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Critica a Peaky Blinders: The Immortal Man (2026) de Tom Harper

Peaky Blinders: The Immortal Man llega con el peso inevitable de una despedida que no parece querer ser definitiva. Después de seis temporadas construyendo un universo reconocible por su estética, su ritmo y su figura central, la transición al cine no busca transformar ese lenguaje sino prolongarlo. Lo que propone la película no es una expansión, sino una extensión emocional de lo que ya existía.

La historia retoma a Tommy Shelby en 1940, en un momento donde la guerra ha dejado de ser un ruido de fondo para convertirse en una presencia concreta. Pero más allá del conflicto histórico, lo que define este punto en su vida es el desgaste. Tommy ya no es el estratega frío que calculaba cada movimiento desde las sombras de Birmingham. Es un hombre que ha acumulado pérdidas, que vive aislado, que parece más habitado por sus recuerdos que por cualquier propósito inmediato. La película no lo presenta como una figura en ascenso, sino como alguien que ya ha llegado demasiado lejos como para encontrar consuelo en lo que construyó.

Cillian Murphy entiende ese cambio y lo interpreta desde la contención. Su Tommy es menos verbal, más introspectivo, más consciente de lo que ha perdido que de lo que aún puede controlar. La mirada sigue siendo penetrante, pero ahora parece cargada de una fatiga que no estaba antes. No hay necesidad de exagerar gestos ni de subrayar emociones. Todo está en la forma en que ocupa el espacio, en cómo reacciona más que en lo que dice.

El conflicto que lo obliga a regresar no es simplemente una amenaza externa, sino algo más cercano. Su hijo ha heredado el nombre de los Peaky Blinders, pero no su disciplina. La película plantea una tensión generacional que no se construye desde el sentimentalismo, sino desde la incomodidad. El legado, aquí, no es una herencia noble, sino un peso que se deforma con el tiempo. Barry Keoghan interpreta a ese nuevo líder con una energía distinta, menos calculada, más impredecible, lo que crea un contraste interesante con la precisión casi quirúrgica de Murphy.

Steven Knight mantiene el control del tono a través del diálogo, que sigue siendo uno de los pilares del universo Peaky Blinders. No hay prisa en la forma en que se desarrollan las escenas. La película confía en la palabra, en la pausa, en la tensión que se genera entre personajes que no necesitan elevar la voz para imponerse. Esa elección le da al film una identidad clara, aunque también limita su dinamismo en ciertos momentos.

Visualmente, la película se mantiene fiel a la estética de la serie. Los espacios están dominados por sombras, humo y una paleta de colores apagados que refuerza la sensación de un mundo en decadencia. No hay intención de reinventar el lenguaje visual, sino de conservarlo. Eso puede ser visto como una virtud o como una limitación, dependiendo de la expectativa con la que se entre a la película. Para quienes conocen la serie, hay una continuidad que resulta cómoda. Para quienes llegan por primera vez, puede sentirse como un universo que ya estaba en movimiento antes de que ellos entraran.

Rebecca Ferguson aporta una presencia que equilibra esa densidad. Su personaje introduce una energía distinta, más contenida pero igualmente firme, que funciona como contrapunto dentro de un mundo dominado por hombres que operan desde la violencia o el control. Tim Roth, por su parte, cumple como antagonista, aunque su construcción no alcanza el nivel de complejidad que otros villanos de la serie lograron en el pasado. Está presente como una amenaza funcional, pero no redefine el conflicto.

La película también lidia con ausencias que no pasan desapercibidas. Personajes que fueron fundamentales en la serie no están aquí, y aunque la narrativa intenta integrar esas pérdidas dentro del desarrollo de Tommy, hay una sensación de vacío que se siente más allá de la historia. No es solo una cuestión de continuidad, sino de cómo esas ausencias afectan el peso emocional de lo que ocurre.

A pesar de eso, la película encuentra momentos donde todo se alinea. No son necesariamente las escenas más grandes ni las más cargadas de acción, sino aquellas donde el personaje se enfrenta a sí mismo. Hay una insistencia en mostrar a Tommy no como un símbolo, sino como alguien que está llegando al final de un recorrido que nunca le ofreció verdadera paz.

El ritmo, en general, es contenido. No hay una búsqueda constante de espectáculo, y eso permite que la película respire en ciertos momentos. Sin embargo, también genera una sensación de irregularidad, como si algunas partes se desarrollaran con más convicción que otras. El equilibrio entre introspección y avance narrativo no siempre es preciso, y hay tramos donde la historia parece detenerse más de lo necesario.

Lo que sostiene la experiencia no es la trama en sí, sino la presencia acumulada de todo lo que vino antes. La película funciona mejor cuando se entiende como un epílogo que como una obra independiente. No intenta redefinir a Tommy Shelby, sino observar en un momento donde ya no queda mucho por conquistar.

Al final, lo que queda no es una sensación de cierre definitivo, sino de continuidad emocional. La película no ofrece respuestas contundentes ni busca resolver todos los conflictos de manera absoluta. Prefiere quedarse en un espacio más ambiguo, donde el personaje sigue siendo fiel a sí mismo, incluso cuando todo a su alrededor ha cambiado.

Es una propuesta que puede sentirse limitada en ambición, pero que encuentra valor en su honestidad. No intenta ser más grande de lo que es, y en ese gesto hay una coherencia con el propio recorrido del personaje. Tommy Shelby no necesita demostrar nada a estas alturas. La película tampoco.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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