miércoles, marzo 18, 2026
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Crítica: ‘The Housemaid’; thriller doméstico exagerado que vive del exceso.

The Housemaid es, en el fondo, una película que sabe exactamente qué tipo de entretenimiento quiere ser y no aspira a mucho más. Un thriller doméstico exagerado, retorcido, con pulsiones de telefilme elevado, que intercambia sutileza por giros y ambigüedad psicológica por espectáculo emocional. Lo curioso es que, aun con todas sus limitaciones, funciona lo suficiente como para mantener la atención, principalmente gracias a una actuación que se sale del molde y arrastra consigo al resto del relato.

La historia parte de un punto ya familiar: Millie, una joven en situación precaria, acepta un trabajo como empleada doméstica en una mansión que promete estabilidad, pero que pronto revela dinámicas enfermizas de poder, deseo y control. Nada de esto es nuevo. El cine y la literatura han explotado hasta el cansancio la figura de la asistenta como observadora, intrusa o amenaza latente dentro del hogar burgués. The Housemaid no intenta reinventar ese arquetipo; lo reproduce con conciencia y lo empuja hacia el exceso.

Sydney Sweeney interpreta a Millie desde un registro de ingenuidad casi programática. Es una presencia contenida, siempre ligeramente fuera de lugar, diseñada para generar empatía inmediata. Su fragilidad social. una joven que vive en su automóvil, que oculta un pasado carcelario, que necesita desesperadamente un techo, es el ancla moral inicial del film. El problema es que esa fragilidad nunca termina de transformarse en complejidad. Millie es más una función narrativa que un personaje plenamente desarrollado. Sirve para que la historia avance, para que otros se proyecten sobre ella, pero rara vez parece tomar el control real de su propio arco.

Esa debilidad se hace más evidente cuando la película exige un registro dramático más intenso. Sweeney maneja bien la inocencia, la tensión silenciosa, el desconcierto, pero tropieza cuando el guión le pide capas más oscuras o decisiones morales contundentes. No es tanto un fallo de la actriz como del diseño del personaje, que parece atrapado entre dos versiones incompatibles: víctima pasiva y agente revelador del caos.

Donde The Housemaid encuentra su verdadera energía es en Nina Winchester, interpretada por Amanda Seyfried con una entrega tan desmedida como calculada. Su actuación es camp, impredecible, incómoda y, por momentos, fascinante. Seyfried entiende que la película necesita un centro de gravedad desquiciado para no colapsar bajo el peso de sus clichés, y se lanza sin red. Nina es una mujer al borde del colapso, pero también una construcción performativa: nunca sabemos si está fingiendo, manipulando o simplemente perdiendo el control.

Hay algo deliberadamente antinatural en su presencia. Cada escena con Nina parece diseñada para generar incertidumbre, no solo sobre lo que hará después, sino sobre cómo debemos leerla. ¿Es víctima? ¿Es villana? ¿Es ambas cosas al mismo tiempo? Seyfried juega con esa ambigüedad de forma casi lúdica, evocando cierto cine de suspense clásico donde el exceso emocional era parte del atractivo y no un defecto a corregir.

Brandon Sklenar, como Andrew, ocupa un territorio intermedio igualmente resbaladizo. Su personaje se presenta como el marido comprensivo, el hombre razonable atrapado entre dos mujeres, pero el film se encarga de erosionar esa imagen poco a poco. Sklenar aporta una simpatía engañosa, una calidez que invita a confiar en él incluso cuando las señales empiezan a indicar lo contrario. No es una interpretación profunda, pero sí eficaz dentro del juego de máscaras que propone la película.

Paul Feig, un director más asociado a la comedia abierta que al thriller psicológico, opta aquí por no distanciarse del material. No hay ironía ni relectura crítica del género. The Housemaid se toma a sí misma en serio, incluso cuando roza lo ridículo. Y ese es uno de sus mayores problemas y, al mismo tiempo, una de sus extrañas virtudes. La película no se ríe de su propio exceso; lo abraza.

El guión, adaptado de la novela de Freida McFadden, conserva la lógica del “thriller doméstico” de consumo rápido: giros constantes, revelaciones diseñadas para sorprender más que para profundizar, personajes que funcionan como piezas de un mecanismo antes que como sujetos complejos. El problema surge cuando esos giros se acumulan sin consecuencias reales. Hay violencia, humillación, escenas diseñadas para incomodar, pero pocas dejan huella narrativa. Las heridas aparecen y desaparecen. Los traumas se sugieren y luego se abandonan.

El ático, espacio simbólico por excelencia, funciona como metáfora de encierro y control, pero la película no explora sus implicaciones más allá de lo literal. Lo mismo ocurre con la dimensión de clase. Millie representa a una nueva precariedad estadounidense, personas que aún conservan ciertos signos de normalidad mientras viven al margen, pero esa condición solo se utiliza como motor del suspense, no como objeto de reflexión. La desigualdad se muestra, pero no se interroga.

En términos de ritmo, The Housemaid sufre de una duración excesiva para el tipo de historia que cuenta. Con más de dos horas, el misterio se estira hasta el punto de volverse predecible una vez que las cartas comienzan a revelarse. Cuando el film abandona la ambigüedad y se inclina hacia explicaciones claras, pierde gran parte de su atractivo. El espectador ya no se pregunta quién es el verdadero monstruo; solo espera el siguiente giro.

Aun así, hay que reconocerle algo: la película es consciente de su condición de entretenimiento exagerado. No pretende ser una disección profunda del poder doméstico ni una actualización radical del thriller psicológico. Funciona más como una versión pulida y violenta de un telefilme, con mayor presupuesto, mayor libertad formal y una actuación central que eleva el material.

Al final, The Housemaid no es una buena película, pero sí una experiencia curiosamente efectiva. Se ve con una mezcla de fascinación y desconcierto, como si uno supiera que está frente a algo defectuoso pero no pudiera apartar la mirada. Lo que permanece no es la historia de Millie, ni siquiera el misterio, sino la imagen de Nina, encarnada por Amanda Seyfried con una intensidad que desborda el propio film.

Es ella quien se queda en la memoria. No porque la película la comprenda del todo, sino porque la actriz la convierte en algo más grande que el guión que la contiene. Y en un thriller doméstico que no aspira a transformar el género, eso ya es suficiente.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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