Hay películas sobre descubrir quiénes somos. Y luego están aquellas que entienden que la identidad no siempre se encuentra hacia adelante, sino mirando hacia atrás. Romería, la nueva película de Carla Simón, pertenece a este segundo grupo. Es una obra profundamente íntima que convierte la búsqueda de unos documentos familiares en un viaje emocional hacia un pasado construido a partir de silencios, recuerdos fragmentados y verdades que nunca llegaron a pronunciarse.
Después de Verano 1993 y Alcarràs, Simón vuelve a explorar el territorio que mejor conoce: su propia historia. Pero lejos de sentirse repetitiva, la directora utiliza nuevamente experiencias autobiográficas para construir una película que trasciende lo personal y termina hablando sobre una generación marcada por el sida, el silencio y las heridas familiares que sobreviven mucho después de la muerte.
Marina, interpretada con extraordinaria naturalidad por Llúcia García, viaja hasta Vigo con un objetivo aparentemente administrativo. Necesita un certificado de paternidad para acceder a una beca universitaria. Sin embargo, el documento termina siendo apenas una excusa narrativa. Lo que realmente busca es algo imposible de obtener en una oficina: entender quiénes fueron sus padres antes de convertirse en un recuerdo.
Lo fascinante de Romería es que nunca presenta esa búsqueda como una investigación convencional. Marina no llega a una familia llena de villanos empeñados en ocultar la verdad. Llega a un lugar donde cada persona recuerda una versión distinta del pasado. Algunos intentan protegerla. Otros prefieren olvidar. Otros simplemente han aprendido a convivir con la culpa.
La película entiende que la memoria nunca es objetiva. Cada conversación modifica ligeramente la imagen que Marina tenía de unos padres a quienes apenas conoció. Cada nueva revelación contradice la anterior. Lo que parecía una historia familiar termina convirtiéndose en un rompecabezas emocional donde ninguna pieza encaja completamente hasta el final.
Simón filma ese proceso con una serenidad extraordinaria. Nunca acelera el ritmo para satisfacer la curiosidad del espectador. Prefiere observar. Escuchar. Esperar. Sus personajes hablan poco y sienten mucho. Los silencios poseen tanto peso dramático como los diálogos.
Esa paciencia narrativa puede resultar desafiante para quienes esperan un melodrama tradicional, pero constituye precisamente una de las mayores virtudes de la película. Romería nunca fuerza la emoción. Permite que aparezca de manera orgánica.
Llúcia Garcia sostiene prácticamente toda la película con una interpretación llena de pequeños gestos y miradas que expresan mucho más que cualquier discurso. Marina observa constantemente. Escucha. Intenta encontrar parecidos entre los miembros de una familia que debería sentirse propia, pero que sigue siendo profundamente extraña. Es una protagonista que construye su identidad mientras observa la de los demás.
Visualmente, Carla Simón vuelve a demostrar que posee una sensibilidad excepcional para capturar espacios naturales. El mar no funciona únicamente como escenario. Se convierte en una presencia constante que une generaciones, recuerdos y emociones. Se siente el viento, la humedad y la sal en cada plano. Vigo aparece como un lugar donde el paisaje parece conservar recuerdos que las personas llevan años intentando borrar.
La fotografía de Hélène Louvart acompaña esa sensación con imágenes de enorme belleza que nunca buscan llamar la atención sobre sí mismas. Todo parece surgir con absoluta naturalidad, como si la cámara simplemente estuviera allí observando la vida desarrollarse.
Sin embargo, el mayor logro de la película llega cuando abandona discretamente el realismo para adentrarse en un territorio casi onírico. Los recuerdos, las fantasías y las reconstrucciones imaginarias comienzan a convivir con la realidad sin que el espectador necesite distinguir claramente dónde termina una y empieza la otra.
Simón comprende algo esencial sobre la memoria: recordar nunca consiste en reproducir exactamente lo que ocurrió. Recordar significa reconstruir.
Por eso algunos de los momentos más poderosos de Romería pertenecen a un espacio intermedio entre la imaginación y el recuerdo. Marina nunca conoció realmente a sus padres, pero necesita imaginarlos para comprenderlos. La directora convierte ese proceso en uno de los ejercicios de memoria cinematográfica más delicados de los últimos años.
También resulta admirable la manera en que aborda la epidemia del sida en la España de los años ochenta. En lugar de convertirla en un discurso político o en un drama médico, la integra como una ausencia permanente que continúa condicionando el presente de toda una familia. El dolor nunca desapareció. Simplemente aprendió a esconderse.
Hay una enorme generosidad en la mirada de Simón. La película nunca juzga a quienes callaron. Tampoco idealiza a quienes murieron. Comprende que todos actuaron desde el miedo, la vergüenza o la incapacidad para enfrentar una realidad demasiado dolorosa.
Ese tono compasivo convierte a Romería en una experiencia profundamente humana. No busca culpables. Busca comprensión.
Su ritmo pausado y contemplativo puede alejar a parte del público acostumbrado a narrativas más convencionales. En ocasiones la película parece demorarse demasiado en pequeños gestos cotidianos. Pero incluso esos momentos poseen una función emocional. Simón quiere que habitemos esos espacios tanto como Marina, que sintamos la incomodidad de pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo.
El título no podría ser más apropiado. Una romería es una peregrinación. Generalmente religiosa. Aquí, la fe no está puesta en una divinidad, sino en la posibilidad de reconciliarse con el pasado. Marina no viaja únicamente para descubrir quiénes fueron sus padres. Viaja para descubrir quién puede llegar a ser ella después de conocer la verdad.
Al final, Romería no ofrece respuestas absolutas porque entiende que la identidad nunca se construye sobre certezas. Se construye aceptando contradicciones, vacíos y preguntas que probablemente nunca tendrán respuesta.
Es una película delicada, melancólica y profundamente honesta. Una obra que confirma a Carla Simón como una de las voces más personales del cine europeo contemporáneo, capaz de transformar los episodios más íntimos de su propia vida en experiencias universales sobre la memoria, la pérdida y la necesidad, profundamente humana, de saber de dónde venimos.



