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Disclosure Day: Spielberg firma una de sus obras más ambiciosas.

A estas alturas de su carrera, Steven Spielberg ya no necesita demostrar nada. No necesita reinventar el blockbuster. No necesita dominar la taquilla. No necesita recordarle al público que es uno de los cineastas más influyentes de la historia. Y, sin embargo, Disclosure Day se siente como la obra de alguien que todavía cree profundamente en el poder del cine para formular preguntas importantes sobre el mundo en el que vivimos.

Durante décadas, las películas de extraterrestres han girado alrededor de una misma interrogante: ¿estamos solos? Spielberg ya respondió esa pregunta hace casi cincuenta años en «Close Encounters of the Third Kind». Lo que le interesa ahora es algo mucho más complejo. ¿Qué ocurriría si finalmente conociéramos la verdad? ¿Nos uniría o terminaría destruyéndonos? ¿Qué pasaría con nuestras creencias, nuestras instituciones y nuestra forma de entender la humanidad si descubriéramos que no somos el centro del universo?

La brillante decisión del guión de David Koepp consiste en saltarse la parte que normalmente ocupa la primera hora de este tipo de historias. No hay científicos descubriendo señales misteriosas. No hay gobiernos investigando luces en el cielo. No hay largas discusiones sobre si los extraterrestres existen o no. Cuando comienza la película, esa batalla ya ha terminado. Los extraterrestres son reales. La evidencia existe. Y hay una organización llamada WARDEX dispuesta a hacer cualquier cosa para impedir que el resto del mundo lo descubra.

Es un arranque extraordinariamente audaz. Spielberg nos lanza directamente a una persecución que parece haber comenzado antes de que llegáramos a la sala de cine. Daniel Keller, interpretado por Josh O’Connor, es un ex especialista en ciberseguridad convertido en denunciante que ha robado décadas de archivos secretos relacionados con contactos extraterrestres. Mientras huye de los agentes de WARDEX, una meteoróloga de Kansas City llamada Margaret Fairchild comienza a experimentar fenómenos imposibles. De repente puede hablar idiomas que nunca aprendió. Puede percibir los recuerdos y emociones de las personas con solo mirarlas. Y parece haberse convertido en el centro de algo mucho más grande que ella misma. Lo fascinante es que Spielberg utiliza una estructura de thriller conspirativo para contar una historia profundamente espiritual.

Durante buena parte del metraje, Disclosure Day funciona como una gigantesca persecución. Personajes que huyen. Agentes que persiguen. Información que debe llegar a un destino específico antes de que sea demasiado tarde. Sobre el papel, podría parecer una premisa cercana a un relato paranoico de los años setenta. Pero Spielberg está interesado en algo distinto. La película no trata sobre extraterrestres. Tampoco trata realmente sobre conspiraciones. Habla sobre la empatía.

Puede parecer una idea ingenua para una superproducción de ciencia ficción de 115 millones de dólares. Sin embargo, Spielberg siempre ha sido un cineasta que encuentra la manera de convertir conceptos aparentemente simples en emociones universales. Así como E.T. hablaba de la soledad infantil y Close Encounters exploraba la obsesión y el deseo de trascendencia, Disclosure Day utiliza la posibilidad del primer contacto para reflexionar sobre la incapacidad contemporánea de comprender a quienes piensan diferente.

Margaret se convierte en el vehículo principal de esa reflexión. Emily Blunt ofrece una de las interpretaciones más complejas de su carrera reciente como una mujer que comienza a experimentar las vidas ajenas desde dentro. Cada vez que mira a alguien, absorbe fragmentos de su historia. Sus miedos. Sus pérdidas. Sus heridas. Lo que podría haberse convertido en un simple superpoder termina transformándose en una metáfora poderosa sobre la comprensión humana.

