En la carrera de Taron Egerton, marcada por personajes de carisma desbordante y energía física –desde el joven Eggsy en Kingsman hasta el vibrante Elton John en Rocketman– hay una línea que ha sido constante: la búsqueda de humanidad en medio del caos. En She Rides Shotgun, ese instinto actoral encuentra quizás su manifestación más compleja y dolorosa hasta la fecha.
Durante nuestra conversación, Egerton se muestra sereno, reflexivo. Atrás quedó el brillo de las alfombras rojas. Lo que propone con Nate McClusky, el exconvicto que secuestra a su hija para salvarla de un destino peor, es una exploración de la paternidad bajo circunstancias extremas. “La violencia está escrita en los huesos de Nate”, nos dice. “Pero también lo está el amor, aunque él no sepa cómo expresarlo”.
La película, dirigida por Nick Rowland y basada en la novela de Jordan Harper, se sitúa en un polvoriento suroeste de Estados Unidos, donde la violencia no es solo una amenaza externa, sino una condición hereditaria. Nate, marcado por su paso por prisión y su vinculación con un grupo supremacista blanco, no solo huye de enemigos concretos: huye también del monstruo que teme haber llevado a casa. La niña, Polly –interpretada con una mezcla desconcertante de ternura y fiereza por Ana Sophia Heger– no solo lo acompaña: lo observa, lo juzga, lo redime.
“Tuvimos muchas conversaciones con Nick sobre cómo no romantizar la relación padre-hija”, cuenta Egerton. “Esto no es Paper Moon. No es una historia de redención fácil. Es una historia de complicidad forzada, de miedo compartido, y de lo que sucede cuando el amor no es suficiente para borrar el daño”.
En efecto, She Rides Shotgun es una película que no esquiva las preguntas incómodas. ¿Puede un hombre violento enseñar a su hija a sobrevivir sin convertirla también en violenta? ¿Cuánto de lo que somos es elección, y cuánto es legado? Egerton se detiene en esa última idea. “Me parecía devastador pensar que, por el simple hecho de ser su padre, Nate estuviera condenando a Polly. Y eso está todo el tiempo en el aire, incluso en las escenas más cotidianas: cuando la ayuda a lavarse los dientes en una gasolinera, cuando la hace reír a pesar del miedo. Esos momentos son fugaces, y eso los hace más tristes aún”.
El actor, que durante años ha oscilado entre el cine comercial y proyectos más arriesgados, habla de She Rides Shotgun como “una oportunidad para callar el ego”. No hay escenas heroicas, no hay grandes discursos. Solo una historia pequeña, brutal, emocionalmente agotadora. “Fue una filmación dura, física, pero sobre todo moralmente demandante. Nick no nos permitía escondernos detrás de clichés. Y Ana… bueno, Ana me hacía mejor actor cada día. Esa niña te mira a los ojos como si supiera cosas que uno mismo aún no ha descubierto”.
La película, sin embargo, no está exenta de controversia. En especial, por cómo retrata el pasado de Nate con una organización neonazi. Egerton es consciente del riesgo. “Lo discutimos muchas veces. ¿Podemos pedirle al público que simpatice con alguien así? Mi respuesta fue: no les pidamos simpatía, pidamos atención. Porque Nate no es un héroe. Es una advertencia”.
Esa tensión ética, lejos de resolverse, impregna cada escena. Cuando Nate enseña a Polly a golpear con un bate, lo hace con amor. Pero ese amor está contaminado. “Es un amor desesperado”, dice Egerton. “Y eso es lo que más duele”.
Hablamos también de la relación entre violencia y masculinidad, un tema que subyace en muchas de las decisiones del personaje. “Crecí viendo películas donde los hombres se comunicaban a golpes. She Rides Shotgun no glorifica eso, pero tampoco lo evita. Mostramos lo que esa lógica le hace a una niña, a una familia, a una sociedad. Y eso, creo, es más valiente que simplemente condenarlo desde la superioridad moral”.
Sobre Nick Rowland, Egerton no escatima elogios. “Tiene una sensibilidad poco común. Ve el dolor donde otros ven acción. No busca el espectáculo; busca la grieta por donde entra la luz”. Y sobre el futuro del cine, confiesa: “Ojalá hagamos más películas así. Pequeñas, incómodas, necesarias”.
Cuando le pregunto si cambiaría algo de Nate, guarda silencio por unos segundos. Luego dice: “Le daría más tiempo con su hija. No para que la salve. Para que la escuche”.
She Rides Shotgun no es un western, aunque lo parezca. No es un drama carcelario, aunque lo insinúe. Es una elegía para los padres ausentes, los lazos rotos, y la infancia robada por las decisiones de otros. Taron Egerton, con su interpretación contenida y dolorosa, da forma a una figura trágica: la del hombre que quiso enseñar a su hija a sobrevivir, y en el intento, casi la pierde.




