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Crítica de Scream 7: el regreso de Sidney Prescott no logra salvar la saga.

Hay algo particularmente triste en ver cómo una franquicia que alguna vez redefinió el cine de terror termina convertida en una sombra de sí misma. Scream 7 llega envuelta en nostalgia, promesas de regreso a las raíces y el atractivo del retorno de Sidney Prescott, pero lo que entrega es un capítulo sorprendentemente vacío. Más que un homenaje al legado de Wes Craven, la película se siente como un eco distante de lo que alguna vez hizo especial a esta saga.

Desde su origen en 1996, Scream fue mucho más que un slasher. Fue un comentario sobre el género, una reflexión sobre sus propias reglas y una celebración del cine de terror en todas sus formas. Kevin Williamson y Wes Craven entendieron que el secreto no era simplemente reproducir los clichés del género, sino exponerlos, analizarlos y jugar con ellos frente al espectador. Esa mezcla de terror, humor negro y meta-comentario convirtió a la saga en un fenómeno cultural.

Pero Scream 7 parece olvidar esa lección fundamental.

La película intenta recrear los elementos clásicos que hicieron famosa a la franquicia: la escena inicial con una víctima desprevenida, el regreso de personajes conocidos, el misterio sobre la identidad de Ghostface y, por supuesto, el inevitable giro final. Sin embargo, todo se siente como una repetición mecánica, un ejercicio de nostalgia que reproduce momentos familiares sin comprender por qué funcionaban en primer lugar.

La escena de apertura, ambientada en la icónica casa de Stu Macher, debería ser un guiño emocionante para los fanáticos de la saga. En cambio, se prolonga demasiado y carece de la tensión que caracteriza a los primeros filmes. Donde antes había suspense, ahora hay una sensación de rutina. La muerte llega, como siempre, pero sin la precisión ni la ironía que Wes Craven imprimía a cada asesinato.

El problema de Scream 7 no es que intente mirar hacia el pasado. La saga siempre ha sido consciente de su historia. El problema es que aquí la nostalgia sustituye completamente a la creatividad.

Tras el caos narrativo que rodeó la producción, incluyendo cambios de guión, salidas inesperadas del elenco y el regreso de Neve Campbell como intento de estabilizar el proyecto, la película parece un rompecabezas armado a última hora. Cada escena transmite la sensación de que el guión fue modificado una y otra vez hasta perder cualquier coherencia temática.

El regreso de Sidney Prescott debería ser el corazón emocional del filme. Durante décadas, Sidney ha sido una de las grandes heroínas del cine de terror: una sobreviviente que enfrentó la violencia con inteligencia y resistencia. Aquí, sin embargo, su presencia parece más simbólica que narrativa. Sidney está allí porque el público la reconoce, pero la película nunca encuentra una forma convincente de integrar en una historia que realmente la necesite.

En su lugar, el relato intenta introducir una nueva generación de personajes jóvenes que claramente buscan replicar la dinámica del elenco original. El problema es que ninguno logra adquirir una personalidad memorable. Donde antes había personajes definidos, la inteligencia cinéfila de Randy, la determinación de Sidney o la ambición mordaz de Gale Weathers, ahora encontramos figuras que parecen diseñadas únicamente para cumplir funciones dentro del guión.

La propia Tatum Evans, hija de Sidney, parece destinada a convertirse en la nueva protagonista de la saga. Pero el guión nunca le concede el espacio necesario para construir una identidad propia. La cámara la observa, la sitúa en situaciones peligrosas, pero rara vez permite que el personaje evolucione más allá del concepto de “la hija de Sidney Prescott”.

Incluso cuando Courteney Cox reaparece como Gale Weathers, la película cobra momentáneamente vida. Su presencia recuerda inmediatamente la energía que falta en el resto del elenco. Gale siempre fue el personaje más afilado de la saga, una periodista capaz de manipular la narrativa tanto dentro como fuera de la historia. Sin embargo, incluso ella termina perdiéndose en una trama que no sabe muy bien hacia dónde dirigirse.

En términos visuales, Scream 7 tampoco logra destacar. El estilo de dirección carece del dinamismo que caracteriza a las películas de Craven. Muchas escenas están filmadas con una iluminación oscura y plana, una estética que se ha vuelto común en el cine contemporáneo pero que aquí termina diluyendo la tensión en lugar de intensificarla.

Las secuencias de asesinatos tampoco alcanzan el impacto esperado. Mientras que los primeros filmes de la saga equilibraba violencia con humor macabro y suspense, aquí los crímenes se sienten más brutales que ingeniosos. El resultado es una violencia que sorprende menos de lo que debería.

Paradójicamente, la película intenta introducir elementos modernos como inteligencia artificial y manipulación digital para actualizar el mito de Ghostface. Sobre el papel, la idea podría haber ofrecido una reflexión interesante sobre la paranoia tecnológica de la era contemporánea. En la práctica, estos temas aparecen apenas esbozados, como si el guión los mencionara por obligación pero sin intención real de explorarlos.

El resultado es un filme que parece constantemente al borde de una idea interesante, pero que nunca termina de desarrollar.

Quizás el momento más revelador de Scream 7 llega hacia su final, cuando el misterio sobre la identidad del asesino finalmente se resuelve. En lugar de sorprender o reinterpretar las reglas del género, la revelación se siente apresurada y predecible. La saga que alguna vez reinventó el slasher ahora parece conformarse con repetir sus fórmulas más básicas.

Y eso es lo que hace que esta entrega resulte tan frustrante.

Porque el problema de Scream 7 no es simplemente que sea una película mediocre. Es que pertenece a una franquicia que alguna vez fue brillante. Cada escena recuerda lo que la saga solía ser capaz de hacer: jugar con el género, desafiar al espectador, encontrar humor en medio del horror.

Nada de eso desaparece completamente aquí, pero todo aparece diluido.

Al final, lo más irónico de Scream 7 es que intenta regresar al origen de la franquicia sin comprender que el verdadero espíritu de Scream siempre fue mirar hacia adelante. Wes Craven y Kevin Williamson nunca repitieron la misma película dos veces; cada entrega exploraba nuevas reglas del cine de terror.

Esta séptima entrega, en cambio, parece contentarse con repetir las antiguas.

Y en una saga que siempre trató sobre la evolución del género, eso se siente como la traición más grande de todas.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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