domingo, agosto 23, 2026
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Critica a ‘The Death of Robin Hood’; Hugh Jackman desmonta la leyenda.

Robin Hood ha sido reinventado tantas veces que la propia leyenda parece haberse convertido en una obligación industrial. Cada cierto tiempo Hollywood vuelve a Sherwood, cambia el rostro del arquero y espera encontrar una nueva franquicia. Michael Sarnoski entiende ese cansancio y decide responder de una forma interesante: destruir el mito desde dentro. The Death of Robin Hood no quiere rejuvenecer al héroe ni convertirlo en marca. Quiere preguntarse qué queda de él cuando desaparecen las canciones y la comodidad de creer que robar a los ricos bastaba para convertir a un hombre violento en símbolo de justicia.

Hugh Jackman interpreta a un Robin Hood envejecido, aislado y agotado, un hombre que vive entre colinas azotadas por el viento como si el paisaje fuera una prolongación de su culpa. El propio Robin desmonta las historias que otros han contado sobre él y la película demuestra que esas leyendas fueron, en el mejor de los casos, una simplificación. Este hombre no fue únicamente un rebelde contra la tiranía. También fue un asesino extraordinariamente eficaz, capaz de cometer atrocidades y seguir adelante sin mirar demasiado los cuerpos que dejaba detrás.

Sarnoski vuelve así a una idea presente en Pig: tomar una premisa que parece anunciar una película conocida y convertirla en otra cosa. Si aquella parecía destinada a ser una variación de John Wick y terminaba explorando la pérdida con inesperada delicadeza, The Death of Robin Hood utiliza la iconografía medieval para construir algo cercano al western crepuscular. Hay ecos de Unforgiven, no tanto por la superficie como por la pregunta que recorre la película: ¿puede un hombre que ha construido su vida alrededor de la violencia reclamar una segunda oportunidad porque finalmente reconoce el horror de lo que hizo?

La respuesta nunca es sencilla. La película no busca absolver a Robin ni pedirnos que olvidemos a sus víctimas. Al contrario, insiste en recordarlas. Hijos y nietos han crecido cargando con las consecuencias de sus acciones, y esa memoria convierte el pasado en una deuda imposible de cancelar. Resulta significativo que Sarnoski presente el heroísmo tardío del personaje no como prueba de que siempre fue bueno, sino como una forma de enfrentarse finalmente al juicio que pasó décadas evitando.

Jackman comprende esa ambivalencia. Su interpretación evita convertir el arrepentimiento en sentimentalismo fácil. Hay un cansancio casi animal en su manera de moverse. Cuando la violencia aparece, lo hace con una precisión que sugiere décadas de experiencia, pero también con una brutalidad que destruye cualquier tentación de convertir al personaje en héroe de acción. Este Robin puede ser carismático y vulnerable, pero la película nunca permite que olvidemos lo peligroso que resulta.

La primera parte lleva esa violencia hasta extremos sorprendentemente gráficos. Gargantas cortadas, cuerpos mutilados y asesinatos ejecutados con rapidez aterradora sustituyen la aventura romántica asociada al personaje. No hay flechas elegantes ni duelos coreografiados para provocar aplausos. Sarnoski filma la violencia como algo físico, desagradable y moralmente corrosivo. El contraste con los paisajes de Irlanda del Norte, fotografiados con belleza áspera, intensifica la sensación de estar viendo un mundo donde naturaleza y humanidad operan bajo leyes indiferentes.

Después, la película cambia de respiración. Robin termina en una comunidad religiosa donde Sister Brigid, interpretada por Jodie Comer, atiende sus heridas. El espacio funciona como purgatorio: un lugar separado de la violencia que definió su existencia, donde otra vida parece imaginable aunque nunca completamente accesible. Allí también aparece Margaret, hija de Little John, y con ella surge una dinámica reconocible: el hombre roto que debe cuidar a una niña. Pero Sarnoski conoce demasiado bien el cliché como para utilizarlo complacientemente.

La diferencia esencial es que aquí no basta con que Robin demuestre ternura para borrar lo anterior. Hemos visto demasiado. Sabemos de qué es capaz. Cuando establece vínculos dentro de esa comunidad, la película no pretende convencernos de que el amor lo ha convertido repentinamente en otra persona. Lo que pregunta es algo más incómodo: si la redención existe, ¿debe significar perdón? ¿Puede alguien transformarse sin que sus víctimas estén obligadas a aceptar esa transformación?

Jodie Comer aporta una serenidad necesaria como Brigid. Su personaje representa compasión sin ingenuidad, una postura mucho más compleja que la absolución automática. Murray Bartlett, casi irreconocible, añade otra dimensión a esa idea de comunidad y pertenencia. Bill Skarsgård, como Little John, ayuda a desmontar también la nostalgia alrededor de los Merry Men: lo que en otros relatos sería camaradería aventurera aparece aquí marcado por supervivencia, secretos y consecuencias.

La película utiliza además de manera inteligente la relación entre mito y memoria. Robin Hood existe simultáneamente como hombre y relato. El hombre sabe lo que hizo; el relato convierte esos actos en algo que generaciones posteriores pueden celebrar. Esa distancia entre realidad y leyenda conecta con el presente, donde figuras públicas, rebeldes y movimientos enteros pueden convertirse en símbolos simplificados mucho antes de que exista consenso sobre lo que realmente significaron.

No todo funciona con idéntica fuerza. La transición entre la brutalidad inicial y la contemplación posterior puede sentirse abrupta, y algunos espectadores encontrarán que el ritmo pierde tensión cuando la película abandona la persecución para convertirse en drama moral. Pero precisamente ahí está su apuesta. Sarnoski no quiere ofrecernos el clímax esperado. Quiere obligarnos a permanecer con un hombre que ya hizo todas las cosas que normalmente ocuparían el tercer acto.

The Death of Robin Hood termina siendo menos una película sobre la muerte física de una leyenda que sobre la muerte de la versión cómoda que construimos de ella. Sarnoski arranca el romanticismo, la aventura y el heroísmo hasta dejar culpa, memoria y una posibilidad incierta de reparación. Hugh Jackman encuentra uno de sus personajes más interesantes: un hombre que no busca demostrar que fue bueno, sino aceptar que quizá nunca lo fue.

Eso convierte a esta nueva visita a Robin Hood en algo inesperadamente necesario. No porque necesitemos otra película sobre el arquero de Sherwood, sino porque pocas se han atrevido a preguntarse qué precio tendría realmente convertirse en la leyenda que llevamos siglos celebrando.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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