonio de una niña de ocho años. La pregunta deja de ser únicamente cómo ayudarla a recuperarse. Ahora sus padres deben decidir cuánto daño adicional están dispuestos a permitir en nombre de la justicia.

¿Proteger a Josephine significa evitar que vuelva a enfrentarse a Greg o ayudarla a hacerlo para impedir que pueda atacar a otra persona?

Josephine es especialmente inteligente porque se niega a proporcionar una respuesta sencilla. La justicia y la protección no siempre apuntan en la misma dirección. El tribunal necesita una testigo. Sus padres ven una niña traumatizada. Josephine ocupa el espacio imposible entre ambas necesidades.

La música de Miles Ross intensifica esa experiencia hasta convertir el miedo en algo casi corporal. En ocasiones De Araújo subraya demasiado emociones que las imágenes y Reeves ya habían comunicado perfectamente, pero incluso ese exceso parece formar parte de una estrategia sensorial más amplia. La película no quiere simplemente explicar la ansiedad de Josephine. Quiere introducirnos dentro de ella.

Por eso sus mejores momentos contienen pocas palabras. Una mirada. Un ruido. Una figura inmóvil en una habitación. Una niña observando adultos que discuten decisiones sobre su vida mientras intenta entender qué significa todo aquello.

Después de Soft & Quiet, De Araújo vuelve a demostrar un notable interés por la violencia que existe debajo de superficies aparentemente normales. Pero Josephine es una película más madura porque comprende que el acontecimiento traumático es apenas el comienzo. El verdadero horror está en todo lo que viene después.

Y también existe humanidad dentro de ese horror.

La película no sostiene que Josephine pueda regresar a la niña que era antes de entrar en aquel parque. Tampoco propone que el trauma deba convertirse en aquello que determine el resto de su vida. Su conclusión es más difícil y, precisamente por eso, más honesta: crecer significa descubrir que ninguna persona puede garantizar nuestra seguridad absoluta.

Los padres tampoco pueden hacerlo.

Josephine entiende que una de las experiencias más dolorosas de la infancia consiste precisamente en descubrir que nuestros padres no son todopoderosos. Pueden acompañarnos, escucharnos y ayudarnos a levantarnos. Lo que no pueden hacer es construir una burbuja alrededor nuestro ni responder correctamente a cada pregunta.

Beth de Araújo convierte esa pérdida de inocencia en una película devastadora sin reducir a su protagonista a víctima. Josephine tiene miedo porque ahora conoce algo del mundo que antes ignoraba. La respuesta de la película no consiste en decirle que deje de tenerlo. Consiste en aceptar que quizás crecer no significa eliminar el miedo, sino aprender que todavía es posible vivir incluso después de descubrir que tenemos razones para sentirlo.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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