El rugido de los motores, la coreografía mecánica de los pits y el sudor bajo el casco: pocas cosas en el cine poseen la fuerza visceral de una carrera de Fórmula 1 filmada con precisión. Joseph Kosinski lo sabe, y en F1: The Movie, entrega un espectáculo visual deslumbrante, un tributo romántico a los viejos códigos del automovilismo que no termina de encontrar el balance entre su corazón de blockbuster y la piel técnica del deporte que retrata.
Kosinski, que ya había demostrado con Top Gun: Maverick su dominio sobre el cine de velocidad y testosterona, regresa con otra oda a los hombres (y mujeres) al borde del riesgo, esta vez acompañado por Brad Pitt, Javier Bardem, Kerry Condon y Damson Idris, en una superproducción cocinada a fuego alto junto a Apple y con la bendición de la propia Fórmula 1. El resultado: una mezcla de realidad y ficción que a veces derrapa por exceso de carga simbólica y otras, por falta de autenticidad emocional.
El filme arranca en tono de epopeya tardía: Sonny Hayes (Pitt), leyenda caída en desgracia tras un accidente que lo sacó del circuito hace décadas, es reclutado por el equipo APXGP, dirigido por Rubén Cervantes (Bardem), un ex piloto tan desesperado por salvar su escudería como por redimir su propio pasado. Hayes, ya sexagenario, regresa a las pistas como último recurso, una jugada que no tiene ningún sentido lógico dentro del reglamento real de la F1, pero que aquí funciona como catalizador narrativo para un drama de redención.
Desde el primer encuadre, Kosinski deja claro que está aquí para jugar con todo: la cámara de Claudio Miranda se zambulle en los monoplazas con una intimidad física abrumadora. Las carreras –rodadas en locaciones reales durante el calendario 2023 del campeonato mundial– no sólo lucen espectaculares, sino que se sienten inmersivas, como si el espectador estuviera pegado al volante, con el rugido del motor martillando los oídos.
Sin embargo, la misma autenticidad visual que deslumbra en la pista empieza a chocar con los convencionalismos del guión escrito por Ehren Kruger (Top Gun: Maverick). La historia, más cercana a un cuento deportivo de los años noventa que a una radiografía moderna del paddock, no se arriesga. Todo está donde tiene que estar: el joven arrogante y talentoso Joshua Pearce (Idris), la ingeniera brillante y emocionalmente contenida Kate (Condon), el mentor herido que debe redescubrir su propósito, el equipo al borde del colapso financiero, y los villanos corporativos de siempre.
Los clichés narrativos no serían un problema si al menos estuvieran mejor anclados en los matices del universo F1. Pero aquí la ficción coquetea peligrosamente con el simulacro: aunque los escenarios son reales (Silverstone, Suzuka, Monza), los pilotos actuales apenas hacen cameos de fondo. La trama ignora por completo el campeonato del mundo –ni Verstappen ni Hamilton importan– y se centra en una narrativa aislada, casi paralela, donde los protagonistas compiten en una burbuja sin contexto ni peso real.
Ese desfase entre lo real y lo ficticio es uno de los grandes dilemas del filme. Kosinski quiere mostrarnos la Fórmula 1 auténtica, con sus boxes, sus estrategias, sus motores y sus reglamentos, pero al mismo tiempo necesita moldear una historia que funcione dentro de los cánones del cine mainstream. El resultado es un Frankenstein que impresiona por fuera y chirría por dentro.
Aun así, sería injusto negar los méritos de F1: The Movie. Cuando el filme se aleja de la exposición forzada y se concentra en lo puramente cinemático, brilla con fuerza propia. Hay secuencias –como la carrera en Spa bajo lluvia, o el montaje en cámara lenta de un pit-stop perfecto– que elevan el cine deportivo a una experiencia sensorial. En estos momentos, Kosinski se entrega a lo que mejor sabe hacer: hipnotizar a través del movimiento, el color y el sonido.
Brad Pitt, aunque algo fuera de rango para el papel de un piloto activo, sostiene la película con su carisma habitual. Su Sonny Hayes es un cowboy del asfalto, un hombre atrapado entre la gloria pasada y la inutilidad presente, que encuentra en el último intento una forma de reconciliarse con su leyenda. Damson Idris aporta juventud e intensidad, aunque su arco dramático es predecible. Javier Bardem, por su parte, se divierte como manager desesperado, y Kerry Condon logra imprimirle alma a un personaje diseñado como figura de autoridad funcional.
Más problemático es el tono general del film. En su intento de abarcarlo todo –el drama, la acción, la nostalgia, el espectáculo, el romance y la épica–, F1 termina dispersando su fuerza. La subtrama amorosa entre Hayes y Kate no aporta nada. Las traiciones internas del equipo se resuelven sin impacto real. Y el discurso final, con el clásico «ganamos como equipo», se siente hueco en comparación con el viaje emocional que el guión parecía prometer.
En cuanto al retrato del deporte, F1: The Movie oscila entre la fascinación auténtica y la promoción institucional. Que la FIA haya participado tan de cerca, y que figuras como Lewis Hamilton aparezcan en los créditos como productores, deja una marca de neutralidad obligada. El filme no cuestiona nada. No hay crítica al negocio multimillonario, a los intereses corporativos, a la mercantilización del talento ni a la maquinaria de imagen. Todo es un homenaje sin matices. Y en un mundo donde el documental Drive to Survive ya ha mostrado los engranajes del espectáculo con mayor agudeza, eso sabe a poco.
Pero sería injusto decir que F1 fracasa. Lo que ofrece, lo hace bien: entretenimiento eficaz, visualmente arrollador, ideal para pantalla grande. Es cine palomitero con aspiraciones de grandeza, que entrega momentos memorables (la escena final en Abu Dhabi tiene más tensión que muchos grandes premios reales) y confirma que Joseph Kosinski domina como pocos el lenguaje de la acción coreografiada.Eso sí: quienes esperen una exploración profunda del alma de la Fórmula 1, o un análisis del piloto como figura trágica –al estilo Rush de Ron Howard o incluso Senna de Asif Kapadia– saldrán con el casco medio vacío. F1: The Movie es una postal de alto octanaje, una celebración sin conflicto, un cuento de redención en clave millonaria. Y como tal, es tan espectacular como superficial. Pero vaya que acelera el pulso.




