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TIFF 2026: A Long Winter | Andrew Haigh y el peso de una ausencia.

En las películas de Andrew Haigh, las personas suelen comprender demasiado tarde aquello que tenían delante. Los protagonistas de 45 Years descubren que un matrimonio puede contener secretos capaces de modificar retrospectivamente toda una vida. En All of Us Strangers, el amor y el duelo existen dentro de un espacio donde pasado y presente parecen imposibles de separar. A Long Winter continúa esa fascinación por las ausencias, pero esta vez Haigh coloca a sus personajes en un lugar donde resulta imposible escapar de ellas: una casa aislada entre las montañas de Colorado, rodeada por tanta nieve que el mundo exterior parece haber desaparecido.

Adaptada por Haigh de un relato de Colm Tóibín publicado en 2006, la película traslada la historia desde los Pirineos catalanes hasta Estados Unidos durante los años cincuenta. Allí vive Mike, interpretado por Fred Hechinger, junto a su hermano Tommy, su padre Lester y su madre Louise. La familia mantiene una granja modesta y una existencia construida alrededor del trabajo, la rutina y todas aquellas cosas que nadie parece capaz de decir. Tommy, interpretado por Kit Connor, está a punto de marcharse al servicio militar y Mike permanecerá con sus padres. Esa separación parece inicialmente destinada a convertirse en el gran cambio dentro de su vida. Entonces desaparece su madre.

Caitríona Balfe interpreta a Louise como una mujer cuya infelicidad resulta evidente mucho antes de que comprendamos completamente sus dimensiones. Bebe a escondidas, aprovecha los viajes al pueblo para conseguir alcohol y oculta vino dentro de la casa. La familia conoce parcialmente el problema, pero parece haber construido alrededor de él una especie de pacto de silencio. Louise está físicamente presente y emocionalmente desapareciendo desde mucho antes de abandonar la casa.

Haigh evita convertir su alcoholismo en una explicación suficiente. El alcohol funciona como escape, pero la verdadera pregunta es de qué intenta escapar. Poco a poco empezamos a observar aquella existencia desde su perspectiva: el aislamiento, el trabajo doméstico, un marido emocionalmente inaccesible y una vida que parece haber reducido sus posibilidades hasta dejar apenas unas cuantas habitaciones, animales y montañas.

Existen pequeños rastros de otra Louise. Sus discos y revistas sugieren intereses, deseos y una imaginación que no encuentran demasiado espacio dentro de la granja. De manera similar, descubrimos que Lester alguna vez tocaba la mandolina y fabricaba muebles. Son detalles pequeños pero fundamentales porque permiten imaginar que estos dos seres humanos fueron diferentes antes de convertirse en las personas que conocemos. Haigh no está filmando simplemente un matrimonio infeliz. Está observando aquello que los años pueden hacer con las posibilidades de una persona.

Cuando Lester le quita el alcohol, Louise sale de la casa y poco después llega la tormenta. Familiares, vecinos y policías comienzan a buscarla, pero la nieve transforma rápidamente una desaparición en algo potencialmente irreversible. Quizás llegó a casa de algún familiar. Quizás encontró refugio. Quizás continúa caminando. Eventualmente las condiciones hacen imposible continuar y todos deben aceptar una realidad brutal: tendrán que esperar al deshielo.

A Long Winter podría haberse convertido en un misterio sobre qué le ocurrió a Louise, pero Haigh prácticamente rechaza esa posibilidad porque la búsqueda importa menos que la espera. La película adopta el ritmo de ese invierno hasta el punto de que hay momentos donde roza deliberadamente lo glacial. Observamos hombres caminando por la nieve, regresando a la casa, realizando tareas y volviendo a buscar. Puede resultar excesivo incluso para espectadores familiarizados con la paciencia narrativa de Haigh, pero existe una coherencia entre forma y experiencia. Caminar cubierto de ropa por nieve profunda requiere esfuerzo. También lo requiere vivir dentro de una casa esperando noticias que probablemente no queremos recibir.

André Turpin fotografía las montañas con una belleza que nunca permite olvidar su amenaza. La nieve puede ser espectacular desde lejos y mortal cuando uno desaparece dentro de ella. Su blancura cubre caminos, referencias y finalmente cualquier posibilidad de encontrar aquello que se busca. Mike continúa buscando incluso cuando empieza a comprender qué podría encontrar.

Fred Hechinger ofrece posiblemente el trabajo más complejo de su carrera. Mike no exterioriza fácilmente aquello que siente. Ama a su madre y se resiste a aceptar su muerte, pero también está atravesando otro proceso que apenas sabe cómo nombrar. Es un joven gay viviendo dentro de una familia y una época donde el deseo debe aprender a existir clandestinamente. Sus revistas, sus miradas y pequeños encuentros empiezan a revelar una vida interior que guarda ciertas semejanzas con la de Louise.

