Dios y el Diablo en la Tierra del Sol
Aquí en el Río de la Plata, por lo menos, todos sabemos lo que pasó ese 22 de junio de 1986, hasta las personas que detestan el fútbol. El resto del mundo puede que nunca haya escuchado de lo sucedido ese día, ni saber lo que es «la mano de Dios» o «el Gol del Siglo», pero más allá de que posiblemente exista un disfrute extra en quienes conocemos los hechos, en El Partido, la película de Juan Cabral & Santiago Franco (basada en un libro de Andrés Burgo), que hizo vibrar al 79° Festival de Cannes, la narrativa no excluye a los que no le interesan ni el fútbol, ni la política ni la historia, ya que la cosa va sobre algo mucho más grande: el destino.

Con ese 22 de junio de 1986 como eje central, El Partido juega con el tiempo, recorriendo rápidamente la historia no solo del fútbol, sino también de las Islas Malvinas, origen de una disputa que desencadenaría una guerra espantosa entre Inglaterra y Argentina en 1982 (o «cuatro años antes del partido», como señala la película). Su estructura es engañosamente simple, pero en su expansión épica y mística sobre el destino y el azar, me recordó a algo tan complejo como Magnolia, del gran Paul Thomas Anderson. En crudas viñetas en blanco y negro, hombres de ambos equipos, ahora sexagenarios (o septuagenarios, en el caso de Peter Shilton y Jorge Valdano), reflexionan con serenidad sobre la preparación del partido mientras ven imágenes proyectadas en enormes pantallas, algo que ya habíamos visto de manera similar en The Last Dance con la figura de Michael Jordan, pero que aquí es potenciado por el monocromo. Son a la vez sujetos y narradores, personalizando el tumulto político que les fue impuesto y por el que, a través de diversas entrevistas con los medios, se vieron obligados a responder. Mientras tanto, en color, imágenes de archivo nos guían, acercándonos al presente, con el regreso del Mundial a México después de 40 años.
El Partido es documento, conmemoración y carta de amor al mismo tiempo, reflejando la historia deportiva de ambos países y su rivalidad geopolítica, creando el escenario perfecto para un enfrentamiento épico y memorable, en el que el fallecido Diego Armando Maradona, sigue siendo la figura indiscutible. Al igual que el propio encuentro, la primera mitad de la película sienta las bases de todo el drama, que sus protagonistas (entre los que destacan el inglés Gary Lineker y el argentino Jorge Valdano) rememoran con nostalgia e incluso con entusiasmo.
Por mucho tiempo que pase, volver a ver estas imágenes tiene un encanto especial, y hacerlo con el contexto que ofrece todo, desde el ambiente en el Estadio Azteca hasta la contribución conjunta de ambos países a la creación de las tarjetas rojas y amarillas (algo que desconocía por completo), lo hace aún más fascinante. Conocer el resultado no le resta ni un ápice de emoción a la película, pero creo que para el no iniciado, no saber nada de fútbol también va a resultar muy gratificante, ya que ofrece una visión reveladora de por qué este deporte es tan querido e importante en todo el mundo.
Aunque El Partido rara vez profundiza en los detalles políticos de la Guerra de las Malvinas, incluye suficientes imágenes de los líderes de ambos países (Leopoldo Galtieri y Margaret Thatcher) para presentar el fútbol como una batalla indirecta, librada por aficionados que buscan exorcizar los demonios de un orgullo nacional herido. En medio de esta contienda emocional se encuentran los propios jugadores, quienes, cuatro décadas después, en su mayoría han superado el traumático evento, pero ocasionalmente ven reabrirse sus viejas heridas al verse inmersos en la narrativa.
La película tiene un carácter ensayístico y, a menudo, una descripción minuciosa de ciertos momentos (especialmente la mano mencionada anteriormente), pero nunca es académica. Su ritmo trepidante reside en imitar la estructura del fútbol en sí, sobre todo de la época, con su formato 4:3 (como los televisores de la época) y una duración aproximada de 91 minutos, lo que exactamente duró aquel encuentro del 22 de junio de 1986. De este modo, reproduce el mismo vaivén de emoción y breves momentos de calma, que hacen que ver un partido del Mundial sea una experiencia tan apasionante. Sobre todo, permite a los antiguos rivales la catarsis, a través de primeros planos íntimos, de estar del mismo lado por una vez (en cine y deporte), mientras reviven su intensa enemistad, y todo el bagaje que convirtió aquel fatídico mediodía, en un punto de inflexión tan perdurable y magnético.

Para todo lo demás, uno se queda con el relato histórico de Victor Hugo Morales, narrando el trayecto de ese barrilete cósmico y marciano, que era Diego Armando Maradona; con las cábalas, tácticas y vivezas de ese doctor del fútbol y la vida, que es Carlos Salvador Bilardo; con las sonrisas llenas de sabiduría de Gary Lineker, John Barnes y Peter Shilton; con el «¡Mamita querida!» de Óscar Ruggeri; con ese poema doloroso de Jorge Luis Borges llamado Juan López & John Ward; y por supuesto, uno se queda con ese futbolito final, entre viejos gladiadores que ya colgaron las espadas, y ríen juntos rememorando el tiempo en la arena.




