Puto el que lee, el que escribe. Putos todos.
¡Qué cosa particular la homosexualidad! No creo que exista monstruo más grande para el varón (sea heterosexual o no) en las primeras dos décadas de vida, que ser llamado de maricón o cualquiera de sus variantes, que también pueden venir, por supuesto, con alternativas femeninas como «nenita», «señorita» o hasta «mujer» puede tomarse como un agravio con serias consideraciones. La mayoría preferiría que le insulten a la madre, antes que cualquiera de estos atentados a las masculinidades más orgullosas.
El cine ha hecho bastante para derrotar este monstruo, y un hay un puñado de películas que se han vuelto clásicos canónicos: Paris is Burning, My Own Private Idaho, Happy Together, Brokeback Mountain, La Vie d’Adèle, Carol, Moonlight, Call Me by Your Name, Portrait de la jeune fille en feu, y media filmografía de Pedro Almodóvar, por nombrar solo algunos ejemplares.
La Bola Negra, la nueva película de esos dos wunderkinds que son Javier Ambrossi y Javier Calvo (Los Javis, a partir de ahora), entra en este canon y se transforma en un clásico instantáneo para todos los tiempos.
Una epopeya gay para terminar todas las epopeyas gays.

A través de tres líneas temporales y casi un siglo de anhelo, pérdida y amor, Los Javis, nos ofrecen una conmovedora oda a la historia queer, épica y profundamente humana. Tierna, devastadora y gloriosamente romántica, La Bola Negra impactó a todos aquellos que la vimos en la Sala Debussy. No es una película que pida permiso para sentir intensamente; abraza la emoción con los brazos abiertos. Busca la belleza con una entrega total. Oscila entre la tragedia y la alegría, la poesía y el realismo, la memoria y la fantasía, a menudo todo dentro de la misma escena. En manos menos talentosas, tal ambición podría derrumbarse bajo su propio peso. Sin embargo, Los Javis poseen tal seguridad y sinceridad que incluso los excesos e imperfeccciones de la película se convierten en parte de su identidad. No están creando una pieza de museo contenida; están creando algo vivo. Y qué cosa tan gloriosa.
La Bola Negra se desarrolla a través de tres historias entrelazadas, separadas por décadas pero unidas por la identidad gay. La primera historia nos transporta a 1932, donde el joven Carlos (Milos Quifes) lucha contra las expectativas sociales y se ve marginado por el mundo que lo rodea. Otra trama sigue a Sebastián (Guitarricadelafuente en su notable debut actoral) en 1937, durante los horrores de la Guerra Civil Española. Sebastián es un talentoso trompetista cuya vida queda marcada para siempre por la guerra y el fascismo. Luego, en un salto temporal hasta 2017, Alberto (Carlos González), un dramaturgo a la deriva en la España moderna, lucha por encontrar un propósito y reconectar con su voz creativa, cuando una herencia inesperada de un familiar con el que había perdido el contacto, cambia por completo su vida.
Lo que hace tan especial a La Bola Negra es su enfoque de la historia. No se trata simplemente de un catálogo de sufrimiento. Reconoce la persecución, la violencia y el silencio, pero se niega a que estos definan la existencia homosexual. El amor, el deseo, la alegría…todo permanece en el centro. Hay dolor, sin duda. Pero también hay risas. Música. Amistad. Romance. La película comprende que la historia queer no es solo una historia de tragedia. Es también una historia de personas que encuentran maneras de vivir, crear y amar a pesar de todo lo que intenta borrarlas. Ese espíritu impregna cada fotograma. Los Javis han abrazado a menudo el melodrama y el camp en sus trabajos anteriores, pero La Bola Negra, tras esa obra mayor de la televisión moderna que es La Mesías, se siente como un paso más hacia la madurez.

La extravagancia permanece, al igual que su afecto por la interpretación y la teatralidad, pero se canaliza a través de un lienzo emocional mucho más amplio. Ya no se limitan a contar historias. Están preservando recuerdos. Federico García Lorca planea sobre la película como un fantasma. Su obra inconclusa, que da título a la película, se convierte en mucho más que una simple inspiración literaria. Se transforma en una metáfora de vidas interrumpidas e historias inconclusas. El hecho de que la obra de Lorca quedara sin terminar, se convierte en una de las ideas más profundas del largometraje. La historia gay a menudo se siente incompleta. Generaciones desaparecen. Voces silenciadas. Historias interrumpidas antes de que puedan llegar a su desenlace natural. La Bola Negra se niega a aceptar esta realidad.
