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TIFF 2026: Lukas Dhont habla de Coward: otra manera de entender el valor y la masculinidad.

Durante décadas, el cine de guerra ha asociado el heroísmo con la capacidad de avanzar hacia el peligro. El hombre valiente es quien controla el miedo, obedece, resiste y, si es necesario, muere cumpliendo lo que se espera de él. Con Coward, Lukas Dhont parte de esa imagen para preguntarse qué ocurre cuando la verdadera valentía consiste en hacer lo contrario.

Después de Close, donde exploraba cómo las expectativas sobre la masculinidad pesan sobre dos adolescentes, el cineasta belga amplía la escala de su trabajo y se traslada a la Primera Guerra Mundial. Pero bajo las trincheras, los uniformes y la violencia permanece una preocupación que atraviesa buena parte de su cine: qué sucede cuando un hombre deja de interpretar el papel que los demás han decidido para él.

Dos preguntas

En una conversación sobre la película, Dhont contó que Coward nació de dos preguntas surgidas durante su investigación. La primera apareció cuando empezó a encontrar fotografías de soldados que, detrás de las líneas del frente, usaban vestidos y participaban en espectáculos.

“¿Por qué nunca había visto esas fotografías?”, recuerda haberse preguntado. “¿Por qué nuestra memoria colectiva existe únicamente alrededor de la imagen de hombres brutales, destruyendo o siendo destruidos?”.

La segunda pregunta estaba ligada a esa ausencia: quién decidió qué significa ser valiente.

Para Dhont, muchas de las historias con las que hemos crecido presentan la capacidad de reprimir los sentimientos como rasgo esencial del héroe masculino.

“Crecemos con historias en las que los hombres son capaces de reprimir aquello que sienten para convertirse en héroes a través de la violencia”, afirma.

Un título con signo de interrogación

Así, el título adquiere un significado más complejo. Coward, “cobarde”, no funciona necesariamente como una definición del protagonista. Dhont lo entiende casi como una pregunta dirigida al espectador.

“Creo que Coward tiene un signo de interrogación”, señala.

La palabra ha tenido históricamente un enorme poder sobre los hombres. En las guerras, ser considerado cobarde podía significar vergüenza, castigo, expulsión del grupo o incluso la muerte, y ese miedo hizo que generaciones enteras aceptaran situaciones extremas antes que cuestionar lo que se esperaba de ellas.

“En el pasado, muchos hombres fueron enviados a la muerte por miedo a ser llamados cobardes”, dice Dhont.

Los desertores

Esa observación lo llevó a interesarse por los desertores. En su investigación descubrió que unos 150 hombres del ejército belga abandonaron sus unidades durante la Primera Guerra Mundial y nunca fueron encontrados. Al terminar el conflicto tampoco podían volver a casa: habían roto con el ejército, pero también con una sociedad que habría leído su decisión como una traición.

“Tuvieron que vivir completamente invisibles, con una identidad diferente”, cuenta. “Quizás en algún lugar de las montañas. No lo sé”.

Para el director, ahí aparece otra forma posible de valentía.

“Decidir por ti mismo qué te parece correcto y no hacer necesariamente lo que hacen los demás solamente porque ellos lo hacen requiere una cantidad enorme de coraje”.

La idea le resulta especialmente poderosa porque reconoce que, durante buena parte de su vida, él mismo ha intentado complacer al grupo, seguir las reglas y encajar en las expectativas ajenas. Por eso ve Coward como una evolución dentro de su filmografía: en sus películas anteriores había personajes que querían pertenecer, pero aquí aparece alguien que por fin rompe con el grupo.

“Es la primera película en la que el personaje realmente se emancipa, rompe con todo eso y se aleja”, explica. “Siento que puedo hacer una progresión en esta película que no podía hacer en las anteriores”.

Del duelo de Close a otra posibilidad

Esa evolución dialoga directamente con Close, donde una amistad íntima entre dos adolescentes se transformaba cuando el entorno los obligaba a preguntarse qué tipo de relación era aceptable entre dos chicos. Tras el recorrido internacional de aquella película, Dhont empezó a escuchar historias parecidas entre los espectadores.

“Muchas personas me hablaban después de Close sobre algo que les habían quitado, una amistad que habían perdido, una persona que habían perdido, algo que se había roto”, recuerda.

Al cerrar ese proceso, sintió que necesitaba contar una historia distinta. No necesariamente feliz, pero sí una que permitiera imaginar otra posibilidad. Y la encontró, paradójicamente, en uno de los periodos más violentos de la historia europea.

Durante la Primera Guerra Mundial, hombres de distintas regiones, clases sociales y experiencias fueron obligados a convivir en circunstancias extremas. Dhont descubrió que esos espacios también podían permitir vínculos afectivos que probablemente nunca habrían sido posibles en sus comunidades de origen.

“Ese conflicto brutal también fue un momento en el que las relaciones entre personas del mismo sexo podían florecer”, señala.

Ese contraste se volvió una de las bases de la película. Mientras la guerra exige que los hombres demuestren su valor destruyendo, Coward encuentra otra forma de coraje en la intimidad, el afecto y la posibilidad de mostrarse ante otra persona sin protección.

