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Crítica de Hoppers: Pixar regresa con una aventura ecológica llena de humor y corazón.

Durante años Pixar fue el estudio que parecía entender mejor que nadie algo fundamental del cine: que las historias animadas podían ser tan emocionalmente complejas como cualquier drama adulto. Películas como Toy Story, Ratatouille, Up o Inside Out demostraron que la animación no era un género, sino un lenguaje. Sin embargo, en los últimos años el estudio ha vivido una etapa irregular, oscilando entre secuelas seguras y originales que no siempre logran conectar con el público.

Hoppers, dirigida por Daniel Chong, llega en ese contexto. Y lo sorprendente es que, contra todo pronóstico, logra capturar nuevamente la esencia de lo que hizo grande a Pixar: personajes entrañables, humor inteligente, aventura vibrante y una historia que habla de emociones humanas muy reales.

La premisa es tan extraña como irresistible. Mabel Tanaka, una estudiante universitaria obsesionada con proteger la naturaleza, decide usar una tecnología experimental que le permite transferir su conciencia a un robot con forma de castor. Su objetivo es infiltrarse en el mundo animal y encontrar una manera de salvar un humedal amenazado por la construcción de una autopista.

Lo que podría haber sido simplemente una excusa para una comedia familiar termina convirtiéndose en algo más interesante: una historia sobre empatía, pérdida y la dificultad de encontrar nuestro lugar dentro de un mundo que a veces parece moverse demasiado rápido.

Pixar siempre ha tenido una habilidad particular para construir protagonistas imperfectos. Woody era celoso. Marlin era sobreprotectora. Joy en Inside Out tenía miedo de la tristeza. Mabel entra en esa tradición como una joven marcada por la ira. Desde niña se rebela contra las injusticias que percibe en el mundo, desde animales encerrados en jaulas hasta proyectos urbanísticos que amenazan ecosistemas completos.

Pero la película no romantiza esa rabia. Al contrario, la cuestiona.

El recuerdo de su abuela, quien le enseñó a observar la naturaleza con paciencia y calma, funciona como el eje emocional de la historia. En una de las escenas más sencillas y hermosas del filme, la abuela le dice que es difícil seguir enojado cuando uno se siente parte de algo más grande. Esa idea se convierte en el corazón temático de la película.

Cuando Mabel finalmente se infiltra en el ecosistema como un castor mecánico, el filme cambia de registro. La historia se transforma en una especie de fábula contemporánea donde los animales poseen su propia sociedad, sus reglas y su política interna. Allí aparece George, un optimista líder animal que cree firmemente en la cooperación entre especies.

Ese universo animal es uno de los mayores logros del filme. Pixar ha demostrado muchas veces su capacidad para construir mundos completos dentro de sus historias, desde la cocina hiperrealista de Ratatouille hasta el México espiritual de Coco. Aquí el ecosistema del humedal funciona casi como una pequeña civilización, con jerarquías, alianzas y conflictos.

La película encuentra gran parte de su humor en el choque cultural entre la mentalidad humana de Mabel y la lógica del mundo animal. Mientras ella intenta imponer una visión idealista de convivencia pacífica, los animales viven bajo reglas más pragmáticas. En ese mundo, la cadena alimenticia no es una metáfora sino una realidad.

El guión maneja estos contrastes con una ligereza que recuerda a los mejores momentos del estudio. Hay chistes absurdos, momentos de acción muy bien coreografiados y personajes secundarios que aportan una energía constante a la historia.

Pero lo que realmente distingue a Hoppers es su ambición temática.

A diferencia de muchas películas familiares recientes que reducen sus mensajes a moralejas simples, esta historia intenta abordar cuestiones más complejas. El conflicto entre desarrollo urbano y preservación ambiental aparece constantemente en la narrativa. El alcalde de la ciudad, decidido a construir una autopista a través del humedal, representa una visión del progreso basada en infraestructura y crecimiento económico.

Sin embargo, la película evita convertirlo en un villano caricaturesco. Su postura también nace de una preocupación por la comunidad humana que gobierna. Esa ambivalencia le da al conflicto una dimensión más interesante.

El mensaje ecológico de la película es claro, pero nunca se vuelve sermoneador. En lugar de presentar la naturaleza como un paraíso perfecto o a los humanos como destructores inevitables, la historia sugiere que el verdadero problema es la desconexión entre ambos mundos.

En ese sentido, la experiencia de Mabel dentro del cuerpo del castor funciona como una metáfora poderosa. Sólo cuando abandona su perspectiva humana puede comprender realmente la complejidad del ecosistema que intenta proteger.

Visualmente, Hoppers también destaca dentro del catálogo reciente de Pixar. Los animadores optan por un estilo ligeramente más caricaturesco que el hiperrealismo que el estudio ha explorado en otras producciones. Esa decisión funciona especialmente bien en las escenas dentro del mundo animal, donde las expresiones y movimientos de los personajes adquieren una cualidad casi teatral.

El diseño del humedal es particularmente impresionante. La vegetación, el agua y las estructuras naturales construidas por los castores transmiten una sensación de textura y vida que hace que el entorno se sienta tangible.

Las secuencias de acción también están entre las más dinámicas que Pixar ha producido en años. Desde persecuciones caóticas entre especies rivales hasta momentos de auténtico absurdo visual, como ataques aéreos improvisados con aves, la película encuentra constantemente nuevas formas de sorprender.

Sin embargo, Hoppers no está libre de problemas. En su intento por abordar múltiples temas —ecología, duelo, activismo juvenil, cooperación entre especies,  la historia a veces se dispersa. Algunos conflictos se resuelven con rapidez, mientras que otros quedan apenas esbozados.

También hay momentos en los que el humor parece inclinarse hacia la fórmula familiar estándar de la animación contemporánea. Referencias culturales, guiños a otras películas y pequeñas explosiones de caos visual aparecen con frecuencia, como si el filme temiera quedarse demasiado tiempo en silencio.

Pero incluso con esas irregularidades, la película logra algo que muchas producciones recientes no consiguen: generar un verdadero vínculo emocional con su protagonista.

Al final, Hoppers no es solo una historia sobre salvar un humedal o detener una autopista. Es una historia sobre aprender a transformar la rabia en comprensión. Sobre entender que formar parte de un mundo más grande implica escuchar tanto como actuar.

Puede que no alcance la perfección de los clásicos de Pixar, pero sí demuestra que el estudio todavía es capaz de contar historias que combinan imaginación, humor y sensibilidad.

Y en tiempos donde la animación comercial suele apostar por fórmulas cada vez más seguras, eso ya es bastante.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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