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Entrevista con Annemarie Jacir sobre Palestine 36: memoria, resistencia y el peso de contar la historia.

Hay historias que se cuentan con distancia. Y hay otras que no permiten ese lujo. Palestine 36 pertenece a ese segundo grupo. En conversación con Annemarie Jacir, la película se revela no solo como un proyecto cinematográfico, sino como un acto de memoria que evita cualquier simplificación. No hay intención de cerrar heridas ni de ofrecer una narrativa cómoda. Lo que propone es algo más honesto y, por eso mismo, más complejo: mirar el pasado entendiendo que sigue presente.

Jacir aborda un momento histórico que continúa resonando con fuerza, pero lo hace desde un lugar profundamente humano. Su interés no está en convertir la historia en una lección, sino en devolverle su dimensión emocional. En ese sentido, Palestine 36 se aleja de muchas aproximaciones tradicionales al cine histórico. Aquí no hay urgencia por explicar cada contexto ni por guiar al espectador hacia una conclusión específica. Hay, en cambio, una confianza clara en la experiencia, en la capacidad de conectar con lo que sienten los personajes antes de intentar entender completamente lo que ocurre a su alrededor.

Durante la entrevista, queda claro que el punto de partida no es la política, sino la memoria. Cómo se recuerda, cómo se transmite y cómo esas memorias siguen moldeando identidades en construcción. Para Jacir, la historia no es un archivo cerrado. Es algo vivo, algo que se transforma con cada generación y que, en muchos casos, sigue siendo una herida abierta. Esa idea atraviesa toda la película y se convierte en su columna vertebral.

En Palestine 36, los personajes no funcionan como símbolos ni como representaciones simplificadas de un conflicto. Son individuos con contradicciones, con decisiones difíciles y con emociones que no siempre encuentran una salida clara. Esa ambigüedad no es un error narrativo, es una decisión consciente. Jacir entiende que la complejidad es necesaria, especialmente cuando se trata de contar historias que han sido reducidas demasiadas veces a versiones incompletas o externas.

Su enfoque es íntimo y deliberado. No busca hablar por una comunidad, sino desde ella, desde sus matices, desde sus tensiones internas y desde los silencios que muchas veces dicen más que cualquier diálogo. En nuestra conversación, esa intención se percibe con claridad. Jacir no se posiciona como alguien que observa desde fuera, sino como alguien que participa activamente en la construcción de esa memoria. Esa cercanía le da a la película una autenticidad que no se puede fabricar.

Ese sentido de responsabilidad atraviesa cada decisión creativa. Lejos de limitar el alcance de la historia, lo expande. Palestine 36 no intenta ser una experiencia cómoda ni accesible en términos tradicionales. Lo que propone es una confrontación que no necesita elevar el tono para sentirse. Es una película que insiste, que se queda, que incomoda sin necesidad de forzar la reacción.

También resulta evidente cómo la película conecta pasado y presente sin recurrir a paralelismos evidentes. Lo hace a través de sensaciones, de ecos que se repiten y que sugieren que ciertas historias no terminan, sino que cambian de forma. Esa continuidad es lo que le da a la película su relevancia actual. No se trata únicamente de lo que ocurrió, sino de lo que sigue ocurriendo y de cómo esas experiencias continúan moldeando realidades.

En un panorama donde muchas narrativas buscan simplificar para facilitar el consumo, Jacir apuesta por lo contrario. Por la complejidad, por las preguntas sin respuestas inmediatas y por la incomodidad de no tener una conclusión definitiva. Esa elección no es fácil, pero es coherente con la naturaleza de la historia que está contando. Algunas historias no pueden resolverse en una sola mirada, ni en una sola película.

Al final, lo más interesante de la conversación no es solo el proceso creativo, sino la intención que lo sostiene. Jacir no busca imponer una visión, sino abrir un espacio donde la historia pueda existir en toda su complejidad. Un espacio donde el espectador no tenga que entenderlo todo para poder sentirlo.

Y ahí es donde Palestine 36 encuentra su verdadera fuerza. No en lo que explica, sino en lo que permite. En la posibilidad de acercarse a una historia difícil sin reducirla, sin simplificarla y sin perder de vista que, en muchos casos, lo más importante no es encontrar respuestas, sino estar dispuesto a escuchar.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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