En cambio, imagina continuidad, conexión, y un amor que se extiende a través de las décadas y llega a personas que tal vez nunca se conozcan, pero que estarán unidas para siempre por experiencias y deseos compartidos. Esa ambición podría fácilmente resultar abrumadora, y hay que admitir que hay momentos en que la película amenaza con desmoronarse bajo el peso de la cantidad de ideas que maneja. El simbolismo se acumula sobre el simbolismo. Sueños y recuerdos se entrelazan. Las escenas se desarrollan con una teatralidad exacerbada que a veces roza el exceso. Algunos espectadores podrían desear mayor contención. Pero, sinceramente, ¿por qué una película tan apasionada debería disculparse por sentir demasiado? Su grandiosidad es inseparable de su alma.
Las interpretaciones son notables en general. Guitarricadelafuente se revela como una gran presencia en pantalla con una confianza asombrosa. Su Sebastián posee tanto inocencia como una silenciosa resiliencia. Hay algo inquietante en él, una ternura que nunca desaparece, incluso cuando la guerra amenaza con consumirlo todo a su alrededor. Su musicalidad añade una dimensión extra a la interpretación, haciendo que cada nota que toca se sienta como un acto de rebeldía. Quifes es igualmente extraordinario. La historia de Carlos posee una cualidad poética que podría haberse vuelto abstracta, pero Quifes la ancla con vulnerabilidad y una sinceridad conmovedora. Hay tal anhelo en sus ojos que comunica emociones enteras sin palabras. Observarlo lidiar con el rechazo y el deseo resulta conmovedor hasta lo insoportable. González aporta algo diferente a Alberto. Su historia moderna sirve de puente entre el pasado y el presente, explorando no solo el legado de quienes lo precedieron, sino también el peso del estancamiento artístico y emocional. Carga con la melancolía de alguien desconectado de su propósito, y verlo redescubrirse lentamente es profundamente emotivo.
Y luego está Penélope Cruz. Como Nené, una artista de cabaret en decadencia que aparece brevemente en la historia de Sebastián, Cruz dota de una melancolía nostálgica a una mujer que ha vivido lo suficiente para presenciar el amor, la pérdida y la lenta desaparición de mundos que alguna vez parecieron eternos. Cruz interpreta a Nené con una calidez extraordinaria y una sabiduría serena, encontrando humor y tristeza en igual medida. Hay algo casi maternal en la forma en que Nené transmite historias y abraza la importancia de la memoria, pero Cruz nunca permite que el personaje se convierta en un símbolo en lugar de un ser humano. Por varias semanas medité si la presencia de Penélope era solo un showcase del poder de Los Javis, pero el tiempo me ha dicho que no. Está realmente magnifica.
Miguel Bernardeau está igualmente soberbio como Rafael, un defensor de la República capturado y puesto bajo la vigilancia de Sebastián. Bernardeau aporta un magnetismo sutil y una vulnerabilidad conmovedora a la relación más memorable de la película. Su química con Guitarricadelafuente es absolutamente electrizante, creando un romance profundamente apasionado sin necesidad de muestras explícitas de afecto físico. En cambio, Los Javis permiten que su amor florezca a través de miradas, conversaciones, música y momentos de comprensión mutua. Demuestra que la añoranza aún puede ser profundamente romántica. Bernardeau y Guitarricadelafuente encuentran una ternura extraordinaria en la contención, y el resultado es una historia de amor aún más desgarradora porque tanto queda sin decir.
La performance que partirá aguas, eso si, es ese torbellino en forma de mujer que es Lola Dueñas, almodovariana forever, pero que después de su tour de force como el alma mater de La Mesías (habrá que estudiar el tema de los cineastas con las progenitoras) y lo que logra aquí, ya pertenece a Los Javis en su totalidad. Su interpretación de una implacable madre, tan extrema como repudiable en el trato a su hijo Alberto, puede ser vista como una de sus peores actuaciones, o como algo que se acerca a la genialidad…y ambas hipótesis tienen la razón. Como en La Mesías, habrá que ver para creer.