Blunt evita convertir a Margaret en una heroína convencional. Su personaje no busca salvar al mundo. Ni siquiera entiende completamente lo que le está ocurriendo. Hay miedo, vulnerabilidad y una resistencia genuina a aceptar la responsabilidad que le ha sido impuesta. La actriz encuentra un equilibrio admirable entre el asombro y el agotamiento emocional que supone cargar con el dolor de millones de personas.

Josh O’Connor también aporta una humanidad inesperada a Daniel. Su protagonista no posee el carisma clásico de los héroes spielbergianos. Es torpe, inseguro y frecuentemente parece estar reaccionando a acontecimientos que lo superan. Precisamente por eso funciona. Daniel y Margaret no son elegidos porque sean especiales. Son especiales porque fueron elegidos.

Colman Domingo aporta la serenidad moral que la historia necesita. Como líder de los desertores de WARDEX, se convierte en la voz que articula gran parte del discurso filosófico de la película. En manos de otro actor, muchas de esas escenas podrían haber sonado excesivamente expositivas. Domingo logra que cada palabra parezca una convicción profundamente vivida.

Del lado opuesto, Colin Firth interpreta a Noah Scanlon como un hombre agotado por el peso de los secretos que ha protegido durante décadas. Su villano nunca es particularmente amenazante en términos físicos, pero resulta inquietante porque representa una idea muy reconocible: la creencia de que las personas no están preparadas para la verdad.

Visualmente, la película es una maravilla. Janusz Kamiński continúa siendo el colaborador perfecto para Spielberg. La cámara se mueve constantemente, flotando alrededor de los personajes, siguiendo su ansiedad y convirtiendo la persecución en una experiencia física. Hay secuencias extraordinarias, especialmente un impresionante plano secuencia en una granja y una persecución que involucra un automóvil y un tren que figura entre los mejores momentos de acción que Spielberg ha filmado en años.

La partitura de John Williams añade otra capa emocional a una película ya cargada de sentimientos. A sus 94 años, el compositor sigue encontrando nuevas formas de combinar asombro, melancolía y esperanza.

No todo funciona con la misma precisión. El guión de Koepp ocasionalmente se vuelve demasiado explicativo. Algunos diálogos expresan ideas que la película ya había comunicado visualmente. Existen además ciertos efectos digitales que desentonan con la elegancia visual del resto de la producción. Y algunas discusiones sobre religión y fe resultan más directas de lo necesario.

Pero incluso en esos momentos menos inspirados, la película mantiene una curiosidad intelectual poco habitual dentro del blockbuster contemporáneo. Spielberg no está interesado en ofrecer respuestas cerradas. Plantea preguntas. ¿Qué haría la humanidad con una verdad de semejante magnitud? ¿Nos volveríamos mejores? ¿Más violentos? ¿Más unidos? ¿Más divididos?

La película nunca responde completamente porque entiende que la respuesta depende de nosotros. Y ahí reside su mayor fortaleza. En una época donde gran parte del cine comercial parece construido alrededor del cinismo, Spielberg continúa creyendo en la posibilidad de que las personas cambien. Continúa creyendo en la empatía. Continúa creyendo que entender al otro sigue siendo un acto revolucionario.

Quizás por eso el desenlace resulta tan conmovedor. No porque revele grandes secretos sobre los extraterrestres, sino porque termina siendo una reflexión profundamente humana sobre nuestra capacidad de conectarnos con otros.

A sus casi ochenta años, Spielberg ha realizado una película sobre la verdad, la compasión y la necesidad de escuchar antes de juzgar. Puede parecer un mensaje sencillo. Tal vez incluso anticuado. Pero en el mundo actual, pocas ideas resultan más radicales.

Disclosure Day es una de las películas más ambiciosas y emocionalmente ricas de la etapa tardía de Steven Spielberg. Un thriller de ciencia ficción que utiliza extraterrestres, conspiraciones y persecuciones para hablar sobre empatía, verdad y la necesidad de volver a reconocernos como seres humanos. Espectacular cuando necesita serlo y profundamente reflexiva cuando menos lo esperas.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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