The Need for Speed
«Estamos compitiendo para ganar. El resto es política y no me interesa».
Palabras de Ayrton que suenan una y otra vez en Senna de Asif Kapadia, una de las grandes películas documentales del siglo XXI y una prueba moderna que cuando el séptimo arte se va al mundo de las pistas de carreras, hay pocas cosas más cinematográficas para mostrar en una pantalla grande. Ahí sigue estando Grand Prix de John Frankenheimer como ejemplar del Hollywood clásico y todo su poderío. Inspirado en el éxito de Senna, quizás, Ron Howard estrenó Rush en 2013, notable narración de la gran rivalidad entre Niki Lauda y James Hunt en los años 70s, que lograba equilibrar de manera fantástica, el espectáculo de las carreras con el drama humano entre un frío perfeccionista y calculador, como el austríaco interpretado por Daniel Brühl, y un hedonista libertino como el británico al que da vida Chris Hemsworth, en la que sigue siendo su mejor actuación. Más tarde en 2019, James Mangold retrató de manera soberbia el universo de las 24 horas de Le Mans en Ford v Ferrari, que hasta hoy era la última gran película que teníamos ubicada en el mundo del automovilismo.

F1, la nueva película de Joseph Kosinski, es la progresión natural de todas las películas anteriormente mencionadas, pero con los esteroides necesarios para que la marca Fórmula 1 muestre todo su esplendor y glamour contemporáneo, ya que continúa siendo la principal competición de automovilismo internacional y el campeonato de deportes de motor más popular y prestigioso del mundo.
Brad Pitt es Sonny Hayes, piloto y viejo lobo de mar que básicamente sobrevive siendo un mercenario del volante. Tras competir de forma más que decente en las 24 horas de Daytona, un antiguo amigo corredor ahora propietario de un equipo de F1 (Javier Bardem), le pide ocupar el segundo asiento de su dupla de conductores en las últimas competiciones de la temporada. El objetivo es ganar una carrera para no vender el equipo, pero la rebeldía de Hayes y la arrogancia del novato Joshua Pearce, primer asiento del equipo, hacen que lo que debería ser una sociedad entre dos talentosos pilotos, sea un obstáculo enorme para el éxito de todos.
Vamos a comenzar por lo que no está tan bien. El guion de la película es un conjunto de clichés y fórmulas (valga la redundancia) que funcionan en su mayoría (y que ya estaban en la excelente película anterior de Kosinski, Top Gun: Maverick), pero existe alguno que funciona a medias (esa historia de amor con el personaje de Kerry Condon) y hay otro que creo que a los fans más acérrimos de la F1 les va a molestar, sobretodo en lo que tiene que ver con las «tácticas» de Hayes para lograr los objetivos del equipo y la contínua narración sobreexplicativa de un par de relatores televisivos. Los clichés cuando se usan bien, son realmente positivos para hacer avanzar una buena narrativa, pero creo que se podrían haber ahorrado unos 10-15 minutos de metraje no cayendo en alguno de los lugares más comunes y previsibles de la trama.
Brad Pitt es todo lo que una estrella de cine debería ser. Solo quedan dos más además de él en el mundo: Tom Cruise y Leonardo DiCaprio. A pesar del gusto del primero por hacer sus propias escenas de riesgo, no veo a otro que no sea a Brad como Sonny Hayes. Pitt siempre ha tenido un encanto especial, muy «laid back», muy Steve McQueen, que ni Tom ni Leo poseen. Damson Idris está perfecto como el joven Pearce, y no era nada fácil ser la contrapartida y complemento perfecto para el Hayes de Brad.
De todas maneras, creo que las verdaderas estrellas de la película están atrás de la cámara. Claudio Miranda logra una apabullante dirección de fotografía hiperrealista, que hace que uno se sienta en un auto de F1 a 350 kilómetros por hora. El montaje de Stephen Mirrione es de una precisión milimétrica y hace que el ritmo de la película nunca decaiga. ¿Qué más se puede decir del compositor Hans Zimmer? Aquí logra otra excelente banda sonora electrónica, una más en su vasta trayectoria, que por si fuera poco, cuenta con el apoyo de alguna de las canciones más populares de Led Zeppelin o Queen en trascendentes momentos. Pero si hay que quedarse con algo, es con un monumental diseño de sonido que es tan visceral, que se siente en todo el cuerpo.

Como dijo una importante filósofa argentina: «no es la nave, es el piloto» y hay que decir que Kosinski es un más que digno conductor de gran espectáculo, eso que Hollywood hacía mejor que nadie, pero que parece haber olvidado en estos últimos tiempos, en favor de correccionismos políticos e infantilismos descerebrados y mercenarios, probando que cuando estos dos elementos (política y dinero) se meten en las disciplinas, las arruinan.
Para Senna, el mejor piloto contra el que compitió no fue Prost ni Mansell, sino uno llamado Fullerton, cuando ambos corrían en go-kart. «Eso era correr, corridas puras. No había política, ¿saben? Tampoco dinero. Eran carreras de verdad.»
Es palabra de Ayrton.




