miércoles, marzo 18, 2026
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Crítica: Marty Supreme; Josh Safdie convierte el ping-pong en ansiedad pura.

‘Marty Supreme’ llega con esa energía que ya es marca registrada de Josh Safdie: cine que no camina, corre; cine que no respira, jadea; cine que no construye tensión, la instala como un zumbido constante en el oído. Si Uncut Gems era el retrato de un hombre que se ahoga en su propio deseo, aquí la obsesión cambia de objeto, del diamante al ping-pong, pero no de la naturaleza. La película se mueve como una pelota lanzada con rabia: rebota, acelera, se estrella, vuelve a empezar. Y lo más interesante no es que Safdie repita su fórmula, sino cómo la desplaza hacia un terreno inesperado: una historia situada en los años 50, filmada con un lenguaje nervioso que parece venir de otra época, y musicalizada con una selección que deliberadamente rompe la ilusión histórica. Esa fricción, ese choque de tiempos, no es capricho: es una forma de meterte en la piel de un tipo que nunca está donde cree que pertenece.

Timothée Chalamet interpreta a Marty Mauser como si la confianza fuera una moneda que él mismo imprime. Un charlatán con cuerpo de alambre y mente de apostador, convencido de que pensar “soy el mejor” importa casi tanto como serlo. Su Marty no tiene pausa interna: habla antes de pensar, promete antes de tener, negocia antes de entender. Su cuerpo se mueve con una urgencia casi cómica, pero su mirada no es de comedia: es la de alguien que cree que si deja de correr se muere. Chalamet convierte esa idea en actuación física, en respiración acelerada, en ojos que siempre están calculando la próxima salida.

La película juega con la sensación de que Marty es un genio y un desastre al mismo tiempo. Puede dominar la mesa y luego arruinarlo todo con la boca. Puede seducir, manipular, improvisar, y al minuto siguiente convertir su propia victoria en una humillación pública. Safdie filma cómo se filman los personajes peligrosamente seductores: no te pide que lo apruebes, te pide que no le quites los ojos de encima. Y esa es una diferencia importante. Marty Supreme no intenta redimir a su protagonista. Intenta explicarte por qué su tipo de energía es tan contagiosa, tan estadounidense, tan difícil de frenar cuando ya está en marcha.

En lugar de contarte un drama deportivo convencional, Safdie hace algo más raro: usa el ping-pong como ritmo, no como estructura moral. Aquí no hay discursos inspiradores, ni entrenadores sabios, ni montaje de superación personal, ni un manual emocional de “aprendí la lección”. El ping-pong funciona como una forma de existir: golpe, respuesta, golpe, respuesta. Un intercambio continuo donde lo importante no es el punto, sino la imposibilidad de detenerse. En ese sentido, la película no “trata sobre” el deporte; trata sobre el impulso que el deporte permite dramatizar. La obsesión, la necesidad de ser alguien, el miedo a ser nadie.

Safdie llena el camino de Marty con personajes que no parecen puestos para completar un arco, sino para provocar reacciones. Odessa A’zion, como Rachel, no queda reducida a la novia leal o al accesorio sentimental. Su presencia tiene electricidad propia: conoce a Marty desde hace demasiado tiempo, ve a través de su actuación, y aun así participa en ella. Eso le da una dureza interesante al personaje, una mezcla de cariño y lucidez que evita el cliché. Gwyneth Paltrow, como Kay Stone, aporta otro tipo de espejo: una estrella que ya no está en la cima, pero todavía necesita ser mirada. La película evita la caricatura de “la celebridad caída” y, en cambio, encuentra una verdad más incómoda: la dependencia emocional del aplauso, la necesidad de amor en cualquier forma, incluso cuando ese amor viene envuelto en mentira. Paltrow interpreta a Kay con una calma que contrasta con el cable pelado de Marty, y esa oposición funciona.

El casting alrededor es un desfile deliberadamente extraño: rostros famosos, figuras del mundo real, presencias que entran y salen como si la ciudad misma estuviera tirando cartas al azar. La película sabe que la sorpresa también puede venir de quién aparece en la esquina, de quién cruza una puerta, de quién comparte una escena. No es solo “stunt casting”; es un método para reforzar la sensación de imprevisibilidad. Cuando no sabes quién va a aparecer, tampoco sabes qué tipo de escena estás a punto de ver.

Y, sin embargo, el gran logro de Marty Supreme no está solo en la locura del reparto o en las situaciones cada vez más desbordadas. Está en el trabajo formal. La cámara se comporta como si tuviera pulso. La energía visual no es elegante, es sudada. Persigue a Marty como si también estuviera intentando alcanzarlo. La edición no busca claridad; busca sensación. A ratos, el film parece querer desorientarte con intención: estás en los años 50, pero la película vibra como un estudio de personaje de los años 70, y la música te empuja a los 80. Esa mezcla crea una especie de tiempo falso, un presente perpetuo, donde Marty siempre está fuera de lugar porque el mundo mismo está fuera de lugar.

Eso puede ser fascinante o agotador, dependiendo de tu tolerancia al estilo Safdie. Porque sí: la película es larga, y su energía es constante. No hay descanso real. Y aunque esa cualidad puede sentirse como una proeza —una especie de maratón audiovisual— también puede producir un efecto secundario: la saturación. Hay momentos en los que el film parece enamorado de su propia intensidad, como si la adrenalina fuese un fin en sí mismo. Cuando eso ocurre, el caos deja de ser vehículo narrativo y se vuelve decoración.

Pero incluso ahí, Marty Supreme mantiene algo que muchos thrillers modernos pierden: una identidad. No se siente como un producto diseñado por el comité. Se siente como la obsesión de un cineasta que cree en lo incómodo, en lo feo, en lo inesperado. Una película que puede lanzar golpes de mal gusto, humor oscuro, violencia repentina, ternura extraña y erotismo sin pedir permiso. Ese tono sucio, casi insolente, es parte del pacto.

Lo más difícil —y lo más admirable— es que Chalamet está a la altura. No solo en la habilidad física, que aquí se usa de forma inteligente (cuando el film muestra intercambios largos, no lo hace solo para presumir técnica, sino para transmitir dinámica). Lo importante es la transformación moral y psicológica: Chalamet hace que Marty sea atractiva y repelente en la misma escena. Es el tipo que quieres ver ganar y también el tipo que entiendes por qué nadie te quiere cerca. Esa ambivalencia es el corazón del film.

Al final, Marty Supreme se queda contigo como si fuera una canción pegajosa que te irrita un poco: no por la historia en sí, sino por el ritmo mental que te impone. Sales con el cuerpo acelerado, como si hubieras estado moviendo la cabeza de lado a lado durante dos horas y media. Y lo más curioso es que, debajo del ruido, hay algo reconocible: la tristeza del tipo que se cree destinado a la grandeza porque no sabe cómo vivir sin ese mito. Un hombre cargado por la imagen que tiene de sí mismo. Qué cosa más estadounidense.

Ruben Peralta Rigaud
Ruben Peralta Rigaudhttps://cocalecas.net
Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.

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