The End of Oak Street parte de una idea que, sobre el papel, diseñada por David Robert Mitchell. Un suburbio estadounidense de 1982 despierta después de una tormenta y descubre que el tiempo se ha roto: vegetación prehistórica invade los jardines, enormes dinosaurios caminando entre las casas y una familia que ya estaba al borde del colapso debe encontrar una forma de sobrevivir. El director de It Follows y Under the Silver Lake siempre ha demostrado interés por introducir lo inexplicable dentro de espacios cotidianos. Por eso resulta especialmente desconcertante que su nueva película termine pareciéndose más a una imitación obediente del cine de Amblin que a una obra nacida de su extraña imaginación.
La familia Platt vive una crisis bastante más reconocible que la invasión jurásica que pronto llegará a su calle. Denise y Greg discuten constantemente porque ninguno terminó viviendo la vida que imaginaba. Él perdió su empleo y oculta la humillación detrás de trabajos temporales; ella escribe a escondidas una historia que funciona como fantasía de escape. Sus hijos, Audrey y Brian, observan las grietas del matrimonio con esa mezcla de resignación y esperanza que el cine estadounidense lleva décadas utilizando para representar hogares en peligro. Incluso antes de que aparezca el primer dinosaurio, sabemos exactamente qué función dramática tendrá la catástrofe: obligarlos a recordar que, pese a todo, todavía son una familia.
Ese esquema no sería necesariamente un problema. Steven Spielberg construyó buena parte de su cine alrededor de familias fracturadas enfrentadas a acontecimientos extraordinarios. El inconveniente es que Mitchell reproduce los elementos externos sin encontrar la sensibilidad que los hacía especiales. The End of Oak Street está ambientada en 1982, año de E.T. y Poltergeist, y parece desesperada por recordárnoslo mediante su decoración, su música, sus bicicletas, sus suburbios y una fotografía diseñada para activar la nostalgia. Pero evocar una época no equivale a comprenderla. El filme reproduce la superficie del cine de los ochenta sin conseguir esa mezcla de maravilla, miedo y melancolía que convertía aquellas películas en algo más que productos familiares.
La aparición de los dinosaurios ofrece inicialmente una posibilidad fascinante. Mitchell no pierde tiempo ofreciendo explicaciones científicas sobre portales temporales ni experimentos secretos. Simplemente, después de un destello, fragmentos del presente parecen haberse mezclado con un mundo prehistórico. Esa ausencia de explicación podría haber convertido la película en una experiencia más inquietante. Después de todo, It Follows funcionaba precisamente porque su amenaza nunca era completamente explicada. Aquí, sin embargo, el misterio desaparece inmediatamente porque el director tampoco parece demasiado interesado en explorar sus consecuencias.
Lo que sigue es una sucesión de persecuciones y encuentros con dinosaurios que rara vez modifican la historia. Los personajes salen de casa, corren, se esconden, regresan a otro lugar, vuelven a correr y sobreviven mediante decisiones que en ocasiones desafían el sentido común. El problema no es exigir realismo a una película donde un vecindario de Michigan termina compartiendo espacio con criaturas prehistóricas. El problema es que incluso la fantasía necesita reglas internas y personajes cuyas decisiones podamos entender. Cuando una película deja de respetar su propia lógica, el peligro pierde peso porque cualquier situación puede resolverse arbitrariamente.
Anne Hathaway es quien mejor consigue encontrar algo humano dentro del material. Denise podría haberse convertido fácilmente en la típica madre frustrada cuya crisis matrimonial desaparece cuando llegan problemas mayores. Hathaway introduce gestos de cansancio y culpabilidad que sugieren una vida interior más rica que la escrita en el guión. Ewan McGregor tiene menos suerte. Greg está construido alrededor de secretos previsibles, frustración profesional y heridas masculinas que la película señala sin profundizar. La química entre ambos nunca alcanza la intensidad necesaria para que su posible separación se convierta en una preocupación comparable con los depredadores que recorren el vecindario.
Pero esas virtudes nunca terminan de formar una personalidad propia. Incluso los dinosaurios, que deberían proporcionar el componente irresistible del proyecto, acaban volviéndose rutinarios. Después de varias persecuciones, la película demuestra algo que incluso las entregas menos inspiradas de Jurassic World conocen demasiado bien: ver a un dinosaurio correr detrás de una persona deja de resultar emocionante si la puesta en escena no encuentra constantemente nuevas formas de utilizarlo.
La mayor decepción proviene del propio Mitchell. It Follows convierte una sencilla premisa de terror en una pesadilla sobre el deseo, la mortalidad y la ansiedad. Under the Silver Lake podía ser desordenada y exasperante, pero estaba repleta de obsesiones, códigos y decisiones imposibles de confundir con las de otro director. The End of Oak Street, en cambio, podría haber sido realizada por cineastas profesionales contratados por un estudio. Está bien producida, tiene actores reconocibles y suficiente movimiento para evitar el aburrimiento absoluto, pero casi nada revela una mirada personal.
El final representa perfectamente esa falta de valentía. Durante algunos minutos parece que Mitchell podría llevar su historia hacia un territorio más oscuro y menos complaciente, aceptando que una catástrofe de esta naturaleza debería dejar consecuencias irreversibles. Pero la película retrocede y busca la solución emocional más segura. La crisis prehistórica termina sirviendo para reparar aquello que estaba roto antes de comenzar, siguiendo el manual de la aventura familiar con una disciplina sorprendente para un director que precisamente había construido su reputación evitando manuales.
Mitchell tenía una premisa absurda, libertad para ignorar explicaciones y una oportunidad perfecta para convertir el suburbio estadounidense en un espacio surrealista donde pasado y presente colisionan de forma imprevisible. En lugar de eso, eligió caminar por senderos que Spielberg y otros recorrieron mejor hace décadas. Los dinosaurios podrían haber regresado del pasado, pero lo verdaderamente extinguido aquí parece ser la personalidad del director.