El beso de buenas noches

La investigación histórica fue fundamental. Antes de escribir el guion, Dhont pasó cerca de cuatro meses trabajando en archivos y museos relacionados con la guerra. Entre los materiales que encontró había diarios personales de soldados, y uno de ellos describía una práctica que lo sorprendió: en un grupo había un hombre al que los demás llamaban “madre”, y antes de dormir recorría el lugar donde descansaban sus compañeros y le daba a cada uno un beso de buenas noches.

Para Dhont, esa imagen era reveladora.

“Un hombre besando a otro hombre de buenas noches simplemente como un gesto de cuidado siempre ha existido”, sostiene. “No es mi invención. No es mi fantasía”.

Lo que ha cambiado, dice, es lo que nuestra cultura decide preservar. La imagen del soldado violento encaja con facilidad en cierta idea de masculinidad; la de ese mismo soldado mostrando ternura a otro hombre resulta más incómoda, porque pone en duda la aparente naturalidad de esa construcción.

“Tenemos miedo de ese tipo de imágenes porque van completamente en contra de esta creación que hemos hecho sobre lo que debería ser un hombre”, afirma.

Una masculinidad performativa

Esa incomodidad conecta con una experiencia personal más amplia.

“Ser hombre siempre me ha parecido algo muy performativo”, dice el director.

Se refiere a una versión concreta de la masculinidad patriarcal: no mostrar demasiado lo que se siente, mantener una actitud estoica, perseguir el éxito como demostración de valor y proyectar siempre una imagen de control.

“Nunca me he identificado realmente con esa manera de ser hombre”, confiesa.

Su cine se ha convertido así en una exploración de lo que aparece cuando esa actuación deja de funcionar. En Close, la pregunta era qué ocurre cuando dos adolescentes entienden que otros observan y juzgan su intimidad. En Coward, la presión es todavía mayor: el contexto militar convierte la masculinidad en una obligación institucional, porque un hombre debe obedecer, pelear, resistir y demostrar que no tiene miedo.

Por eso la película contrapone de manera deliberada violencia y vulnerabilidad. Dhont no cree que mostrar miedo, ternura o deseo reduzca a sus personajes; al contrario, amplía la definición de lo que un hombre puede ser.

“Existe bastante coraje en ser completamente fiel a uno mismo y mostrarse vulnerable”, explica.

La relación entre los protagonistas lleva esa idea a un terreno íntimo. Uno es reservado, tímido y cuidadoso; el otro tiene una personalidad mucho más expansiva. Esa diferencia genera fricción al principio, pero también permite que ambos descubran partes de sí mismos que permanecían ocultas. Para Dhont, esa apertura también es una forma de valentía.

“¿Hasta qué punto podemos ser verdaderos con nosotros mismos, incluso cuando eso significa ir en contra de todo aquello que los demás han decidido para nosotros?”.

Uniformes, vestidos y color

La pregunta se extiende al vestuario y a los espectáculos que aparecen en la película. Las fotografías históricas que inspiraron a Dhont mostraban a soldados que fabricaban vestidos, accesorios y joyas con los materiales que tenían a mano. Objetos asociados con la guerra se transformaban en herramientas de la imaginación.

Esa transformación tiene un valor simbólico evidente. En un sistema diseñado para convertir cuerpos en instrumentos militares, los personajes encuentran maneras de reinventarse: el uniforme dice quiénes deben ser, y el vestuario teatral les permite imaginar quiénes podrían llegar a ser. Nada de esto busca negar la brutalidad de la guerra; por eso la película insiste en mostrar ambos mundos juntos.

La fotografía responde a la misma intención. Aunque la historia transcurre en un contexto marcado por la muerte y la destrucción, Dhont evita una imagen dominada por tonos grises y apagados. Menciona como referencia al pintor belga James Ensor, que abordaba la enfermedad, la muerte y la oscuridad con colores intensos y una gran vitalidad.

“Aunque el tema tenga oscuridad, intento abordarlo con una paleta muy expresiva de luz y color”, dice. “Quiero que exista una vitalidad en las imágenes”.

La contradicción es fundamental, porque Coward no quiere reducir la guerra a un espacio donde solo hay destrucción. Incluso allí aparecen belleza, imaginación, deseo y ternura.

Una invitación, no una provocación

Dhont tampoco cree que su representación de la masculinidad busque provocar a quienes se sientan incómodos ante ella.

“Mi intención siempre ha sido invitar a las personas”, afirma. “Nunca ha sido provocar ni asustarlas”.

Para él, el cine puede ser un espacio donde espectadores con experiencias muy distintas observen una forma de vida que al principio no reconocen y encuentren algún punto de conexión.

“Espero que estas películas puedan ser invitaciones a mirar el mundo, y por lo tanto a mirarse a sí mismos, quizás con un poco más de calidez, cuidado y empatía”.

Por eso Coward es mucho más que una historia de amor ambientada en la Primera Guerra Mundial. La película usa ese contexto para cuestionar una idea que sigue profundamente arraigada: que el valor masculino debe demostrarse con fuerza, silencio y resistencia.

Dhont propone otra posibilidad. Quizás la valentía también pueda consistir en admitir el miedo. En abandonar un camino que todos consideran obligatorio. En negarse a destruir. En cuidar a otro hombre. En enamorarse. En mostrarse vulnerable cuando todo alrededor exige esconderse.

El título permanece abierto porque la película no intenta decidir quién merece ser llamado cobarde. Hace algo más interesante: preguntarse por qué hemos usado esa palabra durante tanto tiempo para controlar cómo viven, sienten y se relacionan los hombres.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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