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Crítica de 28 Years: The Bone Temple de Nia DaCosta (2026).

Lo más difícil de digerir de 28 Years: The Bone Temple no es su violencia, ni su brutalidad, ni siquiera su pesimismo radical. Es su sensación de vacío. Como segunda parte de una nueva trilogía, o cuarta entrega de una franquicia que nunca ha sido complaciente, la película de Nia DaCosta carga con el peso de ser un puente narrativo. Y, sin embargo, ese carácter transitorio no la debilita: la define.

Si la anterior entrega dirigida por Danny Boyle había sorprendido con un giro hacia una fábula infantil pervertida, vista a través de los ojos de Spike, aquí desaparece cualquier rastro de inocencia. El mundo ya no es un espacio para la contemplación del horror, sino para su explotación abierta. DaCosta no reinventa la saga; la intensifica. Eleva el tono, la sangre y la desesperanza hasta niveles incómodos, casi insoportables.

Spike regresa atrapado en una secta liderada por Jimmy Crystal, figura mesiánica y grotesca, rodeada de seguidores que comparten su nombre y su devoción enfermiza. Vestidos con chándales y pelucas rubias imposibles, estos “apóstoles” convierten la violencia en rito. La secuencia del combate en la piscina abandonada es una declaración de intenciones: cámara nerviosa, golpes secos, gritos que resuenan en un espacio donde antes hubo risas infantiles. Spike sobrevive, pero no se salva. En este universo, sobrevivir es apenas otro modo de condena.

El guion de Alex Garland oscila entre el viaje infernal del joven y la rutina excéntrica del doctor Ian Kelson, interpretado por Ralph Fiennes. Ian vive en un refugio bajo un osario monumental, escuchando vinilos y estudiando a Samson, un infectado que responde a sedantes y muestra destellos de conciencia. Estas escenas, casi contemplativas, contrastan con la brutalidad del resto del relato. Por momentos, la película se convierte en un extraño encuentro entre ciencia y delirio, donde la humanidad parece un recuerdo distante.

La estructura narrativa es fragmentaria. No hay impulso clásico hacia la catarsis. Los personajes no están diseñados para generar empatía inmediata, sino para encarnar estados de agotamiento moral. Spike es un recipiente de trauma. Jimmy Crystal, un adolescente detenido en la rabia. Ian, un humanista que intenta sostener un código ético en un mundo que lo ha olvidado. El vacío no es un defecto de guion; es el diagnóstico.

DaCosta entiende que, después de veintiocho años de devastación, la esperanza no puede presentarse como consuelo fácil. Cada destello de bondad se extingue rápidamente. La película no construye héroes ni villanos absolutos, sino figuras atrapadas en una dialéctica entre fe y nihilismo. Mientras la secta encuentra sentido en una mitología oscura, Ian mantiene una lealtad obstinada a la ética médica. Ambos caminos parecen igualmente frágiles.

Visualmente, la película combina crudeza y espectáculo. Hay secuencias de violencia explícita que no buscan glorificar el caos, sino subrayar su banalidad. DaCosta filma con una frialdad calculada, dejando que la brutalidad se imponga sin adornos innecesarios. Al mismo tiempo, introduce momentos de teatralidad casi operística, como la escena del mosh pit incendiario con música de Iron Maiden, donde religión y espectáculo se funden en una coreografía delirante.

Ralph Fiennes aporta una capa inesperada de humor seco y humanidad. Su interpretación equilibra la severidad temática, recordándonos que incluso en el abismo puede existir ironía. Sin él, la película correría el riesgo de colapsar bajo su propio peso conceptual. Con él, el relato encuentra una vibración emocional que la acerca al nivel de sus predecesoras.

El discurso religioso es directo, a veces demasiado explícito. Garland no se esconde tras metáforas sutiles. Plantea preguntas abiertas sobre la ausencia de Dios en un mundo convertido en infierno, o sobre la responsabilidad humana en esa transformación. La película sugiere que la elección ya no es entre bien y mal, sino entre versiones degradadas de ambos.

El desenlace introduce un cameo que altera el tono. Tras un viaje tan oscuro, el atisbo de continuidad narrativa se siente casi reconfortante, y tal vez demasiado amable. Uno desearía que la película hubiera mantenido la frialdad hasta el último fotograma. Sin embargo, esa concesión parece pensada como parte de un diseño mayor, una promesa de que el siguiente capítulo revertirá cualquier ilusión de alivio.

The Bone Temple no busca complacer. Es una secuela incómoda, áspera y deliberadamente hueca. Pero en ese vacío reside su fuerza. No ofrece redención, sino confrontación. No entrega respuestas, sino preguntas que resuenan más allá del metraje. En un panorama de franquicias que repiten fórmulas, DaCosta se atreve a insistir en la incomodidad.

Quizás no alcance la sorpresa del primer filme ni la coherencia del segundo, pero su ambición temática y su dureza estética la convierten en una pieza relevante dentro del universo iniciado por Boyle. Es una obra que incomoda porque no concede alivio. Y en tiempos donde el entretenimiento suele suavizar sus bordes, esa decisión es, paradójicamente, su gesto más honesto.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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