sábado, junio 6, 2026
$0.00

No hay productos en el carrito.

Los 5 mejores de esta semana

Related Posts

‘Masters of the Universe’: una aventura que entiende el peso del mito sin olvidar la diversión.

Durante décadas, Hollywood intentó resolver un problema aparentemente sencillo: cómo convertir a He-Man en una película que funcionara más allá de la nostalgia. La respuesta parecía obvia. Bastaba con tomar una de las propiedades más reconocibles de los años ochenta, invertir suficiente dinero y construir un espectáculo de fantasía para una nueva generación. Sin embargo, la historia demostró que era mucho más complicado. La adaptación de 1987 con Dolph Lundgren terminó convirtiéndose en una curiosidad de culto más recordada por sus limitaciones que por sus virtudes. Casi cuarenta años después, Masters of the Universe vuelve a intentarlo y, contra muchos pronósticos, consigue algo que parecía improbable: capturar el espíritu ridículamente encantador de la franquicia sin sentirse avergonzada de él.

La película de Travis Knight entiende desde el principio que Eternia nunca fue concebida para ser realista. Fue creada para vender juguetes, inspirar aventuras infantiles y alimentar la imaginación de una generación que creció frente a los dibujos animados de los sábados por la mañana. En lugar de esconder ese origen o intentar modernizarlo mediante oscuridad artificial y solemnidad excesiva, la película lo abraza. Eternia es colorida, exagerada, absurda y gloriosamente fantástica. Sus héroes tienen nombres imposibles. Sus villanos parecen haber escapado de una línea de juguetes. Y el filme sabe perfectamente que esa extravagancia forma parte de su atractivo.

El arranque es particularmente efectivo. La caída del reino de Eternia y la huida del joven Adam establecen rápidamente una historia de pérdida y responsabilidad que acompañará al personaje durante el resto de la película. Años después, convertido en un adulto atrapado entre dos mundos, Adam sigue siendo un hombre que duda de sí mismo. Esa decisión resulta más interesante de lo que parece. Tradicionalmente, He-Man ha sido la fantasía definitiva de poder físico. Aquí, en cambio, el personaje debe aprender primero por qué merece empuñar el poder antes de demostrar que puede hacerlo.

Nicholas Galitzine comprende muy bien esa dualidad. Su interpretación evita convertir a Adam en un héroe perfecto. Hay vulnerabilidad, inseguridad e incluso cierta incomodidad en la manera en que ocupa el papel. Cuando finalmente emerge He-Man, la transformación funciona precisamente porque hemos visto al hombre detrás del mito. Galitzine aporta suficiente carisma para sostener la película y suficiente humanidad para que el personaje no se reduzca a un conjunto de músculos digitales.

La gran sorpresa, sin embargo, es Jared Leto. Durante años, el actor ha desarrollado una reputación irregular dentro del cine de franquicias. Aquí encuentra exactamente el tono correcto para Skeletor. No intenta reinventarse ni justificarlo psicológicamente. No hay traumas ocultos ni ambigüedades morales. Skeletor es malvado porque disfruta serlo. Y en una época donde cada villano parece necesitar una explicación terapéutica para sus acciones, resulta refrescante encontrarse con alguien que simplemente quiere conquistar el universo porque puede hacerlo.

Leto interpreta al personaje con una mezcla de teatralidad, humor y amenaza que recuerda a los grandes villanos de la fantasía clásica. En algunos momentos parece una caricatura consciente de sí misma. En otros, una auténtica fuerza de destrucción. La combinación funciona sorprendentemente bien y convierte a Skeletor en el personaje más memorable de toda la película.

Visualmente, Masters of the Universe posee una identidad propia que muchas superproducciones contemporáneas han perdido. Travis Knight no parece interesado en replicar la estética gris y uniforme que domina gran parte del cine de franquicias actual. Eternia luce artificial, sí, pero de manera deliberada. Sus paisajes, criaturas y estructuras poseen la textura de una fantasía ilustrada más que la de una simulación digital obsesionada con parecer real.

El problema surge cuando la película comienza a desconfiar de sí misma. A lo largo de la historia aparece una tendencia constante a comentar sus propios excesos mediante chistes y guiños meta. Algunos funcionan. Otros no. Existe una diferencia entre reconocer el absurdo de una premisa y sabotear las emociones que esa premisa intenta generar. En demasiadas ocasiones, la película construye un momento emocional legítimo solo para interrumpirlo con una broma. Es un problema familiar para cualquiera que haya visto el modelo narrativo dominante del cine de superhéroes durante los últimos quince años.

No llega al extremo de destruir completamente el drama, pero sí impide que algunas escenas alcancen el impacto que podrían haber tenido. La película parece preocuparse constantemente por demostrar que sabe lo ridícula que es. Lo curioso es que no necesitaba hacerlo. Sus mejores momentos ocurren precisamente cuando deja de disculparse por su propia naturaleza y abraza por completo la sinceridad de su historia.

Tampoco ayuda que la duración supere ampliamente lo necesario. El relato contiene suficiente material para sostener una aventura épica, pero algunas secuencias se extienden más de lo debido. No es un problema devastador porque la energía visual y la acción mantienen el interés, pero sí resta algo de impulso al conjunto.

Aun así, sería injusto ignorar lo bien que funciona la película como entretenimiento. Las secuencias de acción poseen escala, imaginación y una claridad visual que suele escasear en el blockbuster moderno. Cada enfrentamiento transmite peso físico. Cada golpe parece tener consecuencias. Y cuando finalmente llega la confrontación entre He-Man y Skeletor, la película ofrece exactamente el tipo de espectáculo que el público espera después de más de dos horas de construcción narrativa.

Lo más admirable de Masters of the Universe es que nunca intenta convencer al espectador de que He-Man es más importante de lo que realmente es. No pretende ser una reflexión profunda sobre la condición humana ni una deconstrucción sofisticada del heroísmo. Es una aventura fantástica basada en una línea de juguetes de los años ochenta. Lo sabe. Y, por primera vez en mucho tiempo, parece sentirse orgullosa de ello.

Quizás ese sea el verdadero triunfo de Travis Knight. Entiende que la nostalgia por sí sola nunca es suficiente para sostener una película. Pero también comprende que existe algo valioso en respetar la imaginación infantil que dio origen a estos personajes. Masters of the Universe no reinventa la rueda. Tampoco transforma a He-Man en algo radicalmente nuevo. Lo que hace es más difícil: encontrar una manera de recordar por qué tantas personas se enamoraron de este universo en primer lugar.

Y resulta que, después de todos estos años, todavía hay poder en Grayskull.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

Deja un comentario

Artículos Populares