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Mistura: identidad, cocina y transformación en el Perú de los años 60.

Mistura no es una película que busque seducir de inmediato. Desde su primer acercamiento a Norma Piet, queda claro que estamos ante un personaje construido desde la distancia, una mujer moldeada por el privilegio, cómoda en un entorno que nunca le exigió mirar más allá de sí misma. Esa decisión, lejos de ser un obstáculo, se convierte en el punto de partida más honesto de la película. No hay intención de hacerla simpática desde el inicio. Hay, en cambio, una paciencia poco común para dejar que el personaje exista en su incomodidad.

La caída de Norma no se presenta como un golpe dramático diseñado para generar empatía rápida. Su mundo se desmorona, sí, pero la película no suaviza ese impacto ni lo convierte en una excusa para redimirse de inmediato. La deja ahí, en el vacío, obligada a enfrentarse a una realidad que siempre estuvo presente, pero que nunca tuvo que reconocer. Esa elección narrativa le da al film una base más sólida de lo habitual dentro de este tipo de historias.

Bárbara Mori entiende perfectamente esa construcción. Su interpretación evita los gestos evidentes, se mantiene contenida, casi rígida en sus primeras apariciones. Hay una barrera clara entre ella y el mundo que la rodea, una forma de moverse, de mirar, de hablar que refuerza esa desconexión. Y lo más interesante es que esa barrera no desaparece de un momento a otro. Se va erosionando, poco a poco, en pequeñas decisiones, en gestos mínimos que terminan siendo más efectivos que cualquier giro dramático.

El viaje de Norma no se construye a partir de grandes revelaciones, sino de acumulación. La película apuesta por un cambio gradual, incluso incómodo, donde cada paso parece estar en conflicto con lo que el personaje ha sido hasta ese momento. No hay una transformación limpia. Hay resistencia, hay contradicción, hay momentos donde el progreso se detiene o incluso retrocede. Esa irregularidad es lo que le da autenticidad.

En ese proceso, la figura de Óscar se vuelve fundamental. César Ballumbrosio no interpreta al personaje como un simple contraste diseñado para evidenciar las fallas de Norma. Su presencia tiene una estabilidad que redefine el ritmo de la película. No domina la historia, pero el ancla. Hay una naturalidad en su forma de habitar cada escena que genera un equilibrio necesario. Su relación con Norma no se construye desde la confrontación directa, sino desde la repetición, desde la convivencia, desde una cercanía que se gana con el tiempo.

La dinámica entre ambos evita caer en el didactismo. La película no convierte a uno en lección para el otro. Permite que ambos existan dentro de sus propios términos, lo que le da mayor complejidad a su vínculo. Es en esos espacios, donde la historia se detiene a observar en lugar de explicar, donde Mistura encuentra su mejor versión.

El uso de la comida como eje narrativo refuerza esa intención. No se trata de un elemento decorativo ni de un recurso superficial para embellecer la historia. La gastronomía está profundamente ligada a la identidad que la película intenta explorar. Cada preparación, cada ingrediente, cada contexto en el que aparece tiene un significado que no necesita ser verbalizado. La cultura se construye a través de la acción, no del discurso. Eso evita que el film se sienta como una mirada externa tratando de explicar algo que no le pertenece.

El contexto de la Lima de los años sesenta también juega un papel importante, aunque la película decide no convertirlo en su centro. La división social está presente, se percibe en la forma en que los personajes se mueven, en las oportunidades que tienen o que se les niegan, en los espacios que ocupan. Pero nunca se convierte en un discurso explícito. Es un peso que acompaña la narrativa sin dominarla, lo que permite que el enfoque se mantenga en el proceso interno de Norma.

Sin embargo, no todo mantiene ese mismo nivel de precisión.

A medida que la historia avanza, algunas decisiones comienzan a sentirse más controladas de lo necesario. Conflictos que se han construido con cuidado se resuelven de forma acelerada, como si la película tuviera prisa por cerrar ciertos arcos. Esa rapidez rompe parcialmente con el ritmo que había definido su primera mitad. Lo que antes se sentía orgánico empieza a parecer diseñado.

Algunos personajes secundarios también quedan relegados a funciones más utilitarias. Existen para empujar a Norma hacia adelante, pero no logran sostenerse por sí mismos. Esa falta de desarrollo no afecta completamente la historia, pero sí reduce la sensación de mundo que la película había construido con tanto detalle.

El elemento romántico introduce otra irregularidad. La relación entre Norma y Óscar funciona mejor cuando se mantiene en el terreno de lo compartido, de la experiencia, del entendimiento mutuo que se construye sin necesidad de ser nombrado. Cuando la película decide inclinarse hacia una expresión más directa de ese vínculo, pierde parte de la sutileza que la había caracterizado. No es un error que desarme la narrativa, pero sí genera una pequeña desconexión con el tono general.

Aun con esas inconsistencias, la película logra sostenerse gracias a su enfoque en el personaje. Ricardo de Montreuil mantiene la dirección centrada en la evolución interna de Norma, evitando distracciones innecesarias. La historia nunca pierde de vista su punto de partida, y aunque no siempre acierta en su resolución, conserva una coherencia que la mantiene unida.

Lo más interesante de Mistura es su forma de entender la identidad. No como un destino, sino como un proceso. Norma no cambia de manera definitiva ni alcanza una versión idealizada de sí misma. Lo que la película propone es un desplazamiento, una apertura, una forma distinta de habitar el mundo que no cancela lo que fue, sino que lo recontextualiza.

Este enfoque evita que la historia caiga en conclusiones fáciles. No hay una gran lección final ni una resolución que cierre completamente el recorrido. Hay, en cambio, una sensación de continuidad. De que el cambio no es un evento, sino una serie de decisiones que se siguen acumulando.Al final, Mistura se sostiene en esa idea. En la paciencia de su construcción, en la honestidad de su mirada, en la forma en que permite que sus personajes respiren incluso cuando la estructura falla. No es una película perfecta, pero es una que entiende que las transformaciones reales rara vez lo son.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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