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TIFF 2026| Ink : Danny Boyle y el precio del sensacionalismo.

La transformación del periodismo en una industria dominada por el espectáculo, la provocación y la búsqueda obsesiva de lectores no comenzó con las redes sociales. Mucho antes de que los algoritmos convirtieran la indignación en un negocio, Rupert Murdoch y Larry Lamb habían descubierto que las noticias podían venderse como entretenimiento y que los principios editoriales resultaban negociables cuando las cifras de circulación comenzaban a crecer. En Ink, Danny Boyle reconstruye el ascenso del tabloide británico The Sun a finales de los años sesenta mediante una película de ritmo frenético que reproduce la energía del periódico que retrata. El resultado es un espectáculo cinematográfico extraordinariamente entretenido, aunque su entusiasmo por los personajes termina debilitando parte de la crítica que pretende desarrollar sobre ellos.

Adaptada por James Graham de su propia obra teatral, Ink comienza cuando Murdoch, interpretado por Guy Pearce, intenta consolidar su presencia dentro de la industria periodística británica. El empresario australiano considera que los periódicos tradicionales han perdido contacto con sus lectores y que sus directivos continúan defendiendo una idea elitista del periodismo. Su adquisición de The Sun representa la oportunidad de desafiar ese sistema, pero necesita a alguien dispuesto a transformar un diario en dificultades en una publicación capaz de competir con los grandes nombres de Fleet Street.

Ese hombre es Larry Lamb, un periodista del Daily Mail interpretado por Jack O’Connell, cuya ambición profesional supera las oportunidades que ha recibido hasta entonces. Hijo de un herrero de Yorkshire, Lamb comparte con Murdoch cierto resentimiento hacia las élites británicas y la convicción de que el periodismo necesita abandonar sus viejas costumbres. Sin embargo, todavía conserva algunas reservas sobre las consecuencias de trabajar para un empresario dispuesto a romper cualquier regla. Murdoch consigue vencerlas mediante una oferta económica irresistible y la promesa de otorgarle una libertad editorial que difícilmente encontraría en otro lugar.

Boyle convierte esa alianza en el motor de una narración que funciona inicialmente como una historia de triunfo empresarial. Lamb reúne a un equipo de periodistas dispuestos a trabajar contra el reloj, experimentar con titulares y acercarse a los intereses cotidianos de los lectores. Las reuniones editoriales adquieren el ritmo de una competición deportiva, mientras cada incremento en las ventas parece confirmar que sus métodos representan una revolución necesaria. La película comprende perfectamente el atractivo de observar a un grupo de profesionales desafiando a instituciones que consideran arrogantes y anticuadas.

Jack O’Connell resulta fundamental para sostener esa fascinación. Su interpretación presenta a Lamb como un hombre de inteligencia rápida, confianza desbordante y una capacidad extraordinaria para contagiar entusiasmo. El actor transmite la satisfacción de alguien que finalmente encuentra un espacio donde sus ideas reciben atención, pero también permite observar cómo esa necesidad de reconocimiento se transforma progresivamente en una obsesión por superar cualquier límite. Su energía domina las escenas sin convertir al personaje en una caricatura, incluso cuando sus decisiones comienzan a resultar moralmente indefendibles.

Guy Pearce ofrece un contrapunto más calculador. Su Murdoch es un empresario que comprende el poder de la provocación, pero también la importancia de controlar las consecuencias económicas y políticas de sus decisiones. Pearce evita los gestos excesivos y construye su autoridad mediante silencios, miradas y una seguridad que rara vez necesita imponerse a gritos. La relación entre ambos funciona porque Murdoch reconoce en Lamb una audacia que puede utilizar para expandir su imperio, mientras el periodista encuentra en su jefe la validación que llevaba años buscando.

La puesta en escena de Boyle acompaña esa dinámica con una exuberancia visual que recuerda sus trabajos más enérgicos. La fotografía de Alwin H. Küchler utiliza lentes angulares, encuadres inclinados y movimientos de cámara que deforman los espacios para transmitir la velocidad de una industria en transformación. Las rotativas adquieren una presencia casi física, con enormes hojas de papel atravesando la pantalla mientras los protagonistas contemplan fascinados el resultado de su trabajo. El montaje mantiene una aceleración constante, apoyado por una banda sonora de Daniel Pemberton que mezcla sonidos industriales, rock y texturas electrónicas.

Esa combinación convierte las oficinas de The Sun en un escenario tan excitante como cualquier persecución cinematográfica. Boyle consigue que decisiones aparentemente triviales, desde el diseño de una portada hasta la elección de un titular, adquieran una intensidad dramática inesperada. La película reproduce la lógica del sensacionalismo mediante sus propios recursos expresivos: imágenes llamativas, cambios bruscos de ritmo y una acumulación de estímulos que apenas concede tiempo para reflexionar sobre lo que está ocurriendo. Esa elección resulta especialmente interesante porque coloca al espectador en una posición semejante a la de los lectores que comenzaron a consumir el periódico.

La transformación editorial incluye una atención creciente al sexo, los escándalos y los crímenes violentos. Lamb comprende que la provocación vende y comienza a desplazar los límites de lo que puede publicarse. La introducción de fotografías de mujeres desnudas en la célebre página tres representa uno de los ejemplos más evidentes de esa estrategia. La película muestra cómo una publicación que inicialmente prometía romper con las convenciones termina produciendo nuevas formas de explotación bajo el argumento de ofrecer al público aquello que desea consumir.

