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Sobre Fatherland (2026), de Pawel Pawlikowski

Cold Film

Hacia el final del drama biográfico Fatherland, de Pawel Pawlikowski, Erika (Sandra Hüller) le susurra a su padre, el escritor alemán Thomas Mann (Hanns Zischler): «Vamos a casa». La lacónica respuesta de él , «¿dónde es eso?», resulta tan fría y desoladora como suena. Este sencillo intercambio, ocurrido durante la odisea de regreso a Alemania y el recorrido por el país en 1949, tras la Segunda Guerra Mundial y en plena Guerra Fría, está marcado por la frialdad emocional y es exactamente lo que cabría esperar de dos personas que parecen estar enfrentadas.

Sin embargo, la ajustada duración de 82 minutos en Fatherland contiene una buena dosis de alegrías, penas y tragedias; lo suficiente para abrazar esos momentos de experiencia humana, a pesar de aprovechar pocas oportunidades para profundizar en ellos lo necesario como para atrapar al espectador. Ciertamente, puede que Fatherland no sea la mejor obra de Pawlikowski, pero contiene elementos valiosos si se contempla su filmografía en conjunto.

La película comienza con Klaus Mann (August Diehl) hablando por teléfono con su hermana Erika; el tono y los comentarios de la conversación nos revelan su vínculo como gemelos. Es evidente que persisten los vestigios de una dinámica familiar fracturada, aunque también resulta obvio que existe una relación afectiva genuina entre ambos. Mientras Erika trabaja como asistente de su padre, Klaus vive abiertamente su homosexualidad y su fervor comunista. Erika y Thomas emprenden un viaje por carretera cuando este es convocado para recibir el Premio Goethe; la película narra la evolución de su relación a lo largo de este recorrido por una Alemania dividida.

No es que a Fatherland le falte por completo la carga emocional necesaria para que el público conecte plenamente con la historia; simplemente se ve demasiado limitada por su duración y por la abultada lista de ideas que intenta abarcar, lo que impide que nada llegue a calar hondo. Tomemos como ejemplo la relación entre Thomas y Erika: gran parte de lo que vemos en pantalla muestra a Erika desempeñando el papel de asistente. Dedica buena parte del tiempo a defender a su padre de las acusaciones externas de comunismo, dejando de lado su propia individualidad en una época convulsa. No es hasta que ambos deben afrontar una tragedia familiar cuando surge un soplo de aire fresco en su relación, hasta entonces asfixiante.

Por otro lado, los temas recurrentes del comunismo y el nazismo impregnan el guion gracias a la inclusión de interesantes personajes secundarios. Estas apariciones sirven para refrescar la memoria y recordar fracasos y errores del pasado, pero nunca llegan a vincularse con la situación actual del país dividido más allá de un nivel superficial. De todos los aspectos de Fatherland, este es el más decepcionante, dado que dichos personajes secundarios guardaban conexiones interesantes con los protagonistas.

La impresionante fotografía en blanco y negro de Łukasz Żal es, sin duda, uno de los puntos fuertes de la película; esta armoniza con el temperamento frío de los personajes a la vez que evoca un pasado doloroso. El trabajo de Żal también complementa a la perfección las interpretaciones de los dos protagonistas: tanto Hüller como Zischler transmiten frialdad y cálculo a través de sus miradas y su lenguaje corporal, manteniendo así una actitud de absoluta distancia emocional.

A pesar de su breve duración de 82 minutos, una película como Fatherland exige cierto nivel de paciencia. Faltan anclajes emocionales que conecten todos los temas entre sí. En cierto sentido, el guion se contiene y no llega a desarrollar todo su potencial, especialmente tratándose de una historia centrada en la relación entre un padre y su hija en plena Guerra Fría. Si bien la contención puede ser una virtud, incluso una obra de atmósfera tan marcada como esta necesitaba un momento de mayor intensidad o revelación. Lo peor es que, aunque Zischler y Hüller ofrecen interpretaciones magistrales, eso no basta para que Fatherland resulte memorable en su conjunto.

Juan Manuel Fábregas
Juan Manuel Fábregas
Uruguayo. Gran creyente de la Iglesia de Paul Thomas Anderson. Crítico de Cine y Realizador desde 2013, escribiendo para publicaciones y revistas como RouMovie.com, Cartelera.com.uy, El Telégrafo y El País (Uruguay). Email: fabregasmendiburu@gmail.com Tel: +598 91 311 263

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