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Crítica de The Home (2025): Horror íntimo y fantasmas institucionales.

James DeMonaco ha creado un cine que, desde The Purge, siempre ha tenido un pulso político: un retrato de sociedades quebradas, de violencia sistemática que germina desde lo más íntimo. Pero en The Home, da un giro hacia algo más contenido, más psicológico, más aterrador en lo personal. Ya no estamos en un Estados Unidos en colapso, sino en un viejo asilo en los bosques de Nueva York. Y sin embargo, la sensación de amenaza es igual de potente. Aquí no hay máscaras ni purgas legales: hay silencio, abandono, y un eco persistente de secretos podridos.

Pete Davidson, en el que quizá sea el papel más serio de su carrera, interpreta a Max, un artista urbano marcado por la pérdida y el abandono. No es el típico antihéroe: es alguien roto, buscando sentido entre grafitis y penas. Tras un encuentro con la ley, se le asigna servicio comunitario en Green Meadows, un centro de retiro que parece sacado de un sueño gótico. Lo que en principio parece una segunda oportunidad, se convierte en una pesadilla que se descompone con lentitud.

Hay algo profundamente triste en este escenario: ancianos olvidados, un lugar que se cae a pedazos y una atmósfera que no solo es lúgubre, sino cargada de historia. Max comienza a oír gritos por la noche, a recibir advertencias sobre no subir al cuarto piso, y a presenciar desapariciones que nadie parece investigar con seriedad. Lo que descubre no es solo un misterio sobrenatural, sino un sistema de silencio, violencia y negación. En ese sentido, The Home no es solo una película de horror: es una denuncia.

Lo más llamativo es cómo DeMonaco y su coescritor Adam Cantor utilizan el género para articular una crítica generacional. El hogar de retiro funciona como una metáfora poderosa: una institución que conserva, encierra y castiga. Aquí, lo viejo no es solo una etapa de la vida, es un sistema que se niega a morir, que sigue alimentándose de los más jóvenes. La idea de que el pasado no desaparece, sino que se oculta entre pisos prohibidos y puertas cerradas, le da al filme una resonancia inesperada.

Davidson sorprende. Esperábamos ironía, esperábamos un poco de ese tono cínico que lo ha definido en la comedia. Pero Max es otra cosa. Su interpretación es contenida, emocionalmente vulnerable, como si estuviera arrastrando una herida abierta durante toda la película. En lugar de chistes, ofrece miradas que dicen más que las palabras. Su relación con los residentes del hogar –en especial con personajes interpretados por John Glover y Mary Beth Peil– genera un calor humano inesperado dentro de una narrativa oscura.

Y sin embargo, no todo es drama íntimo. The Home abraza el horror con una convicción visual admirable. El cuarto piso –el centro simbólico y literal del terror– es un laberinto de dolor, sangre y memorias deformadas. Es ahí donde la película alcanza sus momentos más impactantes: huesos rotos, cuerpos empalados, gritos que se sienten como rasguños en la conciencia. Pero lejos de ser violencia gratuita, estos momentos están al servicio de una narrativa más profunda, más simbólica. El horror físico refleja el horror moral de las instituciones que abandonan, niegan y esconden.

La fotografía de Anastas Michos refuerza esta tensión creciente. Las composiciones comienzan simétricas, casi clínicas, y se van descomponiendo conforme la realidad de Max se fragmenta. Hay algo orgánico en esa transición visual: el horror no irrumpe de golpe, se va filtrando, como una humedad invisible que lentamente lo mancha todo.

La elección de rodar en un hogar de retiro abandonado real no solo aporta verosimilitud, sino una energía que se siente en cada plano. Las paredes desconchadas, los pasillos interminables, los vestigios de vida interrumpida… Todo ayuda a que el terror se sienta cercano, casi documental. No es solo una casa embrujada, es una institución que guarda, en su arquitectura, la memoria del abandono.

El reparto secundario es clave para darle textura emocional al relato. Glover ofrece un personaje ambiguo, teatral, que juega con la idea del actor que ya no sabe cuándo termina la actuación. Peil aporta una dignidad tranquila, casi sagrada, que contrasta con el deterioro que la rodea. Incluso los roles más pequeños, como los de Mugga, Bruce Altman o Jessica Hecht, aportan humanidad, complejidad o amenaza.

Pero lo que realmente eleva a The Home es su capacidad para equilibrar alegoría y narrativa. DeMonaco no se deja llevar por el subtexto; no nos sermonea. Todo lo que quiere decir está en la historia de Max, en su dolor, en su búsqueda, en el momento en que decide enfrentar no solo a los fantasmas de la institución, sino a los de su propia infancia. El clímax es brutal, pero también catártico. Y es ahí donde la película trasciende el género: no es solo una historia de horror, es una historia de duelo, de justicia, de liberación.

The Home es una película sobre lo que heredamos y lo que ocultamos. Sobre las instituciones que dicen cuidar, pero que terminan devorando. Sobre lo que estamos dispuestos a hacer para romper con los ciclos del silencio. Y sobre cómo, a veces, para escapar del pasado, hay que enfrentarlo con un hacha en la mano.

James DeMonaco ha firmado aquí su película más íntima, más sólida, y probablemente más inquietante. Si The Purge era una pesadilla política a gran escala, The Home es una herida emocional con forma de película de terror. Y cuando el cuarto piso se abre, y los secretos comienzan a brotar como sangre vieja, uno entiende que hay cosas que nunca mueren… solo esperan.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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