El Laberinto de Prue de los Bosques
Ambientada en Portland, Oregón (un famoso epicentro de la cultura hippie y alternativa estadounidense), Wildwood, del estudio Laika, narra la historia de la adolescente Prue (Peyton Elizabeth Lee), quien saca de casa a su hermano pequeño, Mac, en contra de los deseos de sus padres, que van mucho con el estilo contracultural de la ciudad. Mientras recorren a toda velocidad las calles de Portland, se cruzan con Curtis (Jacob Tremblay), un muchacho bastante tímido que, sin querer, distrae a Prue justo cuando una parvada de cuervos arrebata a Mac de lo alto de un tobogán. Así da comienzo la primera de varias secuencias de persecución realmente impresionantes: Prue se adentra a toda marcha en su bicicleta hacia el bosque prohibido y envuelto en niebla, al otro lado del río, con Curtis dando saltos tras ella en el remolque de la bici. Lo que sigue es una búsqueda desesperada y llena de giros para rescatar a Mac de las garras de Alexandra (Carey Mulligan), una institutriz viuda consumida por el dolor.

Wildwood contiene elementos propios de los clásicos de la fantasía: Alexandra recuerda a una figura al estilo de la Bruja Blanca; la trama, centrada en una búsqueda, evoca a Tolkien; emocionalmente es imposible no pensar en El Laberinto del Fauno, mientras que la estética y el poder del bosque remiten claramente a obras del estudio Ghibli, como La princesa Mononoke y Nausicaä del Valle del Viento, ambas de ese gigante eterno que es Hayao Miyazaki. Wildwood es una obra densa y cargada de contenido; su ritmo es ágil, aunque en ciertos momentos da la sensación de estar demasiado apresurada. La película incluye escenas de persecución espectaculares, que la realización disfruta especialmente y que resultan técnicamente asombrosas, dado el enorme esfuerzo que supone animarlas mediante la técnica stop-motion, pero estas solo contribuyen a acelerar aún más el ritmo vertiginoso de la historia. Esta velocidad puede dificultar conectar con los personajes, sobre todo porque hay muchísimos y termina perjudicando (un poco) a algunos secundarios magníficos, como Septima, la rata a la que pone voz Awkwafina.
Parte de la extrañeza de Wildwood proviene de que, por momentos, parece una película infantil, mientras que en otros resulta bastante adulta y emocionalmente desgarradora; esto se debe, probablemente, a que se trata de la primera incursión de Laika fuera del cine dirigido al público infantil. La locura de Alexandra nace del duelo por la pérdida de su hijo y, más tarde, del autómata que ella misma construye para reemplazarlo. Mac es el sacrificio que ella está dispuesta a realizar con tal de recuperar a su hijo. Su profundo dolor está plasmado con gran acierto a través de la animación y el trabajo de voz de Carey Mulligan.
Sin embargo, Wildwood es, en muchos sentidos, asombrosa. Es sumamente ingeniosa, de una belleza deslumbrante, técnicamente impresionante y cuenta con una de las mejores secuencias de batalla que he visto jamás, a medio camino entre Gangs of New York y Game of Thrones. Ni siquiera puedo imaginar cómo lograron animar (¡¡mediante stop motion!!) las enormes parvadas de aves que luchan entre sí en el aire.

La animación parece ser para el cine lo que la artesanía es para el arte: su lugar en el mundo cinematográfico es menospreciado y su destreza, objeto de burla. Sin embargo, con Wildwood, el estudio Laika ha demostrado lo que puede llegar a ser la animación stop-motion: cine en estado puro. Es una lástima, en cierto modo, que su propia ambición acabe convirtiéndose en su talón de Aquiles, al intentar abarcar demasiado en sus 131 minutos de duración; pero, al imaginar la absoluta dedicación necesaria para mover, paso a paso, cada diminuta pata de coyote en aquella secuencia en la que marchan hacia la batalla…bueno, uno no puede dejar de maravillarse ante lo increíble que es esta película.



