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Dead Man’s Wire: Gus Van Sant convierte un secuestro real en sátira criminal setentera.

Hay historias reales que ya vienen filmadas. No porque tengan estructura perfecta, sino porque su simple existencia parece una provocación para el cine. La de Tony Kiritsis es una de esas: febrero de 1977, Indianápolis, una hipoteca, una rabia que se vuelve performance, y una “máquina” casera que ata a secuestrador y rehén con una lógica de destino. Un arma al cuello. Un cable como sentencia. Un espectáculo de 63 horas retransmitido por radio y televisión. Si esto no es cine, es porque el cine todavía no se ha enterado.

Por eso duele un poco el punto de partida de Gus Van Sant en Dead Man’s Wire: en lugar de exprimir el componente existencial y delirante de la historia, elige el camino de la comedia negra suave, con estética setentera, ironía pop y una simpatía bastante explícita hacia el “pequeño hombre” que se rebela contra los poderosos. La película entretiene, sí. Tiene ritmo, tiene color, tiene actores jugando a lo grande. Pero también carga con una incomodidad que no desaparece, aunque el film intenta taparla con un bigote bonito y una canción combativa en los créditos.

La primera decisión del film es de tono. No empieza como tragedia ni como thriller opresivo, sino como una especie de sátira criminal que mira el absurdo con ojos de “esto es demasiado loco para tomárselo solemne”. Y esa elección define todo lo que viene después: Van Sant no busca el pánico, busca la mordida. No quiere que sudes, quiere que te rías y luego, quizá, que te sientas un poco culpable por reírte.

Bill Skarsgård interpreta a Kiritsis como un hombre que planeó todo durante semanas y aun así conserva una torpeza casi adorable. Hay un detalle que resume el enfoque: su incapacidad para manejar el radio policial y terminar activando la sirena como si fuera un payaso con dinamita. Skarsgård, con ese magnetismo medio reptiliano que siempre trae, convierte a Tony en un protagonista con aura de mito urbano, más cerca de un anti héroe sexy que de un tipo realmente peligroso. Y ahí surge la pregunta incómoda, la que el film evita enfrentar de lleno: ¿cuánto de esta historia se vuelve “cool” solo porque el cine decide iluminar así?

La película recorta el delirio conspiranoico del caso real hasta dejarlo en un nivel funcional, lo suficiente para sostener la fantasía Robin Hood sin que se derrumbe por completo. Es una maniobra narrativa inteligente, pero también estratégica: elimina lo más desagradable, lo más errático, lo menos vendible. Y al hacerlo, convierte una psique perturbada en un personaje de comedia criminal con discurso anti elitista listo para ser aplaudido.

El reparto secundario, por su parte, parece diseñado para reforzar la balanza moral del film con un trazo grueso. Al Pacino aparece como el patriarca del poder financiero, y su presentación es un golpe bajo deliberado: un tipo de lujo, caprichoso, irritante, fácil de odiar desde la primera escena. No es un personaje, es una señal de tránsito: aquí está el villano estructural. Colman Domingo, con voz que podría venderte un apocalipsis y hacer que suene sensual, funciona como el mediador radiofónico que vuelve todo aún más espectáculo. Su presencia subraya el tema más interesante de la película: no solo el crimen, sino la transmisión del crimen, el modo en que la violencia se vuelve contenido, y el modo en que el público se siente parte de la historia solo por escucharla.

Ahí es donde Dead Man ‘s Wire realmente vibra. Cuando se concentra en la relación entre el hecho y su eco mediático. Cuando muestra cómo una crisis íntima se convierte en show nacional. Cuando sugiere que la televisión no solo informa, también fabrica mitos en tiempo real. Hay algo perversamente actual en eso, incluso si la película está disfrazada de 1977 con paneles de madera, estudios de TV viejos y policías que todavía parecen improvisar el manual.

Pero el film se mete en terreno resbaladizo cuando decide posicionarse, sin demasiado rubor, del lado del secuestrador como figura de “rebelión”. En un contexto contemporáneo donde la violencia contra figuras de poder puede ser celebrada por segmentos del público, esta mirada suena menos transgresora y más perezosa. No por moralismo, sino por falta de complejidad. Una cosa es mostrar el resentimiento social, otra es convertirlo en mercancía simpática. La película intenta salir del problema por la puerta del estilo, como si el pastiche setentero y la comedia pudieran desactivar el dilema ético. A veces lo logra. A veces no.

Porque la idea del “Dead man ‘s wire” no es graciosa. Es horror puro. La mecánica misma es una filosofía: si yo caigo, tú caes. Si me quitas, te quito. Es el capitalismo emocional llevado al extremo, una negociación con el universo basada en chantaje. Y el film, aunque juega con eso, rara vez se detiene a sentirlo como tragedia. Prefiere el tono de travesura criminal, la marcha del protagonista atravesando cordones policiales como si estuviera en un desfile. Es cine que se siente ligero a pesar de su núcleo monstruoso.

Van Sant, que ha sido brillante cuando filma la violencia con gravedad silenciosa, aquí parece más interesado en conversar con el cine americano, con ecos de Dog Day Afternoon, con la estética de la época, con guiños que hacen que el espectador cinéfilo sonría. Y esa sonrisa, otra vez, es el problema y el encanto. El film es ágil, tiene escenas que funcionan, con energía. Pero también te deja pensando en la versión alternativa que pudo existir, una más sucia, más incómoda, menos complaciente.

Por eso la película se siente como un buen rato con remordimiento incluido. Te ríes, te atrapa, te entretiene. Y luego te preguntas por qué te entretuvo. Te preguntas quién gana cuando una historia de desesperación y violencia se empaqueta como comedia de rebeldía. Te preguntas si el film está criticando el espectáculo o si, sin querer, se convierte en parte de él.

Al final, Dead Man ‘s Wire funciona mejor cuando se asume como lo que es: una sátira criminal con encanto formal, interpretaciones sólidas y un sentido de época muy logrado. No es una gran película sobre la historia que cuenta, porque evita el filo más doloroso del caso. Pero sí es una película viva, con pulsación, con conversación posterior garantizada. Y en un paisaje de cine cada vez más pulido y menos arriesgado, eso ya es algo. Solo que, en este caso, uno sale pensando lo mismo que piensa un espectador después de una broma demasiado buena sobre un tema demasiado oscuro: me reí, sí, pero… ¿de qué exactamente?

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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