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Critica a Project Hail Mary: cuando salvar al mundo se vuelve profundamente humano.

Hay un tipo de película que no se conforma con que la veas. Necesitas guiarte. Señalarte cada emoción, subrayar cada idea, asegurarse de que no te pierdas nada. Project Hail Mary es, por momentos, esa película. No porque le falten ideas propias, que las tiene y buenas, sino porque parece haberse convencido de que el espectador necesita ayuda para llegar a ellas.

Es una lástima, porque el material de base es extraordinario.

Phil Lord y Christopher Miller adaptan la novela de Andy Weir con una premisa que en teoría lo tiene todo: un hombre despierta solo en el espacio, sin memoria, rodeado de cuerpos, con una misión que podría salvar a la humanidad y sin tener la menor idea de cómo llegó ahí. Hay misterio genuino en esa situación. Hay aislamiento, amenaza existencial y una pregunta que tira del espectador desde los primeros minutos. El cine de ciencia ficción vive de ese tipo de anzuelos.

Pero el cine no vive solo de premisas. Vive de cómo se desarrollan. Y ahí es donde Project Hail Mary gana y pierde al mismo tiempo.

Ryan Gosling interpreta a Ryland Grace con una ligereza que no es superficial sino deliberada. Es un personaje que no se construye desde la heroicidad sino desde la duda, alguien que intenta descifrar lo que está ocurriendo a la misma velocidad que el espectador, sin postureo ni seguridad prestada. Gosling evita la solemnidad con cuidado casi quirúrgico. Prefiere la curiosidad. Y esa elección funciona porque hay algo honesto en ella: no impone el drama, lo descubre. Lo va encontrando en tiempo real, y eso crea una complicidad con el público que pocas interpretaciones de ciencia ficción logran.

Pero la película no siempre le da espacio para que ese descubrimiento ocurra con tranquilidad.

La narrativa alterna constantemente entre el presente en el espacio y el pasado en la Tierra, y esos flashbacks resultan ser, paradójicamente, lo mejor de la película. No solo porque aportan contexto sino porque introducen algo que la historia necesita con urgencia: otras personas. Interacción humana. En esas escenas Gosling encuentra ritmo y contraste, una energía que no siempre está presente cuando el personaje está solo frente a la nada. Es curioso que en una historia sobre aislamiento, los momentos más efectivos sean precisamente aquellos donde el protagonista no está aislado.

Sandra Hüller, a quien el cine europeo lleva dos años tratando como la actriz más interesante de su generación y con razón, aporta algo que la película necesita más de lo que reconoce. Su interpretación es contenida, casi opaca por momentos, pero nunca vacía. Hay una inteligencia particular en lo que decide no mostrar, en los silencios que se permite en un film que tiende al exceso de explicación. En una película que habla demasiado, ella introduce algo que vale oro: espacio para que el espectador interprete, para que sienta sin que le digan qué sentir.

Ese espacio es, quizás, lo que más le falta al conjunto.

Cuando la historia se instala definitivamente en el espacio y aparece Rocky, el ser extraterrestre que también busca salvar su mundo, la película da un giro que no esperabas y que resulta ser su mayor acierto. Lo que parecía un thriller de supervivencia individual se convierte en algo más raro y más interesante: una historia de amistad. Una de esas amistades improbables que el cine ha explorado muchas veces, pero que aquí tiene una textura particular porque uno de los dos amigos no tiene rostro, no tiene expresiones reconocibles, no tiene ninguno de los códigos visuales con los que normalmente leemos la emoción en pantalla.

Y aun así la conexión funciona. No gracias a los efectos visuales, sino gracias a la disposición de Gosling para actuar hacia algo que no responde de manera convencional. Hay un esfuerzo visible, casi físico, en cómo construir esa relación desde la nada. Es uno de los logros más callados de la película, y uno de los más genuinos.

El problema es que Lord y Miller parecen no confiar en ese silencio.

Dirigen con una energía que desconfía de la quietud. Cada momento emocional viene acompañado de una indicación clara, un subrayado. La música de Daniel Pemberton, expansiva y constante, funciona como un narrador que nunca descansa, señalando lo que deberías sentir en cada escena. No es que la música sea mala, es que rara vez se retira lo suficiente para dejar que la imagen respire sola. Y el cine, como la vida, necesita pausas. Necesita momentos donde no se nos diga qué pensar. Donde simplemente podamos estar.

Las secuencias más espectaculares ilustran este problema con precisión. Son visualmente impresionantes, sin duda, pero también insistentes. No invitan al asombro, lo declaran. Como si la película temiera que sin ese énfasis el espectador no reconociera su propia grandeza. Pero el asombro genuino no funciona así. El asombro ocurre cuando descubrimos algo, no cuando nos lo muestran con música de fondo y planos enfáticos. Hay una diferencia importante entre impresionar y emocionar, y la película a veces las confunde.

Esto se vuelve más evidente en el tramo final. Project Hail Mary alcanza un momento de conexión emocional real, uno que habría funcionado perfectamente como cierre, uno de esos finales que se quedan. Pero la película no termina ahí. Sigue. Añade una capa sobre otra, como si cada emoción necesita ser reforzada, verificada, confirmada. El resultado es paradójico: cuanto más se esfuerza en asegurarse de que sientas algo, menos espacio deja para que ese sentimiento crezca por sí mismo.

Y sin embargo sería deshonesto ignorar lo que la película sí logra.

Porque en su núcleo hay una idea que vale mucho: que la curiosidad puede ser una forma de empatía. Que entender al otro no es solo un ejercicio intelectual sino un acto emocional, uno que requiere paciencia y disposición a equivocarse. Que incluso en las circunstancias más absurdas e improbables, la conexión entre dos seres es posible si ambos están dispuestos a intentar.

Hay una serie de pequeños momentos donde dos seres intentan comunicarse sin compartir ningún lenguaje. Es torpe. Es lento. Es imperfecto. Y es exactamente por eso que funciona, porque refleja algo verdadero sobre cómo nos entendemos, o intentamos entendernos, los unos a los otros. Esos momentos son los mejores de la película. Los más honestos. Los que merecen quedarse.

Project Hail Mary es una película que quiere decir muchas cosas. Algunas las dice bien. Otras las dice tan fuerte que se tapan a sí mismas. Pero entre todo ese ruido hay destellos de algo genuino, momentos donde deja de explicar y empieza a sentir, donde la ciencia ficción se convierte en lo que siempre fue en sus mejores versiones: una forma de hablar sobre lo humano usando lo imposible como excusa.

Quizás no es suficiente para convertirla en una película que recordaremos por las razones correctas. Pero sí lo es para recordarnos algo que vale la pena recordar: que incluso en el vacío del espacio, lo más importante no es sobrevivir.

Es encontrar a alguien que responda cuando hablamos.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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