Claire Foy interpreta a Jules Davies, una periodista que participa en ese proceso de transformación y cuya relación sentimental con Lamb introduce una dimensión adicional a las contradicciones del proyecto. Su personaje representa a las mujeres que intentan conquistar espacios dentro de una industria profundamente masculina, pero el guión no desarrolla suficientemente esa perspectiva. Aunque Foy aporta inteligencia y personalidad a sus escenas, Jules termina definida en buena medida por su relación con el protagonista y por las discusiones sobre sexualidad que atraviesan la redacción.

Esta limitación resulta particularmente significativa en una película interesada en examinar las consecuencias del sensacionalismo. La presencia de una mujer capaz de cuestionar las decisiones editoriales habría permitido profundizar en las contradicciones de una publicación que confundía liberación sexual con explotación comercial. En cambio, el relato utiliza al personaje principalmente para acompañar la evolución de Lamb, desaprovechando la oportunidad de explorar con mayor amplitud las experiencias femeninas dentro del periodismo de aquella época.

El conflicto alcanza una dimensión más inquietante cuando el periódico comienza a intervenir en acontecimientos donde la búsqueda de exclusivas puede afectar directamente la vida de otras personas. Un caso de secuestro expone hasta qué punto Lamb está dispuesto a convertir el sufrimiento ajeno en material periodístico. Las decisiones editoriales dejan de parecer travesuras de un equipo rebelde y revelan las consecuencias de un sistema donde el éxito comercial termina funcionando como única medida de legitimidad.

Boyle intentó entonces modificar nuestra relación con los protagonistas. La energía que anteriormente celebraba sus triunfos comienza a adquirir un significado más oscuro, mientras Murdoch observa con creciente preocupación los métodos de su editor. El problema es que esa transformación no resulta completamente convincente. La película parece interesada en presentar a Lamb como alguien que ha llevado demasiado lejos una revolución inicialmente legítima, otorgando a Murdoch una distancia moral que resulta difícil de aceptar considerando su responsabilidad en la creación y consolidación de ese modelo periodístico.

Esta decisión debilita el análisis histórico. Murdoch aparece ocasionalmente como un empresario sorprendido por las consecuencias de sus propias estrategias, cuando el éxito de The Sun dependía precisamente de la explotación sistemática de los mecanismos que Lamb había desarrollado. La película reconoce el papel del magnate en aquella transformación, pero parece necesitar que su protagonista termine convertido en el principal responsable de los excesos. Esa distribución de culpas introduce una ambigüedad que el guión nunca consigue resolver satisfactoriamente.

También existe una contradicción entre la crítica del sensacionalismo y el placer con que Boyle reproduce sus métodos. Durante buena parte del metraje, la película convierte la transgresión en una experiencia emocionante, invitándonos a disfrutar de cada provocación y cada victoria comercial. Cuando finalmente intenta condenar esas prácticas, el cambio de perspectiva resulta algo forzado. El problema no reside en mostrar personajes moralmente cuestionables de manera atractiva, sino en que el relato parece descubrir demasiado tarde las implicaciones de aquello que ha celebrado.

El tramo final refuerza esa dificultad mediante referencias explícitas a las consecuencias contemporáneas de la degradación periodística. Las conexiones con la desinformación, el populismo y la cultura de la provocación son evidentes sin necesidad de subrayarlas mediante imágenes y asociaciones directas. Boyle parece desconfiar de la capacidad del espectador para establecer esos vínculos, recurriendo a una conclusión más didáctica que el resto de la película.

Sin embargo, las debilidades del guión no eliminan la eficacia de su propuesta cinematográfica. Ink posee una vitalidad poco frecuente en las adaptaciones teatrales y demuestra la capacidad de Boyle para transformar procesos profesionales en experiencias visuales intensas. La combinación de montaje, fotografía, música e interpretaciones consigue que una historia centrada en decisiones editoriales mantenga una tensión considerable. O’Connell ofrece una actuación particularmente memorable, capaz de transmitir tanto el magnetismo de Lamb como la progresiva degradación de sus principios.

Ink funciona mejor cuando permite observar cómo la ambición transforma gradualmente las decisiones de sus personajes que cuando intenta establecer un juicio definitivo sobre sus responsabilidades. Boyle comprende el atractivo del éxito, la satisfacción de desafiar a las élites y la facilidad con que una supuesta revolución puede terminar subordinada al beneficio económico. Su película, sin embargo, se muestra menos segura al examinar el papel de quienes financiaron y perpetuaron ese sistema.

La ironía más interesante de Ink surge de su propia forma. Boyle utiliza el ritmo, la provocación y el espectáculo para contar la historia de unos hombres que descubrieron el enorme poder comercial de esos mismos recursos. Esa estrategia produce una película absorbente, pero también expone sus limitaciones: resulta mucho más convincente al mostrarnos por qué el sensacionalismo conquistó a millones de lectores que al explicar cómo sus responsables terminaron transformando el periodismo. La fascinación que despierta Larry Lamb permanece incluso después de reconocer las consecuencias de sus decisiones, y esa incomodidad constituye el aspecto más revelador de una obra que, como el periódico que retrata, sabe perfectamente cómo mantener nuestra atención.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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