¿Ya mencioné que esta película es romántica? No solo en el sentido tradicional, sino en el sentido más grandioso de la palabra. Romántica en su creencia de que el arte importa. Romántica en su insistencia en que la memoria importa. Romántica en su convicción de que el amor puede trascender el tiempo. Incluso el lenguaje visual de la película abraza esa filosofía. Filmada en 35 mm, la fotografía de Gris Jordana es impresionante. Cada línea temporal posee su propia identidad, pero las transiciones entre ellas son fluidas. Las secuencias de la guerra transmiten una belleza melancólica sin romantizar jamás el conflicto. Las secciones de 1932 tienen un aire casi onírico, bañadas en imágenes poéticas que evocan viejas fotografías y recuerdos desvanecidos. La historia moderna, por su parte, abraza un naturalismo más sutil, anclando los elementos más fantásticos de la película en algo reconociblemente humano.
La banda sonora de Raül Refree es otro triunfo. La música se intensifica y conmueve con una extraordinaria inteligencia emocional. A veces, resulta casi operística; otras, se sumerge en una melancolía silenciosa. En todo momento, acompaña los ritmos de la película sin eclipsarlos. Sabe cuándo elevarse y cuándo simplemente acompañar el dolor. Y el dolor está presente en cada rincón de La Bola Negra. No solo dolor por las personas, sino dolor por las posibilidades, por las historias robadas, por todas las historias que nunca tuvieron la oportunidad de ser contadas. Sin embargo, la película nunca se hunde en la tristeza. En cambio, insiste en la esperanza. Una de las cosas más bellas de La Bola Negra es la forma en que presenta la identidad queer no como una experiencia aislada, sino como parte de un continuo más amplio. Los personajes no se conocen. No pueden comunicarse a través de las décadas. Sin embargo, sus vidas se reflejan mutuamente de maneras a la vez desgarradoras y hermosas.

Un gesto. Una canción. Una frase de una obra de teatro. El amor mismo se convierte en una forma de herencia. Esa idea destroza. Porque La Bola Negra comprende algo profundo: heredamos más que genética. Heredamos historias. Heredamos valentía. Heredamos arte. Heredamos sueños inconclusos de quienes nos precedieron. La película misma se convierte en parte de esa herencia. Mientras la veía, no dejaba de pensar en lo raro que resulta aún ver una historia gay con esta magnitud. El cine queer a menudo se ha visto forzado a espacios más reducidos. Dramas íntimos. Tragedias. Historias definidas por el sufrimiento. No hay nada de malo en esas películas, pero La Bola Negra se atreve a ser inmensa. Es histórica. Es romántica. Es política. Es teatral. Es musical. Es devastadora. Es inspiradora. Y, sobre todo, es abiertamente GAY.
Los Javis se niegan a reducir sus emociones o a simplificar sus ideas para hacerlas más digeribles. Confían en que el público abrace la complejidad. Confían en que los acompañemos a través de sueños, recuerdos y décadas. Y, sobre todo, confían en que sintamos. Y la película se siente. Cuando La Bola Negra llega a su acto final, su fuerza emocional se vuelve casi abrumadora. No soy de los que llora al ir al cine, pero estaría mintiendo si ese final no me conmovió. No porque recurra a la manipulación o al sentimentalismo barato, sino porque todo lo que la película ha ido construyendo culmina con una gracia extraordinaria. Es uno de esos finales que te recuerdan por qué importa el cine. Por qué importan las historias. Por qué importa la memoria. Por qué importa el amor.
Esta es la clase de película que parece destinada a volverse profundamente personal para cada persona. La clase de película que los espectadores volverán a ver y descubrirán nuevos significados. La clase de película que habla a quienes alguna vez se han buscado a sí mismos en la historia y se han preguntado si existieron personas como ellos antes. Sí existieron. Amaron. Crearon. Soñaron. Sufrieron. Y gracias a películas como La Bola Negra, jamás desaparecerán.
Los Javis han creado algo extraordinario. Una oda conmovedora y profunda a la historia queer que se siente a la vez épica e íntima. Con actuaciones magníficas, una carga emocional abrumadora y un final removedor, La Bola Negra es una de las experiencias cinematográficas más conmovedoras de los últimos tiempos y una de las mejores películas del año. Algunas películas entretienen. Algunas películas devastan. Y luego están películas como La Bola Negra que nos recuerdan que el amor mismo es una forma de inmortalidad.
Una epopeya gay para terminar todas las epopeyas gays.



