viernes, junio 5, 2026
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Ballad of a Small Player: Colin Farrell se hunde en el lujo vacío de Edward Berger.

Edward Berger cambia de tablero, pero no de apuesta. Después del éxito rotundo de All Quiet on the Western Front y del elegante thriller papal Conclave, el director alemán se sienta ahora en una mesa de ruleta más íntima, más luminosa y, paradójicamente, más vacía. Ballad of a Small Player, adaptación del libro de Lawrence Osborne, no trata sobre el juego, sino sobre el acto de perder con estilo. Es un descenso elegante al infierno del lujo, una historia sobre hombres que apuestan con la misma desesperación con la que respiran. En su centro late Colin Farrell, envuelto en un traje verde venenoso, sudando culpa, arrogancia y alcohol mientras intenta sobrevivir entre luces de neón y promesas rotas en la otra capital del pecado: Macao.

Desde su primera secuencia, Berger deja claro que esta película no quiere sutileza. Macao brilla con la intensidad de un sueño enfermo: los rascacielos se elevan como templos del dinero, las luces parpadean con el ritmo de un corazón en pánico, los casinos rugen como bestias insaciables. La cámara, dirigida por James Friend —el mismo que hizo de All Quiet on the Western Front una pintura de guerra—, se desliza entre reflejos, pantallas, ventanales y humo. Todo parece flotar entre lo artificial y lo sublime, como si el propio espacio estuviera apostando su existencia a una última tirada. El problema es que detrás de ese brillo hay poco más que vacío. Berger apuesta por la opulencia, pero se olvida de la emoción. En su obsesión por el estilo, termina filmando una postal de sí mismo.

Lord Doyle, interpretado por Colin Farrell, es un jugador profesional, o al menos eso dice. En realidad, es un estafador elegante, un aristócrata de papel que huye de las deudas y de su propia sombra. Farrell interpreta a este hombre con la precisión de un actor que ya ha tocado el abismo antes: un tipo que intenta mantener la compostura mientras su mundo se derrumba a cada paso. Hay algo fascinante en cómo Berger lo muestra: entre el hedor de las botellas vacías y los restos de un desayuno abandonado, Doyle se viste como si aún tuviera el control, con sus guantes amarillos, su perfume caro y una sonrisa que no engaña a nadie. El lujo se vuelve disfraz, el dinero se vuelve religión, y el juego —esa vieja metáfora del destino— se convierte aquí en una forma de penitencia.

A su alrededor orbitan dos mujeres que, en teoría, deberían ofrecer contraste o redención, pero que terminan siendo reflejos del mismo espejismo. Tilda Swinton, como Cynthia Blithe, la detective privada enviada desde Londres para recuperar el dinero que Doyle debe a sus acreedores, interpreta su papel como si estuviera en una película de Wes Anderson que se coló por error en un thriller existencial. Es magnética, excéntrica y deliciosamente fuera de tono, pero Berger nunca encuentra la manera de integrar en el ritmo de la historia. Fala Chen, en cambio, encarna a Dao Ming, la empleada del casino que otorga préstamos a los jugadores arruinados y que, inexplicablemente, ve en Doyle un alma perdida digna de rescate. Su relación con él —si puede llamarse así— funciona más como una parábola que como un vínculo real: dos náufragos que confunden compasión con deseo.

El guión, escrito por Rowan Joffe, juega a ser metafísico, pero no tiene la profundidad de Osborne ni el filo de un Paul Schrader. Hay destellos de ironía y tragedia, pero el tono se diluye entre la saturación visual y el bombardeo sonoro. El compositor Volker Bertelmann acompaña el espectáculo con una partitura que empieza como un murmullo y termina en un delirio jazzístico; su música no subraya la acción, la reemplaza. Es un exceso calculado, pero excesivo al fin. El resultado es un film que abruma más que emociona, que impresiona sin tocar. Como los casinos que retrata, Ballad of a Small Player deslumbra al principio y deja al espectador vacío al salir.

Lo que podría haber sido un retrato descarnado sobre la adicción, la mentira y la pérdida de identidad se queda en un desfile de imágenes perfectas. Berger, que en All Quiet on the Western Front había logrado convertir la guerra en una experiencia sensorial y moral, parece aquí fascinado por la superficie. Su mirada sobre Macao es la de un turista del pecado, no la de un explorador del alma. Cada plano está diseñado para el asombro, pero ninguno se atreve a mirar más allá de su propio reflejo. El problema no es la falta de talento —Berger filma con una elegancia que pocos directores europeos poseen—, sino la ausencia de riesgo emocional. Como su protagonista, la película parece consciente de su artificio, y en esa consciencia pierde el corazón.

Colin Farrell, sin embargo, emerge como el gran salvador del naufragio. En sus gestos cansados, en su respiración agitada, en la forma en que su mirada se apaga con cada derrota, hay una humanidad que la película no merece del todo. Farrell no actúa: transpira. Se mueve por los salones del casino como un fantasma que todavía no sabe que está muerto. Su interpretación recuerda por momentos a Nicolas Cage en Leaving Las Vegas, pero con una ironía británica que suaviza el golpe. En su Lord Doyle conviven la arrogancia del impostor y la fragilidad del adicto. Es un hombre que lo perdió todo y aún no se ha dado cuenta.

El clímax llega sin explosión ni redención. Doyle cree ver una oportunidad para saldar sus deudas, pero el azar —como la vida— no tiene interés en los finales felices. Berger filma el último juego como un ritual: el ruido de las cartas, el sudor en la frente, la respiración entrecortada. El espectador sabe que no hay salvación posible, pero no puede apartar la mirada. Cuando la cámara se detiene en su rostro, iluminado por las luces del casino que giran como una ruleta infernal, lo que vemos no es un jugador derrotado, sino un hombre que al fin ha entendido que el juego nunca fue contra los demás, sino contra sí mismo. Y esa realización, tan simple como devastadora, es el único momento de verdad de toda la película.

Al final, Ballad of a Small Player se siente como una apuesta fallida de un director que quiso filmar el exceso sin ensuciarse las manos. Es un ejercicio de estilo que deslumbra pero no respira. Un retrato del vacío disfrazado de lujo. Edward Berger demuestra una vez más que es un cineasta meticuloso, pero aquí su perfeccionismo lo traiciona. Falta riesgo, falta carne, falta descontrol. El film se queda atrapado en su propio reflejo, como un jugador frente al espejo de una máquina tragamonedas que solo devuelve su cara cansada. En su mejor versión, podría haber sido una película sobre la redención; en la que tenemos, es apenas una postal melancólica del fracaso. Y sin embargo, como todo en el cine de Berger, incluso su fracaso resulta fascinante de mirar.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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