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‘Dept. Q’: cuando las cicatrices del pasado reabren los casos olvidados.

En el sótano polvoriento de la comisaría de Edimburgo, en un cuarto que alguna vez fue un baño abandonado, nace una de esas historias donde la decadencia y el olvido se convierten en el terreno fértil de la verdad. Así arranca Dept. Q, la nueva serie británica basada en los exitosos libros de Jussi Adler-Olsen, que ya conocieron adaptaciones cinematográficas, pero que ahora encuentran un segundo aire en formato largo bajo la mirada de Scott Frank, creador de The Queen’s Gambit.

Al frente está DCI Carl Morck, interpretado por un Matthew Goode que se sumerge en la herida abierta de un hombre marcado por la tragedia. Después de un operativo fallido que dejó a un compañero paralizado y a otro muerto, Morck es relegado a esta “unidad especial de casos fríos” más como castigo que como promoción. Pero ese sótano y él parecen cortados por la misma tijera: ambos llevan cicatrices visibles e invisibles, ambos inspiran rechazo, ambos esconden secretos.

Lo que parecía una condena administrativa se convierte pronto en motor narrativo cuando Akram Salim (Alexej Manvelov), un refugiado sirio con ansias de ganarse un lugar en la policía, insiste en acompañarlo. A esa dupla se unirá Rose (Leah Byrne), joven oficial que aporta un contrapunto fresco y visceral. El trío se lanza sobre un caso irresuelto: la desaparición de Merritt Lingard, una fiscal vista por última vez en una isla escocesa junto a su hermano con afasia.

El espectador sabe desde el inicio lo que ellos ignoran: Merritt no murió en el mar, sino que fue secuestrada y permanece encerrada en una claustrofóbica cámara de presión, alimentada a través de compuertas por captores invisibles. Esta doble línea narrativa —la investigación oficial y el calvario de la víctima— genera un suspenso constante, un tic-tac que recuerda al mejor Nordic Noir, aunque ahora con un giro británico.

La fuerza de Dept. Q está en su capacidad para tomar un género saturado —el procedural policial— y hacerlo vibrar de nuevo. Scott Frank no recurre a trucos baratos, sino que confía en la solidez del material original y lo amplifica con detalles de producción, un diseño visual cargado de contrastes entre el verde y el rojo, y un ritmo que sabe alternar la tensión con la humanidad.

Goode encarna a un Morck que oscila entre la arrogancia corrosiva y la vulnerabilidad desnuda, un hombre que trata mal a todos, pero al que se le intuye una herida mayor que explica sus aristas. Su relación con la psicóloga (Kelly Macdonald) aporta un inesperado respiro screwball, un duelo verbal que equilibra la oscuridad con momentos de luz. A su lado, Akram no es el típico sidekick: es motor de la acción, sombra con pasado ambiguo, un hombre cuya ductilidad contrasta con la rigidez de su jefe.

La serie también brilla al darle espacio a Merritt, interpretada por Chloe Pirrie, quien convierte la tortura del cautiverio en un relato de resistencia emocional. Su presencia en pantalla mantiene viva la otra mitad del relato, recordando que no solo seguimos a policías persiguiendo pistas, sino también a una mujer que lucha por su vida minuto a minuto.

¿Era necesaria una nueva adaptación, después de las películas danesas? Quizás no en teoría, pero Dept. Q demuestra que el formato episódico permite explorar las capas psicológicas de Carl Morck, el peso de la culpa y la lenta reconstrucción de un hombre roto. Donde el cine se quedaba en lo inmediato, aquí hay espacio para los matices, para las pausas, para el retrato de un duelo que no se resuelve con una sola investigación.

El resultado es un thriller sólido, que no reinventa el género pero lo ejecuta con tal precisión que se vuelve adictivo. Los pasillos oscuros, los silencios cargados de tensión, el peso de los secretos familiares: todo convive en esta narrativa que dialoga con la tradición del noir nórdico, pero que se atreve a teñirse con la melancolía británica.

Al final, lo que Scott Frank construye es algo más que una serie de crímenes sin resolver. Dept. Q habla de la imposibilidad de enterrar el pasado, de cómo los muertos nunca están del todo muertos mientras alguien los recuerde, y de cómo hasta el sótano más abandonado puede convertirse en el lugar donde renace la justicia.

Y si este es apenas el inicio, ojalá que el departamento Q siga desenterrando cadáveres narrativos en futuras temporadas. Porque, en un panorama televisivo saturado de thrillers, pocas veces lo familiar se siente tan vivo.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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