Ese paralelismo entre madre e hijo es una de las ideas más hermosas de la película. Ambos miran hacia un mundo que existe más allá de aquellas montañas. Louise lo encuentra en revistas, discos y alcohol; Mike, en imágenes, cuerpos y deseos que todavía no puede expresar. Los dos viven dentro de una casa que les ha asignado un papel antes de preguntarles quiénes quieren ser. La diferencia fundamental es que Mike todavía tiene la posibilidad de descubrirlo.

Después de la desaparición de Louise, esa conexión adquiere una dimensión dolorosa. Mike empieza a comprender la sensación de estar atrapado precisamente cuando la persona que quizás mejor podría haber entendido esa necesidad ya no está allí para explicarla. Su búsqueda deja entonces de ser solamente física. Al intentar encontrar a su madre, está intentando comprender retrospectivamente a una mujer que había vivido frente a él y a quien, como sucede tantas veces dentro de las familias, todos conocían menos de lo que imaginaban.

Lester responde de una manera completamente diferente. Ebon Moss-Bachrach interpreta al padre como un hombre cuya dureza parece inicialmente autosuficiente hasta que la ausencia de su esposa revela cuánto dependía de ella. No sabe cocinar adecuadamente, no quiere ocuparse de determinadas tareas domésticas y la casa empieza a descomponerse porque muchas de las funciones que Louise realizaba eran tan constantes que los hombres habían dejado de percibirlas.

Hay algo profundamente político, aunque Haigh nunca lo convierte en discurso, en esa transformación. Louise desaparece y de repente su trabajo aparece. Mientras estaba allí, cocinar, limpiar, comprar, organizar y sostener la casa parecían simplemente cosas que ocurrían. Cuando deja de hacerlas, los hombres descubren que aquella normalidad dependía de una persona cuyo esfuerzo habían convertido en parte invisible del paisaje. Su ausencia adquiere así una presencia extraordinaria.

Lester contrata a Jimmy, interpretado por D’Pharaoh Woon-A-Tai, para ayudar con las tareas que antes realizaba Louise. La solución resulta reveladora: en lugar de aprender a ocupar el espacio doméstico que su esposa dejó vacío, busca inmediatamente a otra persona que pueda hacerlo. Jimmy termina funcionando casi como una sustitución práctica de la mujer ausente, aunque su presencia altera profundamente la dinámica de la casa por otra razón.

Mike se siente atraído por él.

Haigh introduce ese deseo con la misma delicadeza con la que suele aproximarse a la intimidad. Mike no necesita pronunciar grandes declaraciones sobre su sexualidad. Basta observar cómo mira. En una película construida alrededor de personas incapaces de expresar aquello que necesitan, una mirada puede contener una vida completa. Jimmy representa algo que Mike desea, pero también algo todavía más importante: la posibilidad de que existan maneras diferentes de habitar el mundo.

Su presencia provoca además la hostilidad de Lester, cuyo comportamiento homofóbico revela otra dimensión del modelo masculino dentro del cual Mike está intentando descubrir quién será. Su padre representa una masculinidad basada en resistencia, trabajo, autoridad y silencio. Sin embargo, la desaparición de Louise ha expuesto la fragilidad detrás de esa construcción. Lester puede criar animales, soportar el frío y mantener una granja, pero apenas puede mantener una casa cuando desaparece la mujer que realizaba todo aquello que él nunca consideró importante.

Puede sobrevivir al invierno. Eso no significa que sepa vivir.

La pregunta sobre la masculinidad atraviesa entonces toda la película. Mike continúa buscando a su madre cuando prácticamente todos han aceptado lo inevitable. Su padre podría interpretar esa insistencia como debilidad o incapacidad para aceptar la realidad, pero Haigh invierte discretamente esa lógica. ¿Quién es realmente más fuerte: el hijo que continúa sintiendo aunque eso le produzca dolor o el padre que transforma el dolor en irritación, desprecio y silencio?

La respuesta se vuelve todavía más complicada porque la casa comienza a experimentar algo que nadie quiere reconocer. Sin Louise, los hombres están perdidos, pero también aparece una extraña sensación de libertad. Cuando queda claro que nada puede hacerse hasta que la nieve desaparezca, surge una pausa en las obligaciones normales. Comen, se bañan, escuchan música, exploran y pasan el tiempo mientras la mujer que organizaba aquella existencia continúa, posiblemente, enterrada en algún lugar bajo la nieve.

