El Cornudo
Minutos después de haber ganado el Gran Premio en el Festival de Cine de Cannes de este año, Andrey Zvyagintsev aprovechó su discurso de agradecimiento para pedir a Putin que pusiera fin a la carnicería de la guerra en Ucrania. Zvyagintsev vive ahora exiliado en Francia debido a sus convicciones políticas, pero tras los problemas de salud que sufrió en 2021 (COVID y otras infecciones), es una verdadera fortuna que siga filmando. Minotaur, la primera película de esta nueva etapa de su vida, narra una historia aparentemente sencilla que gana complejidad cuanto más se reflexiona sobre ella. Es una metáfora feroz sobre las cargas y los privilegios del poder, así como sobre las formas en que quienes lo ostentan lo utilizan para su propio beneficio o para el bien común. No es una película precisamente divertida, pero mejora cuanto más se piensa en ella.

Es el año 2022 y Gleb (interpretado por un gansteril Dmitriy Mazurov) es dueño y gerente de una empresa de transporte y logística en una pequeña localidad rusa. Se trata de un negocio próspero, y esto se hace evidente al ver la lujosa casa a orillas del lago donde Gleb vive con su esposa Galina (Iris Lebedeva) y su hijo preadolescente, aunque el estallido de la guerra ha provocado, como es lógico, ciertos contratiempos. Gleb es un padre atento y preocupado, pero su matrimonio no atraviesa un buen momento. Convencido de que Galina le es infiel, empieza a entrometerse en los asuntos de su esposa. Paralelamente, es convocado a una reunión con los principales empresarios de la localidad. En dicho encuentro, el alcalde (Vladimir Friedman) les informa que, desde el inicio de la guerra, no ha habido suficientes voluntarios locales para alistarse en el ejército. Ante esta situación, se ha establecido una cuota que obliga a cada empresa a aportar empleados como «voluntarios» para el esfuerzo bélico en un plazo de cinco días laborables. Si se niegan a facilitar nombres, hombres armados irrumpirán por la fuerza y se llevarán a los primeros empleados que encuentren. Gleb debe entregar una lista de 14 nombres. ¿Debería negarse a cumplir la orden y arriesgar su negocio? ¿Cómo elegir a quiénes enviar dentro de su equipo de empleados? Y después de todo, ¿importa esto si Galina ya no lo ama?
La horrible solución que Gleb encuentra para su «dilema» laboral es tan elegante que uno casi desearía que la película se hubiera narrado desde el punto de vista de su segunda al mando, Natasha (Varvara Shmykova). Al fin y al cabo, es ella quien termina haciendo el trabajo sucio sin saberlo. Sin embargo, esto habría eliminado la subtrama sobre lo que hace Gleb al descubrir que Galina, en efecto, se acuesta con otra persona. Sin entrar en destripes argumentales, basta decir que dicha acción no tiene nada de elegante; más bien, implica un trabajo muy sucio por parte de muchas personas, la mayoría de las cuales ni siquiera se percatan de que lo están llevando a cabo. Por supuesto, algunas de ellas son plenamente conscientes de lo que ocurre, lo que significa que deben convivir con las consecuencias de sus decisiones. La forma en que afrontan esta situación constituye la segunda mitad de la película.
Nada de esto, es importante agregar, habría funcionado tan bien de no ser por la extensa escena en la que Gleb y Galina disfrutan de una alegre cena en un restaurante elegante junto a cuatro amigos. Bueno, tres amigos y la nueva novia (mucho más joven) por la que uno de ellos ha abandonado a su esposa e hijos. Ella se esfuerza al máximo por caer bien, tanto que cuenta dos chistes que resultaron ser los más divertidos (junto a un racconto genial de Hope) de entre todas las películas a concurso en el festival de este año. (Fue una edición bastante sombría en Cannes, por lo que el listón no estaba muy alto, pero aun así, los chistes eran bastante buenos). Los hombres salen a fumar y se burlan unos de otros sobre sus responsabilidades profesionales y sus vidas sexuales. Galina y la otra esposa dejan inmediatamente a la novia vapeando sola en la mesa mientras ellas se retocan en el baño. Tras compadecerse de su amiga ausente (la mujer abandonada), coinciden en que una esposa feliz es una esposa ignorante. Estas seis personas poseen suficiente dinero y poder como para referirse a sus empleados como «siervos» con cierta sinceridad (y sabiendo perfectamente lo ofensivo que resulta). Pero viven en una sociedad de estratos sociales rígidos y, por la razón que sea (suerte, estrategia o talento), han logrado situarse en la cima. Está muy claro que Gleb no es la única persona en esa mesa, ni en este mundo, dispuesta a hacer lo necesario para mantenerse en esa posición. El único error real que comete cualquiera de ellos es confiar en el criterio de otra persona en lugar de en el propio.
