Like a Rolling Stone
No me pregunten la razón, pero no estaba muy interesado en Project Hail Mary, la ambiciosa adaptación del best seller de ciencia ficción escrito por Andy Weir. Más alla de la participación de tres muy buenos profesionales de la industria como son el guionista Drew Goddard (que ya había escrito otra traslación de Weir al cine en The Martian) y los directores Phil Lord y Christopher Miller, algo había en el material promocional, supongo, que no me cerraba.
Por suerte, hay pocas ocasiones más lindas de vivir para un cinéfilo, que cuando llega una película con pocas expectativas, y a la salida de la misma, quedar positivamente anonadado con lo visto, casi como un niño tras ir a un parque de diversiones.
Project Hail Mary logró eso en mí.

Ryland Grace (perfecto Ryan Gosling, cada vez más cómodo en ser una estrella de cine), profesor de ciencias de instituto secundario, se despierta en una nave espacial a años luz de la Tierra, sin recordar quién es ni cómo ha llegado hasta ahí. A medida que recupera la memoria, empieza a descubrir su misión: resolver el enigma de la misteriosa sustancia que está matando al sol. Deberá recurrir a sus conocimientos científicos y a ideas poco ortodoxas para salvar todo lo que hay en el mundo de la extinción…pero una amistad inesperada con un alienígena al que llamará Rocky, quizás signifique no tener que hacerlo solo.
Vamos a decirlo de manera simple y sencilla: Rocky es el extraterrestre más adorable que se haya visto en una pantalla de cine desde que E.T. dijo «phone home». La mención a la queridísima película de Steven Spielberg no es casualidad. Todo Project Hail Mary respira de manera spielbergiana, con ese afán perpetuo de sorpender, de divertir, y de ver las cosas de manera optimista, pase lo que pase. Probablemente, también, el contacto con seres de otros planetas no se veía de forma tan esperanzadora desde Close Encounters of the Third Kind.
Lo de Ryan Gosling es notable. Pocos actores han demostrado tanta versatilidad en los últimos 25 años: de galán romántico en The Notebook, pasando por taciturno antihéroe en Drive, volviendo al romance con giro musical en La La Land, o robándose cómicamente Barbie a base de talento y sin ningún miedo al rídículo; el actor logra en Grace un héroe totalmente empatizable por el que hacemos fuerza para que las cosas le salgan bien.
No quiero dejar de destacar a esa gigantesca actriz que es la alemana Sandra Hüller, en un rol muy ambiguo, al que la germana dota de gran complejidad, ya que nunca sabemos con claridad las intenciones de su personaje. Además, los directores Lord y Miller dejan un impagable guiño cinéfilo a Toni Erdmann, al poner a Sandra cantando en karaoke Sign of the Times, de Harry Styles, en un claro homenaje al pequeño clásico de Maren Ade.
Técnicamente, la película es una maravilla. El fotógrafo Greig Fraser sigue demostrando que es, junto a Hoyte van Hoytema, el gran iluminador del blockbuster moderno, y la decisión de usar dos formatos de relación de aspectos, para diferenciar lo sucedido en la Tierra de lo que pasa en el espacio, es muy acertado. Lo mismo se puede decir del compositor Daniel Pemberton, vital en aumentar nuestras emociones de asombro, nostalgia o calidez, mediante una sutil partitura que Lord y Miller saben muy bien como manejar.
Y de postre, para la platea rioplatense, quedan dos regalitos musicales en el tango El Amanecer, de Roberto Firpo, y la canción Gracias a la vida, de Mercedes Sosa.

Se extrañaba mucho una película como Project Hail Mary. Y creo que no tengo que mencionar las diversas situaciones internacionales que estamos viviendo, pero en tiempos oscuros, es realmente reconfortante sonreír al ver algo tan optimista y entusiasta, con esa vieja y trillada idea de «salvar el mundo».
Pero antes que eso, queremos que se salven nuestros amigos Grace y Rocky, a toda costa, porque como decía Robert Altman: «tanto en la vida como en el cine, lo único que importa, son las personas».



