Fucking Evil Thing
Resident Evil (2026), de Zach Cregger es una de las mejores adaptaciones de un videojuego en la historia del cine, aunque no de la manera que cabría esperar. Si bien la mayoría de las películas basadas en juegos tratan el material original como si fuera una novela, adaptando la historia, esta nueva incursión en Raccoon City realiza un gran descubrimiento: en sagas que no se centran principalmente en la narrativa, como Resident Evil, tiene mucho más sentido adaptar la experiencia de jugar a uno de estos títulos que intentar reconstruir su trama, a menudo endeble. Resident Evil es a partes iguales graciosa y aterradora (más de los primero que lo segundo, quizás); un thriller trepidante de 90 minutos que, al igual que el material en el que se basa, es una delicia visceral y grotesca.

Este viaje al infierno comienza cuando Bryan (notable Austin Abrams), una especie de cadete de material médico, acepta transportar una carga valiosa a un hospital cercano. Es una fría noche de invierno y su siguiente destino es un pueblo apartado en las montañas. A primera vista, la decisión de Bryan de aceptar el encargo puede parecer noble; de hecho, le comenta sin mucho convencimiento a un policía que lo detiene que el paquete «¡Podría tratarse de un corazón para un niño o para alguien que se está muriendo!». En realidad, sus intenciones son todo menos altruistas.
Acepta el trabajo porque la paga por horas extra es buena y le permite posponer una conversación difícil con su novia, quien acaba de decirle por teléfono que está embarazada. Mientras Bryan toma la mercancía y huye de sus problemas, la enfermera le indica hacia dónde se dirige: Raccoon City.
Al igual que gran parte del guion de Cregger y Shay Hatten, la aparición del título de la película se produce con un deleite autoconsciente, justo cuando el protagonista, ajeno a la situación, se adentra directamente en lo que sabemos que será una auténtica pesadilla. Se percibe una especie de regocijo mientras Bryan se ve arrastrado a situaciones espeluznantes que emulan la experiencia de verse atrapado entre infectados y muertos vivientes en un juego de Resident Evil.
La fotografía de Dariusz Wolski coquetea con ángulos de cámara propios de los videojuegos: por momentos emplea una perspectiva en primera persona que recuerda a varios shooters, mientras que en otros recurre a composiciones cinematográficas más tradicionales, con barridos lentos que siguen a los perseguidores en plena carrera.
Resident Evil fue claramente escrita pensando en los fans de la saga, pero, afortunadamente, también debería funcionar bien para quienes nunca han tenido un control en las manos. Al igual que el resto de la obra de Cregger, la película es una respuesta traviesa a los tópicos del género: presenta clichés para luego dar un giro inesperado gracias a una idea o una puesta en escena original. Cada pausa angustiosa previa al enésimo suceso macabro destila una intensa autoconciencia y mucho humor.
Cregger vuelve a moverse en la fina línea entre el terror y la comedia, burlándose de situaciones extremas sin restar tensión al relato. Cuando el equilibrio amenaza con inclinarse hacia la parodia evidente, el tono cambia bruscamente de rumbo: a Bryan le tiemblan las manos y se le caen los cartuchos de la escopeta justo cuando una figura oculta surge de repente entre las sombras. La hiperviolencia exagerada y los estallidos de sangre dan paso a imágenes genuinamente inquietantes.
La película es divertida, pero también asusta de vez en cuando. Avanza a un ritmo frenético que apenas deja margen para respirar antes de que la siguiente secuencia obligue a nuestro protagonista a colgarse de unas escaleras o a abrirse paso por los túneles de una autopista.
Al idear estos encuentros desagradables, Cregger y su equipo no se limitan a los videojuegos; toman elementos libremente de clásicos del body horror y crean diseños de monstruos creativamente depravados. Resulta sorprendente la rapidez con la que la película deja atrás a los zombis clásicos para centrarse en esas abominaciones biopunk tan inquietantes que Capcom suele reservar para el acto final. Esto demuestra una vez más una comprensión que va más allá de lo superficial: tanto la película como el juego en el que se basa beben tanto de The Thing (hay mucho Carpenter acá, ya desde los sintetizadores de la banda sonora) como de Night of the Living Dead .
Las espeluznantes criaturas captan la esencia de Resident Evil al tiempo que aportan algo novedoso, haciendo que la película se perciba más como una nueva entrega de la saga que como un remake mediocre que se limita a repetir los momentos más icónicos. Cregger y Hatten evitan la nostalgia fácil o las escenas que parecen juegos de niños con figuras de acción, optando en su lugar por crear sus propios momentos de terror.
Eso no significa que falten guiños y referencias para los entendidos; al fin y al cabo, la película está estructurada como los juegos, incluyendo la búsqueda desesperada de munición suelta. Sin embargo, la carnicería resulta igual de efectiva tanto para los neófitos como para aquellos que han completado la saga de videojuegos.

Si hay un elemento que desentona ligeramente en Resident Evil (2026), es el final de la película. Sin entrar en spoilers, cabe decir que, a medida que Bryan se acerca a su destino, la atmósfera se torna más sombría hasta desembocar en un clímax sorprendente y que raya en el cinismo.
Pero antes de eso hay más de una hora suculenta que confirman a Cregger como el nuevo Jordan Peele en esto de inquietar plateas.
¿Quién iba a decir que solo se necesitaba a Austin Abrams largando insultos y puteadas para hacer una divertida y muy buena película?