Haigh se atreve entonces a entrar en un territorio emocional mucho más incómodo que el duelo convencional. La ausencia de alguien amado también puede producir alivio. La desaparición puede romper una familia y, simultáneamente, modificar las obligaciones que mantenían atrapados a quienes permanecen dentro de ella. Podemos amar profundamente a una persona y descubrir que nuestra existencia cambia de maneras inesperadamente liberadoras cuando ya no está.

Eso no significa que los hombres desearan la muerte de Louise ni convierte su nueva libertad en algo monstruoso. Precisamente ahí está la complejidad. Haigh rechaza la idea de que el duelo tenga que ser emocionalmente puro. La tristeza puede convivir con el deseo, la culpa con el placer y la pérdida con una sensación casi vergonzosa de posibilidades nuevas.

En cierto sentido, todos están viviendo unas vacaciones de la vida que tenían.

La ironía es devastadora porque Louise buscaba exactamente lo mismo. Ella necesitaba escapar de la rutina que los hombres comienzan a abandonar solamente después de que desaparece. Su ausencia les permite experimentar una libertad que ella nunca pudo encontrar dentro de aquella casa.

Por eso la pregunta más inquietante de A Long Winter deja de ser qué le ocurrió a Louise. La pregunta verdaderamente dolorosa es por qué salir hacia una tormenta pudo parecer preferible a quedarse.

Haigh nunca ofrece una respuesta sencilla porque hacerlo reduciría a Louise a víctima y a Lester a verdugo. La familia parece haber existido dentro de una estructura donde todos estaban atrapados de maneras diferentes. Lester también perdió partes de sí mismo. Aquel hombre que tocaba música y fabricaba muebles parece haber sido sustituido por alguien endurecido por el trabajo, el aislamiento y las obligaciones. La tragedia no consiste simplemente en que un hombre destruyó a una mujer. Es que una forma completa de vida fue reduciendo progresivamente a todos sus integrantes.

Mike tiene una oportunidad que sus padres quizás nunca tuvieron: marcharse antes de que aquello también lo convierta en otra persona.

Su deseo por Jimmy adquiere entonces una dimensión que va más allá de lo sexual. Representa movimiento. Posibilidad. Un futuro que no está escrito todavía. Mientras Lester intenta reconstruir una versión funcional de la casa anterior, Mike empieza a imaginar una existencia fuera de ella.

De esta manera, A Long Winter se transforma silenciosamente en un relato de formación. Mike busca a su madre mientras empieza a encontrarse a sí mismo. Lo trágico es que ambos procesos están conectados. Para comprender qué quiere hacer con su vida necesita empezar a entender por qué Louise ya no podía soportar la suya.

La lentitud deliberada de Haigh no siempre juega a favor de la película. Algunas caminatas y silencios prolongan sensaciones que ya habían quedado establecidas, y existen momentos donde la contemplación amenaza con convertirse en inmovilidad. Sin embargo, esa paciencia también permite que pequeños cambios adquieran una enorme importancia. Cuando casi nada sucede exteriormente, una mirada, una ausencia en la mesa o una puerta abierta pueden alterar completamente una escena.

Todo conduce a una imagen final de extraordinaria sencillez y fuerza. Después de una película dominada por cuerpos avanzando lentamente a través de la nieve, casas cerradas y caminos bloqueados, la posibilidad de movimiento adquiere una dimensión emocional enorme. Haigh entiende que no necesita explicar lo que significa. Ha pasado toda la película preparándonos para sentirlo.

La nieve terminará derritiéndose. El invierno, por definición, no puede durar para siempre. Lo terrible será aquello que aparezca cuando desaparezca, pero también aquello que finalmente podrá empezar a moverse.

Ese es el territorio que Andrew Haigh conoce extraordinariamente bien. Sus películas entienden que perder a alguien no significa únicamente aprender a vivir sin esa persona. A veces significa descubrir cosas sobre ella que ya no podemos preguntarle. Significa revisar aquello que creíamos conocer, reconocer lo que nunca quisimos ver y aceptar que el duelo puede contener sentimientos contradictorios que preferimos no admitir.

A Long Winter habla de una madre desaparecida, pero también de todo aquello que una familia descubre cuando deja de poder verla. Lester comprende cuánto dependía de ella. Mike empieza a comprender cuánto se parecía a ella. Ambos descubren demasiado tarde que compartir una casa durante años no garantiza conocer a la persona que duerme en la habitación de al lado.

Haigh encuentra finalmente una conexión profundamente triste entre Louise y su hijo. Ambos miran hacia otra vida desde el interior de la misma casa. Ella quizás comprendió demasiado tarde que no sabía cómo llegar hasta ella. Mike todavía tiene tiempo para intentarlo.

En A Long Winter, el deshielo no promete que el dolor desaparecerá. Promete algo mucho más modesto y, precisamente por eso, más hermoso: que incluso después del invierno más largo, todavía puede existir movimiento.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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