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‘Shaman’ (2025): Cuando el horror exorciza más que al demonio.

Shaman abre en lo profundo de Ecuador, entre la espesura de un pueblo enclavado en un volcán. Candice (Sara Canning) y Joel (Daniel Gillies), misioneros estadounidenses, esperan que su hijo Elliott reciba la confirmación. Pero un viaje a una cueva prohibida desencadena algo que pertenece a un tiempo anterior a cualquier credo occidental: una presencia invisible, salvaje y ancestral. Desde ese instante, la película avanza con paso seguro entre el drama familiar y el horror sobrenatural, enfrentando la fe, la herencia colonial y la resistencia de una cultura que no cede su territorio espiritual.

La dirección de Antonio Negret no solo utiliza el paisaje como telón de fondo: lo convierte en un personaje vivo, amenazante. Cada sombra parece observar, cada rincón del bosque respira una advertencia. La cámara encierra a sus protagonistas entre la belleza y el peligro, recordándonos que la naturaleza, en esta historia, no es refugio sino campo de batalla.

El conflicto central no radica únicamente en expulsar a un espíritu. Lo que late con más fuerza es el choque entre dos maneras de entender el mundo: la fe institucional que representa Candice frente a la espiritualidad indígena del chamán y su comunidad. Este pulso, más que cualquier exorcismo, es el verdadero corazón del relato. En él se cruzan la desesperación materna, la obstinación religiosa y la certeza de que la salvación, quizá, no viene del lugar que creíamos.

Las actuaciones sostienen este conflicto con una verdad incómoda. Sara Canning evita los excesos del terror convencional; su Candice se quiebra lentamente, más por la impotencia que por el miedo. Daniel Gillies, en cambio, compone a un hombre atrapado entre el deber y una fe debilitada, transmitiendo más con silencios que con palabras. Alejandro Fajardo, como el sacerdote local, aporta una humanidad fracturada: atrapado entre dos culturas, sin pertenecer del todo a ninguna, y cargando con sus propias renuncias.

En sus mejores momentos, Shaman se aparta de los códigos fáciles del género. No hay iglesias góticas ni sacerdotes heroicos; hay una madre, un chamán, y un niño que parece ser reclamado por dos mundos. Es ahí donde el terror se vuelve incómodo: en la constatación de que no solo está en juego un alma, sino la imposición o la pérdida de toda una cosmovisión.

Sin embargo, la película también cede al atractivo de las fórmulas conocidas en su tramo final. Los primeros actos, más atmosféricos y tensos, dan paso a un cierre que abraza el espectáculo del exorcismo moderno, con efectos más enfocados en el impacto inmediato que en la coherencia de lo que venía construyendo. Es un giro que no arruina la experiencia, pero sí diluye parte del poder que acumulaba.

Uno de los momentos más perturbadores llega cuando la tradición y el instinto se llevan por delante cualquier código externo. En esa secuencia, el horror deja de ser sobrenatural para convertirse en un recordatorio de que las creencias —cuando se aferran a la supervivencia— pueden quebrar cualquier límite ético.

Shaman no revoluciona el cine de posesiones, pero logra algo más raro: confrontar el género consigo mismo. Su fuerza está en el silencio, en la pausa, en el espacio que deja para que el espectador sienta que hay algo acechando justo fuera de cuadro. En sus mejores pasajes, es menos una película de terror y más una fábula amarga sobre lo que estamos dispuestos a perder o corromper para salvar lo que amamos. El demonio, en este caso, no siempre es el enemigo.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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