Anatomía de un chirlo en el culo
¡Ah, las nalgadas! ¿Qué seríamos sin ellas? Desde castigo universal ante el mal comportamiento en la primera infancia, hasta ser uno de los fetichismos sexuales más aceptados y aplicados, la nalgada es pan nuestro de cada día…o por lo menos para un sector mayoritario de las sociedades occidentales. Creo que solo un cineasta como Cristian Mungiu podría haberse sacado una película como Fjord de abajo de la manga, partiendo justamente de lo que puede conllevar una palmada en el culo, y el resultado es una merecida segunda Palma de Oro para su cosecha personal.
Asimismo, pocos analizan el comportamiento y la mentalidad de las familias y las comunidades pequeñas como Mungiu, ya sea en aquella tensa fiesta del cumpleaños de la suegra en 4 Meses, 3 Semanas y 2 Días, o en la descortentante escena del ayuntamiento en R.M.N., el rumano ha demostrado ser muy habilidoso con el bisturí, diseccionando las grietas en las sociedades endogámicas.

La historia de Fjord comienza con la llegada de la familia Gheorgui: Mihai (Sebastian Stan), Lisbet (Renate Reinsve) y sus cinco hijos, quienes se han mudado a un pequeño pueblo noruego, tras dejar Rumania, la tierra natal de Mihai. Desde el momento en que llegan al pequeño pueblo pesquero, con los exuberantes paisajes de montañas nevadas al fondo, los Gheorgui son recibidos con los brazos abiertos por todos los que viven a su alrededor y por sus compañeros de trabajo. Mihai ha conseguido un puesto de informático en la iglesia a la que pertenece la familia (con la que rezan y comparten comidas semanalmente), y Lisbet trabaja en una residencia de ancianos, cuidando a los mayores gran parte del tiempo, e incluso preparando los cuerpos de los residentes para su traslado a la morgue, una vez fallecidos.
Todo comienza de forma amistosa, con la familia pasando tiempo junto a los miembros de la comunidad, y con especial énfasis en el vínculo entre los hijos adolescentes de los Gheorgui, y la hija de unos (a primera vista) amables vecinos. En estos momentos iniciales en los que conocemos a los menores de edad, sabemos que viven bajo la estricta protección de sus padres para alejarlos de las malas influencias externas; los muchachos no tienen celulares, no juegan a videojuegos, y ni siquiera saben qué es YouTube. Las escenas en las que los adolescentes pasan el rato, viven la vida, se meten en líos y se aceptan tal como son, representan la esperanza que uno desea encontrar en las futuras generaciones; un futuro sin prejuicios, aunque Mungiu argumenta con contundencia que este enorme defecto de la humanidad, persistirá si permitimos que nuestros miedos superficiales se interpongan en el camino de la paz (eso de amar a tu prójimo, y esas cosas).
La cuestión no es tan idílica como parece, ya que el lado religioso y evangélico de los recién llegados, se está infiltrando en su trabajo: Lisbet reza por los muertos y usa símbolos religiosos para consolar a quienes no tienen fe; Mihai, por su parte, toca «Amazing Grace» en el piano, durante un almuerzo cuando visita la escuela de los niños. Para algunos, resulta molesto, y se puede ver en los maestros, vecinos y otros que conocen a la familia, que sus opiniones sobre ellos cambian día a día, considerando que no quieren que sus hijos aprendan lecciones de personas con las que discrepan profundamente.
Esta es la magia que impregna el guion de Mungiu; la lenta tensión del drama de la película se construye sobre la base de las inseguridades de la sociedad, como cuando alguien como el vecino se enfurece enormemente al descubrir que su hija está aprendiendo música cristiana de los Gheorgui. Si bien la muchacha no lo ve como algo más que conocer a sus nuevos amigos, este sentimiento interno de adoctrinamiento de su padre desafía su punto de vista, alimentando esos miedos superficiales que nos llevan a temer lo diferente y a querer eliminarlo, porque representa una alteración en la comodidad a la que nos hemos acostumbrado en nuestras vidas.
Tras una pequeña discusión en casa, una de las Gheorgui llega al colegio al día siguiente con moretones en el cuerpo, y se remite una investigación a Protección Infantil, una unidad de investigación independiente financiada por el gobierno que vela por la seguridad de los niños en sus hogares noruegos, protegiéndolos de cualquier abuso parental. Se muestra parte de una discusión entre la adolescente y su madre, pero Mungiu logra limitar lo que vemos para que el público pueda reconstruir los hechos por sí mismo. Esta ambigüedad se convierte en una herramienta fundamental para aumentar el suspense de este inquietante caso contra los padres Gheorgui.
