Los monstruos han cambiado. Durante décadas, el cine de terror nos enseñó a temer a vampiros, asesinos enmascarados, fantasmas y criaturas sobrenaturales. En la era de internet, sin embargo, los nuevos monstruos suelen ser conceptos. Ideas. Imágenes aparentemente inocuas que se instalan en la imaginación colectiva hasta convertirse en pesadillas compartidas. Backrooms, la sorprendente adaptación cinematográfica del fenómeno viral creado por Kane Parsons, entiende perfectamente esa transformación cultural y construye una de las experiencias de terror más extrañas y fascinantes de los últimos años.
La premisa parece sencilla. Clark, interpretado por Chiwetel Ejiofor, es un hombre derrotado por la vida. Su matrimonio ha terminado, su carrera como arquitecto nunca despegó y ahora administra un decadente almacén de muebles donde apenas aparecen clientes. Vive atrapado entre la frustración y la resignación, durmiendo en el propio establecimiento y refugiándose en el alcohol mientras intenta convencerse de que todavía existe alguna salida para su situación.
Esa salida parece presentarse cuando descubre una grieta oculta en una pared del sótano. Al otro lado encuentra algo imposible: una serie interminable de oficinas vacías, pasillos amarillentos y espacios que desafían cualquier lógica arquitectónica. Lo que comienza como una curiosidad se transforma rápidamente en una obsesión. Clark necesita comprender qué son esos lugares, de dónde vienen y por qué existen.
Lo extraordinario de Backrooms es que Kane Parsons comprende que la explicación es mucho menos importante que la sensación. El joven director, que con apenas veinte años ya demuestra una comprensión visual extraordinaria, no intenta construir un rompecabezas narrativo tradicional. Su verdadero interés es provocar una reacción emocional específica: la inquietante sensación de encontrarse en un lugar familiar que, de alguna manera imposible de explicar, está profundamente equivocado.
Esa sensación se convierte en el gran logro de la película.
Los llamados Backrooms no son castillos embrujados ni escenarios góticos llenos de oscuridad. Son espacios anodinos. Oficinas vacías. Habitaciones iluminadas por fluorescentes. Alfombras desgastadas. Paredes amarillas. Son lugares que parecen haber sido diseñados por alguien que entiende cómo lucen los espacios humanos, pero que no comprende del todo cómo funcionan. Cada habitación contiene pequeños errores visuales, detalles fuera de lugar, objetos organizados según una lógica incomprensible. Es como observar una fotografía creada por una inteligencia artificial antes de que terminara de aprender cómo funciona el mundo.
Parsons convierte esa idea en una experiencia cinematográfica absorbente. Los largos recorridos por corredores interminables generan una ansiedad creciente. Cada esquina promete una revelación que quizá nunca llegue. Cada nuevo espacio parece más extraño que el anterior. El resultado recuerda tanto a The Blair Witch Project como a Alice in Wonderland, mezclando el horror psicológico con la sensación infantil de explorar un territorio desconocido.
La película también posee una rara inteligencia visual. Parsons entiende que el miedo no siempre surge de aquello que vemos claramente. Con frecuencia aparece en los márgenes del encuadre, en sonidos lejanos o en la sospecha constante de que algo se encuentra fuera de nuestra vista. El director demuestra una notable confianza en la capacidad del espectador para completar los vacíos con su propia imaginación.
Cuando la película funciona mejor, logra algo muy difícil dentro del cine de terror contemporáneo: crear una atmósfera verdaderamente nueva.
Chiwetel Ejiofor aporta gravedad emocional al relato. Aunque el guión no profundiza demasiado en la psicología de los personajes, el actor consigue transmitir la desesperación de un hombre que busca desesperadamente un significado en medio del fracaso personal. Renate Reinsve, una de las actrices más interesantes del cine europeo actual, aporta una presencia igualmente sólida como la terapeuta que intenta ayudar a Clark a interpretar una realidad que parece escaparse de toda explicación racional.
Sin embargo, el mayor problema de Backrooms aparece precisamente cuando intenta explicar demasiado. Durante su primera mitad, la película opera como una experiencia casi hipnótica, impulsada únicamente por el misterio y la exploración. A medida que avanza, Parsons introduce elementos psicológicos y simbólicos que buscan otorgar una dimensión más profunda a la historia. La intención es comprensible, pero el resultado es menos satisfactorio.
Las explicaciones nunca terminan de aclarar nada y, paradójicamente, reducen parte del poder que poseían los espacios cuando permanecían envueltos en el misterio. Como ocurre con frecuencia en el terror, lo desconocido resulta más aterrador que cualquier respuesta.
Aun así, incluso en sus momentos más débiles, la película conserva una identidad visual tan poderosa que resulta difícil apartar la mirada. Existe una confianza poco habitual en la forma en que Parsons construye imágenes, administra el ritmo y utiliza el espacio como una herramienta narrativa. Es imposible ver Backrooms sin preguntarse qué será capaz de hacer este cineasta dentro de diez años.
Quizá el aspecto más admirable de la película sea que consigue trasladar a la gran pantalla algo que parecía imposible de adaptar. Muchos fenómenos nacidos en internet dependen exclusivamente del contexto digital que los rodea. Al intentar convertirlos en cine suelen perder aquello que los hacía especiales. Parsons evita ese error porque comprende que el verdadero atractivo de los Backrooms nunca estuvo en una mitología compleja ni en una colección de teorías elaboradas por los fans. Siempre estuvo en una emoción muy específica: el miedo de encontrarse en un lugar que parece nuestro mundo, pero que claramente no lo es.
Esa idea, simple y profundamente perturbadora, convierte a Backrooms en una de las propuestas de terror más originales que ha producido el cine reciente. No es perfecta. Tampoco responde todas las preguntas que plantea. Pero durante gran parte de su recorrido logra algo mucho más valioso: hacernos sentir perdidos dentro de una pesadilla que se parece demasiado a la realidad.
Kane Parsons demuestra que no es simplemente un creador de contenido viral, sino un auténtico cineasta. Backrooms transforma una leyenda nacida en internet en una experiencia cinematográfica inquietante, inmersiva y visualmente memorable que confirma la llegada de una nueva voz dentro del cine de terror contemporáneo.



