martes, junio 23, 2026
$0.00

No hay productos en el carrito.

Los 5 mejores de esta semana

Related Posts

Toy Story 5: Pixar encuentra una nueva razón para regresar a la caja de juguetes.

Existe una razón por la que cada nueva entrega de Toy Story genera más escepticismo que entusiasmo, y no tiene que ver con la calidad de las películas, sino con que Pixar ya nos había convencido varias veces de que la historia había terminado. Primero fue Toy Story 3, una despedida tan perfecta que parecía imposible continuar. Después llegó Toy Story 4, que encontró una nueva forma de hablar sobre el propósito, la identidad y la aceptación del cambio. Ahora llega Toy Story 5, una película que muchos consideraban innecesaria y que, para sorpresa de casi todos, encuentra algo genuinamente relevante que decir sobre el mundo actual.

Durante décadas, las películas de Toy Story han tratado sobre el miedo al abandono, sobre el paso del tiempo, sobre la inevitabilidad de que los niños crezcan y dejen atrás aquello que una vez amaron. Esta vez la pregunta es distinta: ¿qué ocurre cuando los niños no abandonan los juguetes porque crecen, sino porque algo más ocupa su lugar? Es una cuestión mucho más contemporánea y quizás más incómoda. Bonnie ya tiene ocho años y sigue siendo una niña imaginativa, pero vive rodeada por una generación que parece relacionarse con el mundo a través de pantallas. Cuando sus padres le regalan una tableta inteligente llamada Lilypad para ayudarla a socializar, la dinámica de su habitación cambia radicalmente: de repente, los juguetes dejan de competir contra el tiempo y comienzan a competir contra la tecnología.

Lo inteligente del guión es que nunca convierte esa idea en un sermón. Hubiera sido muy fácil construir una película donde la tecnología fuera el villano, pero Pixar evita esa trampa. Lilypad no es malvada; de hecho, como muchos de los mejores antagonistas del estudio, sus intenciones son perfectamente razonables. Quiere ayudar a Bonnie, quiere que haga amigos, quiere resolver un problema real. El inconveniente es que entiende la amistad como un algoritmo y no como una experiencia humana.

Ese conflicto encuentra en Jessie una protagonista ideal. Durante años, Woody fue el corazón emocional de la saga, pero esta vez da un paso al costado para permitir que Jessie ocupe el centro de la historia, y resulta ser una decisión inspirada. Después de todo, ningún personaje en el universo de Toy Story entiende mejor el dolor del abandono que ella. Su historia en Toy Story 2 sigue siendo una de las secuencias más devastadoras que Pixar haya producido jamás, y aquella herida nunca desapareció completamente; ahora regresa transformada en una nueva preocupación: el miedo a que Bonnie deje atrás no solo los juguetes, sino también la imaginación misma. Joan Cusack vuelve a demostrar por qué Jessie ha sido siempre uno de los personajes más complejos de la franquicia, con una interpretación que transmite ansiedad, ternura y determinación sin perder nunca el espíritu aventurero que la caracteriza. La película funciona porque entiende que Jessie no está luchando contra una tableta, sino contra sus propios fantasmas.

La aventura que sigue es familiar en estructura pero efectiva en ejecución. Cuando Jessie termina lejos de Bonnie y descubre una comunidad de dispositivos tecnológicos descartados, la película encuentra algunas de sus mejores ideas. Un GPS obsoleto, una cámara olvidada y un antiguo juguete educativo se convierten en compañeros improbables que representan una realidad tan triste como la de los propios juguetes: la tecnología también envejece, también es reemplazada, también termina siendo olvidada. Es una observación sorprendentemente melancólica para una película infantil.

Andrew Stanton, uno de los grandes arquitectos creativos de Pixar, demuestra nuevamente su habilidad para encontrar emociones universales dentro de conceptos aparentemente sencillos, como ya lo había hecho en Finding Nemo y WALL-E. Aquí utiliza la tensión entre tecnología e imaginación para hablar de algo mucho más profundo: la autenticidad. Bonnie quiere amigos, pero también quiere encajar, y la película entiende perfectamente que esos dos deseos no siempre son compatibles. En una de sus ideas más interesantes, Toy Story 5 plantea que la tecnología puede ayudarnos a conectar con otras personas mientras simultáneamente nos anima a ocultar quiénes somos realmente. La contradicción resulta especialmente relevante para una generación que ha crecido construyendo versiones cuidadosamente editadas de sí misma para los demás.

La película no condena las redes sociales, los videojuegos ni la tecnología digital, pero tampoco las glorifica. Lo que propone es algo mucho más sensato: equilibrio. Quizás algunos espectadores encuentren esa conclusión demasiado segura, y tendrían razón, porque Pixar nunca lleva el conflicto tan lejos como podría. Existen momentos donde la película parece acercarse a preguntas más inquietantes sobre inteligencia artificial, aislamiento social o dependencia tecnológica, sólo para retroceder hacia terrenos más cómodos. Ese ha sido siempre uno de los rasgos del estudio: su objetivo no es incomodar profundamente al público, sino ofrecerle una reflexión accesible.

Aun así, hay escenas que alcanzan niveles emocionales sorprendentes. No llegan al impacto devastador del incinerador de Toy Story 3 ni al adiós de Woody en Toy Story 4, pero sí contienen esa mezcla de tristeza, esperanza y humanidad que ha definido a la saga desde el principio. Visualmente, Pixar continúa operando en un nivel que parece desafiar constantemente los límites de la animación, y los avances tecnológicos son evidentes desde la primera secuencia. Sin embargo, lo más interesante es que el estudio utiliza ocasionalmente estilos visuales menos realistas para representar la imaginación de Bonnie, momentos que recuerdan que la animación no tiene por qué perseguir únicamente el realismo, sino que también puede perseguir la emoción.

Y ahí es donde Toy Story 5 encuentra su verdadera razón de existir. No está aquí para repetir el pasado, sino para preguntarse qué significa crecer en una época donde la imaginación compite constantemente con una pantalla. La respuesta que ofrece no es revolucionaria, tampoco pretende serlo. Lo que propone es algo mucho más simple y probablemente más importante: que la amistad requiere vulnerabilidad, que la imaginación sigue teniendo valor y que ninguna aplicación puede sustituir completamente la experiencia de compartir un momento con otra persona. Puede sonar como una lección sencilla, pero en el mundo actual, pocas cosas son más difíciles de recordar.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

Deja un comentario

Artículos Populares