Adam Wingard hizo su nombre con películas pequeñas, violentas y descaradas. You’re Next y The Guest tenían una energía particular: sabían exactamente qué tipo de películas querían ser y no pedían disculpas por ello. Después llegaron Blair Witch, Death Note, Godzilla vs. Kong y Godzilla x Kong: The New Empire, proyectos mucho más grandes en los que Wingard aprendió a manejar presupuestos, efectos visuales y maquinaria de estudio. Onslaught pretende ser el regreso a casa después de esa excursión industrial, una película de serie B con acabado de serie A. El problema es que la experiencia adquirida en Hollywood parece haberle enseñado también cierta contención que aquí juega en su contra.
La historia no necesita demasiadas explicaciones. Un programa militar secreto intenta desarrollar supersoldados mediante experimentos genéticos. Bajo la supervisión del doctor Hans Kammler, interpretado por un irreconocible Dan Stevens, el proyecto consigue exactamente lo que buscaba y, por supuesto, descubre demasiado tarde por qué aquello era una mala idea. Tres prototipos escapan y comienzan a abrirse paso por el desierto dejando una considerable cantidad de cadáveres detrás. El más peligroso es una mole silenciosa conocida como The Butcher, interpretada por Alex Pereira, diseñada esencialmente como una combinación entre un soldado perfecto y el asesino imparable de un slasher.
Su camino termina cruzándose con Celeste, una ex-francotiradora del ejército interpretada por Adria Arjona, que vive en un remoto parque de casas móviles mientras intenta reconstruir una vida marcada por el trauma y proteger a su hija Daisy. La ubicación parece escogida precisamente para eliminar cualquier complicación narrativa. Hay pocas personas, muchas armas y prácticamente ningún lugar al que escapar. Wingard y su habitual colaborador Simon Barrett disponen las piezas de un asedio donde tarde o temprano alguien tendrá que sacar una escopeta.
Esa sencillez debería ser una virtud. Onslaught no necesita construir una complicada mitología sobre supersoldados ni justificar demasiado los experimentos del gobierno. Está jugando con ingredientes que el cine lleva utilizando desde los ochenta: conspiraciones militares, veteranos traumatizados, científicos dementes, asesinos invulnerables y ciudadanos comunes obligados a transformarse en combatientes. Hay ecos de Terminator, Rambo, Die Hard y Halloween, además de una conexión evidente con The Guest. Wingard conoce estas películas y sabe cómo reproducir su lenguaje.
El problema es que reproducirlo no basta.
Durante buena parte de Onslaught existe la sensación de estar viendo una película construida a partir de recuerdos de otras películas mejores. Cada elemento parece reconocible antes incluso de aparecer. Sabemos quién tendrá el arsenal escondido, quién lanzará la frase heroica, quién será carne de cañón y quién se levantará después de recibir daños que deberían haber terminado cualquier discusión. Para un ejercicio deliberadamente retro, esa familiaridad puede formar parte del placer, pero necesita ser compensada mediante imaginación formal, humor o una violencia suficientemente excesiva como para justificar el reciclaje.
Wingard alcanza ocasionalmente ese nivel. Cuando Onslaught deja de explicar y comienza a destruir cuerpos, aparece algo de la energía irresponsable de sus primeros trabajos. Hay enfrentamientos brutales, armas utilizadas con entusiasmo y un diseño sonoro que proporciona a los disparos y golpes una contundencia considerable. Algunos personajes secundarios abrazan un tono casi caricaturesco que por momentos transforma la película en la clase de basura elegante que claramente aspira a ser.
Dan Stevens entiende perfectamente esa película. Su Hans Kammler es una creación deliberadamente absurda, con maquillaje grotesco, vestuario exagerado y una teatralidad que parece proceder de una producción diferente. Drew Starkey sigue una dirección similar como Cyrus, uno de los responsables de contener el desastre, mientras Rebecca Hall aparece dentro de ese universo de personajes excéntricos que parecen disfrutar más de la película que el propio guión.
