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Crítica: “Springsteen: Deliver Me from Nowhere” — El hombre, la cicatriz y la cinta de casete.

Scott Cooper abre su biopic musical con una apuesta que parece demasiado segura para serlo: blanco y negro barnizado, Freehold, New Jersey, 1957, un niño sube al auto de su madre para rescatar al padre borracho del bar. Funciona como prólogo y advertencia: aquí no habrá santuario de estadio, sino cocina fría, pasillo oscuro y puertas que crujen. Cuando ese padre (un Stephen Graham que labra la amenaza con una ceja) avanza de madrugada hacia el cuarto de su hijo, Cooper corta de golpe y nos arroja a 1981: Cincinnati, The River Tour. Jeremy Allen White —sudor, mandíbula, nervio— parece cantar en una noche mala de karaoke. Por un instante uno teme lo peor: ¿de verdad se nos va a quedar el Boss en un tributo? Respira: esa duda es parte del diseño. Cooper quiere que toquemos el suelo antes de mirar al cielo.

Adaptada del libro de Warren Zanes, la película comprime el tramo decisivo entre 1981 y 1982: del brillo en las listas con “Hungry Heart” al retiro en Colts Neck, New Jersey, donde Bruce se encierra con una TEAC 144 Portastudio, una pila de Flannery O’Connor, proyecciones obsesivas de Night of the Hunter y Badlands, y una pregunta que late bajo todo: ¿qué pasa cuando la maquinaria del éxito pide épica y el artista solo tiene silencio? Cooper retrata, con terca insistencia, ese silencio. Sí, hay clichés al inicio: la inspiración que cae como rayo, el “genio atormentado” con flashbacks que explican cada fisura de la infancia. Y sí, Jon Landau (un Jeremy Strong inesperadamente tierno) suelta frases que suenan a ilustración para oyentes distraídos. Pero la película, como las cintas buenas, se calienta al cabo de unos minutos; cuando voltea el cassette, algo hace “click”.

El punto de giro es simple: el demo manda. Springsteen intenta traducir al estudio la electricidad íntima de sus cintas caseras y se topa con una pared pulida que rebota todo lo esencial. White deja de “hacer de Bruce” y comienza a estarlo: la voz le sale áspera, las facciones se le encrespan como un acorde desafinado, el cuerpo renuncia al gesto icónico para habitar la incomodidad. Los ojos de Strong, al otro lado del vidrio, hacen el resto: Landau escucha, cuida y acomoda; no es un manager hambriento de singles, sino el amigo que sabe cuándo decir “no” a la brillantez equivocada. Cooper filma esa ética del cuidado con paciencia y, por fin, se aparta: deja que el sonido encuentre su propia imagen. Cuando aparece “Nebraska” —entera, canción a canción— la película deja de dramatizar la música y la usa como pulso. La escena del “Born in the U.S.A.” electrificado (que el propio Bruce detesta) es pedagógica sin subrayados: nada contra la pared de sonido, pero el drama aquí está en la fibra desnuda.

Lo que eleva el conjunto es la decisión de no mitologizar. En tiempos de relato continuo —documentales de gira, cofres póstumos, libros que ordenan cronologías como si la vida fuera un box set— Cooper resiste la tentación del santuario. Su Springsteen no es el busto en bronce de la Triunfología Rock, sino un hombre de 32 años que intenta pensar con un lápiz sobre papel rayado. Hay noches de Stone Pony, sí, con covers aullados de John Lee Hooker y Little Richard, y hay una relación con Faye (Odessa Young) que arranca como refugio y muta en espejo incómodo. Pero lo crucial es la grieta: la depresión que asoma, se niega y regresa, el padre cuya sombra vuelve a crecer en el umbral, la casa oscura donde las sombras escriben antes que el músico. Cooper tiene sus momentos obvios —los campos con “Mansion on the Hill”—, pero cuando deja caer el negro sobre el rostro de White y nos deja oír la respiración entre compases, el cine se vuelve confidencia.

La película también encuentra, muy a su favor, una ética de lo mínimo. Crazy Heart era un gran personaje sostenido por un gran actor; aquí, Cooper entiende que la música narra y que el mejor servicio del guion es retirarse a tiempo. El montaje de Pamela Martin lo abraza: los saltos a 1957 no pretenden explicar cada decisión del presente, sino mostrar el bucle emocional que Bruce intenta cortar con canciones. El niño que observa, el adolescente que aprende a huir, el adulto que prueba no repetir. Y, aun así, repite. No como condena final, sino como advertencia honesta: el arte no cura por sí solo. Hace visible la herida, la nombra, la transforma; pero también necesita a alguien del otro lado del vidrio diciendo, con voz tranquila, “estoy aquí”.

El trabajo de Stephen Graham merece mención aparte: su Dutch no es el villano de la semana, sino un hombre golpeado por su propia nube, capaz de ternura torcida y de violencia que arrastra generaciones. Gaby Hoffmann, como la madre, ofrece un contraplano de fortaleza silenciosa que sostiene más de lo que muestra. Odessa Young evita el trampantojo de “musa redentora” y juega otra cosa: una mujer con su propia vida que acompaña lo que puede y se aparta cuando debe. Y Strong compone quizás su interpretación más cálida; hay una escena, dos hombres hombro con hombro escuchando una cinta, que vale más que cien líneas sobre “la visión artística”.

Queda la cuestión del “Springsteen intérprete”: ¿canta White? Canta. Y, más importante, respira como alguien que se deja vaciar en el escenario. La secuencia del mal “karaoke” inicial se resignifica: no era un error, era premisa. Cooper necesitaba que desconfiáramos para que el proceso tuviera sentido. Cuando la película llega a su último tramo y por fin acepta que el relato no consiste en convertir al hombre en estatua, sino en verlo pedir ayuda, la emoción deja de ser postizo. El golpe llega tarde por minutos, sí, pero cuando llega, pesa: no hay lazo bonito, no hay “y todos vivieron rockeando para siempre”. Hay un artista que entiende que, a veces, la canción más valiente es la que te lleva al terapeuta.

Como pieza sobre creación, “Deliver Me from Nowhere” capta algo difícil: el misterio entre la primera línea y el primer acorde. Como retrato de salud mental, evita el discurso de sobremesa y se queda con los gestos: el aislamiento que se alarga, la mirada que no vuelve, la euforia que no compensa. Y como película de época, no fetichiza los ochenta; usa su textura —la cinta, el grano, la lámpara de mesa— para hablar de lo que todavía pasa: la presión por convertir la intimidad en producto, la tentación de sonar más grande que lo que se siente verdadero.

¿Es perfecta? No. La primera tercera parte recarga lugares comunes y hay un par de subrayados líricos que podían vivir fuera de cuadro. Pero la película gana a medida que se empequeñece, cuando deja de contar “la hazaña de un álbum” y observa a un hombre construir el espacio mínimo para decir “yo” sin pedir perdón. En ese pliegue, Cooper encuentra su mejor versión: cine que acompaña, no que exhibe.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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