Una vez que los Servicios de Protección Infantil inician la investigación, comienza el caos: los niños, incluido el bebé, son separados de Mihai y Lisbet y puestos en hogares de acogida con diversas familias. La policía obtiene una confesión escrita y firmada de Mihai en la que detalla su participación en la disciplina de sus hijos. Debido a las diferencias lingüísticas entre Noruega, Rumania e incluso el inglés (ya que los tres idiomas se utilizan a lo largo de la película, a menudo en la misma conversación), la declaración provoca un desacuerdo entre Mihai y la policía, pero finalmente cede, pues no tiene sentido luchar contra un sistema que ya lo ha declarado culpable. El uso de estas diferencias a lo largo de la película no se limita al lenguaje, sino que abarca la cultura. Mihai puede perder a sus hijos por lo que llama una «bofetada» en el culo, lo que para él es una palmadita en la espalda, pero para la gente que vive en su nueva patria, esto es mucho más serio y no algo que pueda usarse en broma.
Stan ofrece la mejor actuación de su carrera como Mihai, un personaje fuera de lugar que debe soportar que su esposa, sus abogados y sus partidarios le pidan que guarde silencio mientras su frustración crece a lo largo del conflicto de la película, lo que culmina en un pequeño estallido de ira cuando tira un hacha y le declara a Lisbet que tomará cartas en el asunto. Esta táctica incluye involucrar a los medios de comunicación y a controvertidos líderes evangélicos de Rumania. Los procesos silenciosos pero amenazantes (a veces incluso incómodos) de Stan rondan toda la película, un hombre dispuesto a dar rienda suelta a la ira acumulada, y a hacer lo que sea necesario para recuperar a sus hijos. Siendo él mismo rumano y hablando su lengua materna durante toda la película, Stan demuestra su creciente versatilidad como actor dramático (¿quién iba a decir que se convertiría en el más interesante de todos los afamados por la factoría Marvel?) y conecta personalmente con Mihai, quien fue criado de forma diferente al resto de la comunidad y siente que sus valores están siendo puestos a prueba por puro odio.
Por otro lado, vuelve a destacar la magnífica Renate Reinsve como Lisbet, el alma de Fjord. Como madre, cuidadora y compatriota noruega que regresa a casa, la actriz nominada al Oscar sigue demostrando por qué es una de las intérpretes de su generación, ofreciendo una performance sutil pero profunda de una madre que ha visto la destrucción de su mundo (sus hijos) y se siente impotente para reconstruirlo. La escena en la que los servicios sociales vienen a llevarse al bebé es desgarradora, y lo mismo se puede decir cuando Lisbet ya no puede producir leche para el bebé, debido al estrés de su constante lucha por recuperar a sus hijos. Es notable lo de Renate, ya que sus ojos cuentan la historia del dolor y el arrepentimiento que se instalan en ella, como si supiera que lo que hicieron estuvo mal y solo deseara una segunda oportunidad, mientras que los tribunales siguen haciéndolos quedar como pésimos padres.
Desde Anatomía de una caída, no habíamos visto un tribunal tan volátil y vengativo con nuestros protagonistas en pantalla, convirtiendo al abogado de la parte contraria, en lo que podría ser el villano del año, como un sicario que busca acabar con los Gheorgui, pregunta por pregunta, juzgando cada pequeño defecto en su sistema de creencias bajo el microscopio. Dada la forma en que los noruegos, salvo alguna excepción, están escritos en la película, uno pensaría que Mungiu debió haber tenido una terrible experiencia en el país durante sus vacaciones, y buscó desahogar sus frustraciones en ellos en esta última película.

Con la magnífica fotografía de Tudor Vladimir Panduru y el montaje preciso de Mircea Olteanu, Mungiu y su equipo han creado una conmovedora historia sobre la ética y la moralidad, que invita al espectador a reflexionar sobre sus propios valores y sensibilidades, y a evaluar su disposición a comprender a quienes no comparten sus ideas, a ser empático en tiempos de indecencia. Solo así podremos vivir en armonía y con menos prejuicios, valorando a nuestros vecinos tanto como a quienes viven bajo nuestro mismo techo. No se trata de religión contra cultura, sino de la humanidad viviendo, comprendiéndose y aceptándose como una sola.
Más que una palmada, es un puñetazo sobre la mesa, de ese milimétrico cirujano social y político, que es Cristian Mungiu.
PD: Tanto en Argentina como en Uruguay (mi país), han llamado a Mungiu y a esta película como «fascista». ¿En serio?