La incoherencia tonal es parte del problema. Los villanos operan dentro de una comedia negra hiperviolenta mientras Celeste pertenece inicialmente a un drama relativamente convencional sobre trauma, maternidad y dificultades económicas. Wingard intenta conectar ambas películas, pero tarda demasiado en hacerlo. La historia dedica tiempo a explicar aspectos personales de Celeste que nunca adquieren suficiente profundidad para justificar esa pausa y que, una vez comienza el asedio, prácticamente dejan de importar.
Adria Arjona hace todo lo posible para llenar esos vacíos. Tiene presencia física, carisma y la capacidad de pasar de vulnerabilidad a estrella de acción sin que el cambio parezca artificial. Celeste podría haber sido un personaje mínimo y aun así Arjona logra darle cierta humanidad. Cuando finalmente la película le permite disparar, pelear y utilizar todo aquello que su pasado militar ha preparado, resulta fácil imaginarla encabezando una franquicia de acción mucho más ambiciosa.
También funciona Reginald VelJohnson como Josiah, una elección de casting que evidentemente explota su asociación con Die Hard. Wingard sabe que el espectador reconoce la referencia y no intenta ocultarla. Ese tipo de guiño puede resultar simpático, pero también resume la dependencia de Onslaught respecto a una nostalgia que rara vez transforma en algo nuevo.
La mayor frustración es que una película llamada Onslaught debería sentirse más descontrolada. Si Wingard quiere mezclar acción militar y slasher, tendría que llevar ambas tradiciones hasta sus extremos. Sin embargo, se queda en una zona intermedia. Los supersoldados utilizan armas de fuego cuando sería mucho más interesante convertirlos en depredadores físicos. Las muertes pueden ser violentas, pero el montaje a veces evita mostrar justamente aquello que debería proporcionar el impacto. Las secuencias de acción están correctamente coreografiadas, pero ninguna alcanza esa cualidad de “tengo que volver a ver esto” que distingue a las mejores películas de género.
Incluso The Butcher termina siendo menos memorable de lo que su concepto promete. Pereira posee la presencia necesaria para interpretar una fuerza imparable, pero Wingard no encuentra suficientes imágenes icónicas para convertirlo en un monstruo del nivel que pretende evocar. Michael Myers funciona porque cada aparición parece alterar el espacio alrededor de él. The Butcher es peligroso porque el guion nos dice que lo es y porque puede soportar una cantidad absurda de daño, pero rara vez resulta verdaderamente inquietante.
La película tampoco necesita convertirse en comentario político, aunque algunos elementos sobre experimentación militar, veteranos descartados y operaciones gubernamentales clandestinas sugieren una posible lectura más contemporánea. Wingard los utiliza fundamentalmente como combustible narrativo. No hay mucho interés en preguntarse qué dice todo esto sobre el presente. El gobierno crea monstruos, pierde el control y después intenta limpiar el desastre. Es una fórmula tan antigua como el propio género.
Y quizá eso sea exactamente lo que Wingard quiere. Onslaught puede entenderse como un director volviendo a jugar con los juguetes que tenía antes de recibir cientos de millones de dólares para manejar monstruos gigantes. Hay algo simpático en esa decisión y, visualmente, la experiencia adquirida se nota. La película tiene acabado, sonido, ritmo profesional y suficientes momentos de violencia como para ofrecer entretenimiento.
Pero volver a las raíces sólo tiene sentido si se recupera también la libertad que aquellas películas representaban. You’re Next y The Guest parecían realizadas por alguien intentando demostrar hasta dónde podía llegar. Onslaught, paradójicamente, parece hecha por alguien que ya sabe exactamente hasta dónde puede llegar y decide detenerse un poco antes.
Adria Arjona demuestra que puede sostener una película de acción, Dan Stevens parece divertirse enormemente y Wingard todavía posee un instinto sólido para el género. Lo que falta es esa última dosis de locura que habría convertido un homenaje competente en una verdadera descarga de adrenalina. Para una película que promete una ofensiva total desde su propio título, Onslaught termina siendo sorprendentemente cuidadosa.