La metáfora del minotauro nunca se aborda directamente, pero la secuencia final de la película muestra al hijo de Gleb y Galina filmando las nubes desde la ventanilla de un avión rumbo a Creta, el lugar donde habitaba el minotauro. Las nubes sobre la isla, en calma, resultan indistinguibles de las columnas de humo provocadas por las armas disparadas en una tierra en guerra. Si la vida es un laberinto en el que estamos atrapados, Galina se siente tan desdichada con sus decisiones que empieza a volverse peligrosa, mientras que Gleb se ve obligado a cometer actos reprobables para mantener su posición en él. Y lo maravilloso de Minotaur es que la película no necesariamente simpatiza con sus tribulaciones. Tal es la carga que conlleva ser responsable de la vida y el sustento de otras personas, como los empleados o el propio hijo. A veces hay que tomar decisiones terribles y hacer cosas espantosas (bueno, no es que tengan que hacerse, pero ser una buena persona puede implicar pagar un precio demasiado alto). En tales circunstancias, ¿es realmente una mala persona aquel amigo que abandonó a su esposa por una mujer más joven? ¿Compensa la calidad de Gleb como padre el hecho de que él disponga quién será reclutado para luchar en una guerra injusta? ¿Acaso el hecho de que Gleb se guarde esas decisiones para sí mismo, librando a sus subordinados de consecuencias imprevistas, hace que dichas decisiones sean mejores? ¿O es que todos acá no son más que toros en un laberinto, tratando desesperadamente de encontrar la salida?
A primera vista, la película parece tomar decisiones fáciles cuando la trama empieza a desenvolverse, y esto podría deberse a que Minotaur es una versión moderna de un clásico de Claude Chabrol de los años sesenta titulado La Femme infidèle, la misma cinta que Adrian Lyne utilizó como base para su «thriller erótico» Unfaithful. Sin embargo, tras reflexionar un poco, esa aparente simplicidad resulta ser precisamente la clave. El director de fotografía Mikhail Krichman, responsable de la imagen de todas las películas de Zvyagintsev, maneja la cámara como si fuera un invitado inesperado: curioso ante lo que presencia, pero lo bastante prudente como para no acercarse demasiado. La forma en que a veces se desplaza lentamente, como si siguiera a alguien a la vuelta de una esquina con desconfianza, hace que nosotros, los espectadores, nos sintamos plenamente presentes en la escena. La infelicidad de Galina acarrea consecuencias imprevistas, al igual que el éxito empresarial de Gleb. El hecho de que ninguno de los dos previera adónde conducirían sus actos no los exime de responsabilidad; lo importante aquí es cómo se manifiestan dichas consecuencias. Pero este es el gran dilema que conlleva el poder: basta una llamada telefónica o una breve charla tomando una taza de té para que cosas o personas se desvanezcan como si nunca hubieran existido. Uno puede mantenerse fiel a la imagen que tiene de sí mismo, pero a cambio traiciona su propia humanidad. El problema es que aferrarse a los ideales cuando te apuntan con un arma (o cuando un marido está perdiendo los estribos) rara vez da buen resultado. Y si hay algo que Rusia no tolera es que la gente alce la voz para defender lo correcto.

Es por eso que Minotaur es tan brillante. Son solo negocios. La vida no es justa, el éxito siempre tiene un precio y no podes ganar el juego a menos que sigas jugando. Estos clichés son los cuentos populares modernos que nos contamos hoy en día. Minotaur es precisamente uno de esos cuentos, llevado al extremo.
Es una maravilla de simplicidad, sin ser en absoluto simple.



