El Patriota
El golpe militar de 1973 en Chile, que comenzó con el asesinato de Salvador Allende, sumió a la nación en un periodo tan traumático (por decirlo con moderación) que sus secuelas aún perduran. Hangar Rojo muestra cómo un hombre, opuesto al golpe pero incapaz de resistirse a él, intenta sobrevivir sin sacrificar ni sus convicciones ni su vida. Esta película de ficción, que emplea nombres reales y se basa en unas memorias verídicas, examina las consecuencias inmediatas a través de una pregunta sencilla: ¿cómo puede un hombre, atrapado en acontecimientos de los que no puede escapar, acatar las órdenes sin convertirse en cómplice?

Jorge Silva (Nicolás Zárate, con una sobriedad cortante en lo que es una de las actuaciones del año) es el jefe de logística de la academia de la Fuerza Aérea; un hombre reservado y diligente a quien vemos por primera vez llevando en su vehículo a Hernández (Arón Hernández), un miembro subalterno y locuaz de su equipo que se queja de la monotonía de la base. A la mañana siguiente, queda claro que Silva estaba al tanto del golpe de Estado, ya que quienes intentaban frenarlo también buscaban reclutarlo, pero optó por guardar silencio para protegerse. Soler (Marcial Tagle), el director de la academia, confía en Silva y ambos trabajan en buena sintonía, pero de repente ambos quedan bajo el yugo del sanguinario coronel Jahn (Boris Quercia), quien alberga una vendetta personal contra Silva. Jahn empieza a orquestar situaciones para perjudicar a Silva a nivel personal, lo que hace que el peligro que este corre se intensifique por momentos. Ser ejecutado por cobardía es siempre una posibilidad; de hecho, el joven Hernández pierde el brillo de la mirada en cuestión de un día. Filmar estos horrores en blanco y negro genera puede distanciar a algunos espectadores, pero creo que ayuda a las actuaciones, en especial a la brillantez de Zárate, al que la brillante cámara de Diego Pequeño sigue como si se tratara de Son of Saul. También es acertado mostrar muy poca violencia explícita en pantalla, optando en su lugar por sugerirla ampliamente: ver a personas llorando boca abajo sobre suelos de hormigón, entre su propia suciedad, o a mujeres de mirada vacía desplomadas contra una pared, es más que suficiente. Donde realmente destacan el guion de Luis Emilio Guzmán y la dirección de Juan Pablo Sallato es al mostrar las formas, sutiles pero muy claras, en que Silva sigue desempeñando su labor. No puede dar a sus enemigos margen de maniobra para actuar en su contra. Esto implica que debe acatar las órdenes o, cuando menos, no desafiarlas, aun cuando sus amigos conozcan bien sus verdaderos sentimientos y sus enemigos puedan intuirlos. Solo hay un momento en el que se siente lo bastante seguro como para quitarse la máscara: en brazos de su esposa Rosa (Catalina Stuardo), lo que da lugar a un breve instante de serenidad entre un colapso físico y la ceniza que se desprende de un cigarro. Con el tiempo, también queda claro que la posición de Silva es única en el país, hecho que a la vez aumenta y disminuye el peligro que corre. Él es, y siempre ha sido, un ejemplo para los demás; sin embargo, una posición de gran visibilidad siempre conlleva un mayor riesgo.

Es posible que a quienes carecen de conocimientos sobre la historia de Chile les cueste apreciar la sutileza con la que se abordan los dilemas de Silva. Sin embargo, resulta grato ver una película que se centra en retratar los días más sombríos sin caer en el morbo de la violencia. No es habitual que se preste tanta atención a rasgos como la línea de la mandíbula o la nuez de Adán. La interpretación sutil de Zárate constituye un fascinante ejercicio de contención. Quienes se sientan abrumados por la actualidad política encontrarán valioso recordar que, incluso en los escenarios más desoladores, siempre existe la posibilidad de elegir. A veces, la única elección posible es entre el cuchillo y el arma de fuego; no obstante, Hangar Rojo nos recuerda que tener una pistola apuntando a la sien brinda la oportunidad de saber exactamente quién y qué eres.
Al final del día es como el propio Silva argumenta:»¿Vale de algo decir que no?»
Una obra mayor y en el podio de lo mejor que he visto este año.



