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Sobre Nuestra tierra, de Lucrecia Martel

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Las tierras pertenecen a sus dueños,

pero el paisaje es de quien sabe apreciarlo

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Tras dirigir solo cuatro largometajes de ficción en casi 30 años de carrera, sonaba algo extraño que la prestigiosa cineasta Lucrecia Martel, seleccionara un documental para continuar su filmografía, y específicamente un «true crime», aunque se siente incompleto e inadecuado etiquetar a Nuestra tierra de esa manera.

El 12 de octubre (increíble la coincidencia) de 2009, Javier Chocobar, el cacique de la comunidad Chuschagasta del norte argentino, fue asesinado. El caso se volvió mediático en todo el país, gracias a la viralización de un vídeo de la muerte. Ese es el punto de partida de la nueva película de Lucrecia Martel.

Si uno analiza los primeros tres largometrajes de la directora, hay un notorio acercamiento a la burguesía argentina y su indiferencia ante las calamidades del mundo. Sucedía en la ensimismada y hedonista familia que protagoniza La Ciénaga, y en la paranoia de La Mujer sin Cabeza, cuando no se sabe si se atropelló a un perro o a un niño. Después vino Zama, una exploración del colonialismo en Sudamérica, a través de los ojos de un insignificante funcionario de la corona, que solo quiere un traslado que nunca llega.

Las examinaciones de Martel al pasado de su patria y sus ecos en el presente son más alegóricas que literales, además de audaces en sus disecciones de clase, raza y política. Hay belleza de la mano de una estética severa, con planos fijos y un diseño de sonido que siempre ha hecho pensar en David Lynch. Su pase al documental es muy fluido, ya que encontró como expandir estos temas de interés, pero con una estética algo distinta.

En el juicio, la cámara de Lucrecia sigue fija, al igual que en sus películas de ficción. Ella se enfoca particularmente en los equipos legales que toman agua y café mientras revisan docenas de documentos. No hay nada de The Practice o Law & Order por aquí. No hay banda sonora (excepto un hermoso fragmento de la misa criolla con la voz de Mercedes Sosa, que abre la película desde el espacio) ni tampoco movimientos dramáticos.

Lo que si aplica Martel de manera ejemplar, es el uso de drones para capturar los paisajes. Hay algún plano con un caballo que dificilmente se borre de mí memoria; no por la complejidad del mismo, sino todo lo contrario, por su absoluta simpleza. También la permanencia, muy particular, de una escena en que uno de los drones es derribado por un ave que pasa, casi recordándonos que la naturaleza siempre gana.

La directora invirtió muchos años hablando con los Chuschagastas, incluida la familia de Javier Chocobar y sus amigos, ansiosos de mostrar lo poco de su historia que se ha contado correctamente. Martel lo quiere mostrar como un hombre y no como un símbolo, y lo logra sin ningún golpe bajo ni sentimentalismos baratos.

Como toda gran película, Nuestra tierra deja más preguntas que respuestas: ¿Qué es la verdad? ¿De quién es nuestra tierra? ¿Quiénes somos nosotros, en todo caso?

Y lo único que puede responder a todo, aún por encima de Dios, es el Cine.

Con creces, lo mejor que he visto en 2026.

Juan Manuel Fábregas
Juan Manuel Fábregas
Uruguayo. Gran creyente de la Iglesia de Paul Thomas Anderson. Crítico de Cine y Realizador desde 2013, escribiendo para publicaciones y revistas como RouMovie.com, Cartelera.com.uy, El Telégrafo y El País (Uruguay). Email: fabregasmendiburu@gmail.com Tel: +598 91 311 263

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