domingo, marzo 15, 2026
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Critica a Sirât – Techno en la arena, el fin del mundo en la radio

Hay películas que te piden silencio. Sirât, de Óliver Laxe, te pide otra cosa: cuerpo. Te pide oído, piel, respiración. Y sobre todo, te pide paciencia para entrar en un ritmo que no es el del cine “funcional” —ese que te da información, conflicto, giro, resolución— sino el de una experiencia. Una vibración. Un trance. Como si el film te agarrara por la nuca y te dijera: aquí no viniste a entenderlo todo, viniste a atravesarlo.

La primera imagen es una declaración de principios: manos curtidas levantando altavoces gigantes en medio de una llanura marroquí. No hay prisa. No hay explicación. Solo trabajo, peso, tiempo. Y luego, cuando el beat arranca, el plano ya no mira un evento: mira un rito. Los créditos pasan sobre cuerpos sudados que bailan como si el mundo tuviera solución. El cine de Laxe siempre ha tenido una relación rara con lo espiritual, pero aquí lo hace eléctrico: el misticismo llega por el subgrave, no por el incienso.

En ese paisaje aparece Luis (Sergi López), casi sesentañero, buscando a su hija desaparecida junto a su hijo pequeño Esteban. Es un punto de partida simple, casi clásico: padre e hijo en misión. Pero Sirât no está interesada en contarte una historia “de búsqueda” como quien sigue migas de pan. Ese marco narrativo existe —y funciona—, pero pronto se entiende que es un esqueleto frágil para sostener algo más grande: una travesía hacia lo abstracto, hacia la pérdida, hacia un mundo que se desordena por dentro y por fuera.

Luis se une a un grupo de ravers que se interna en el desierto en dos vehículos. Ellos no parecen estar “escapando” de algo concreto, sino huyendo de la civilización como concepto: de sus normas, sus relojes, su vigilancia. Lo que Laxe filma es el choque entre dos modelos de familia: la nuclear, rota y silenciosa, que ya ni se explica porque el dolor no tiene energía para la explicación; y esta otra familia improvisada, fluida, tribal, hecha de raros, heridos, tatuajes, amputaciones, ternura y códigos propios. No son hippies de postal. Son gente que ha decidido vivir fuera de la gramática social… y que ha aprendido, precisamente por eso, a cuidarse de una forma brutalmente generosa.

La película tiene algo de road movie, algo de thriller psicológico, algo de apocalipsis, y algo de ceremonia. Es un cocktail que suena imposible, pero Laxe lo cocina con una seguridad que solo puede venir de alguien obsesionado con la textura de lo real. Hay largos tramos donde lo “importante” parece ser el tiempo: cómo se monta un campamento, cómo se comparte agua, cómo el sol castiga, cómo el cansancio transforma los cuerpos. Y es ahí donde Sirât se vuelve peligrosa: porque cuando una película te acostumbra al ritmo lento, al estado hipnótico, a la contemplación, puede golpearte de manera física cuando decide cambiar de fase.

No voy a entrar en eventos específicos —y aquí de verdad importa no hacerlo—, pero sí puedo decir algo: Sirât está construida como una caminata sobre una cuerda. No por casualidad el título remite a esa “puente” del imaginario islámico: una línea finísima y afilada, suspendida sobre el infierno. Esa metáfora no es un adorno; es el corazón moral de la película. Los personajes avanzan por un corredor estrecho donde cualquier decisión, cualquier accidente, cualquier encuentro puede ser definitivo. Y el film lo hace sentir sin discurso, sin subrayado, sin “mensaje” empaquetado.

La puesta en escena es puro músculo. Mauro Herce filma en 16mm, y esa decisión tiene consecuencias: la imagen no es pulida, es orgánica; no es “bonita”, es viva. Los granos, los cielos, las sombras: todo parece parte de una realidad que no te quiere complacer. El desierto aquí no es postal, es entidad. Y el sonido —ese bajo que te entra por el esternón— funciona como un segundo guion: el beat no acompaña, manda. A ratos, la música se siente como destino. Como si cada golpe dijera: sigan, sigan, sigan… aunque no sepan hacia dónde.

Laxe también cruza su viaje con señales del presente: militarización, arbitrariedad, fronteras, desplazamientos, el ruido de un mundo que se rompe. Hay una idea que flota como polvo: nadie está realmente fuera del sistema. Puedes irte al desierto, inventarte tu tribu, bailar hasta olvidar tu nombre… pero la historia grande —la geopolítica, el autoritarismo, la violencia— termina tocándote el hombro. En ese sentido, Sirât es lo opuesto al escapismo. Es un film sobre gente que busca un borde donde respirar, y descubre que el borde también arde.

Lo más interesante es cómo el film transforma la energía colectiva del rave en algo que roza lo chamánico. Laxe mira ese baile no como “fiesta”, sino como dispositivo espiritual: una forma de sobrevivir cuando el mundo se vuelve insoportable. Los personajes no bailan por diversión; bailan porque no hay otra manera de seguir siendo humanos en medio del desierto. Y, en paralelo, Luis —que viene de otra temporalidad, de otro lenguaje— aprende a mirar a ese grupo sin el prejuicio fácil. La película trabaja ese vínculo con una humanidad inesperada: la ternura aparece en los detalles, en las decisiones pequeñas, en el cuidado compartido.

¿Es una película accesible? No necesariamente. Su primera mitad puede desesperar a quien necesite una línea narrativa clara, porque Laxe estira, observa, insiste en el tiempo. Pero esa insistencia es la clave: Sirât no quiere llevarte de la mano, quiere llevarte dentro. Y cuando finalmente se convierte en otra cosa —más oscura, más brutal, más existencial—, entiendes por qué necesitaba hipnotizarte primero. Es cine que confía en el espectador como alguien capaz de sentir atmósferas, no solo de consumir historias.

Al final, Sirât se queda contigo como se quedan los sueños raros: no recuerdas todos los detalles, pero recuerdas el estado del cuerpo. El zumbido del bajo. La arena. La sensación de caminar sobre una línea finísima, con el infierno abajo y una idea de paraíso delante. Es un film imperfecto, sí, y a ratos demasiado enamorado de su propia simbolización. Pero también es un golpe de cine de verdad: radical, sensorial, comprometido con el presente, y dispuesto a incomodarte para que despiertes.

La wüste sabe cómo late el mundo. El ser humano no. Por eso baila.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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